|
Psicología
de la venganza EL PAIS, Suplemento de Salud, nº7, pág.26
13 de octubre de 2007.
Enrique
Baca, Catedrático de Psiquiatría de la Universidad
Autónoma de Madrid y Presidente del Consejo Asesor
de la FIV.
José Lázaro, Profesor de Humanidades Médicas
en la Facultad de Medicina de la Universidad Autonoma de Madrid.
Toda víctima, por el mero hecho de serlo, siente un
violento deseo de venganza y no puede evitar el sentirlo.
De cuantas leyes se han descrito en la historia de la psicología,
la del talión es quizá la que está más
profundamente inscrita en la naturaleza humana. No hay sociedad
posible sin la dolorosa renuncia a ese profundo impulso. No
hay víctima que no quede desgarrada por el conflicto
entre la necesidad psicológica de la venganza directa
y el imperativo social de resignarse a la justicia. No hay
civilización que pueda sostenerse sin la imposición
de tal imperativo. No hay justicia que pueda, éticamente,
imponer esa renuncia a las víctimas más allá
de lo estrictamente necesario (que ya es mucho).
Entre las escenas más repugnantes del periodismo contemporáneo
(la elección no es sencilla) destaca la del típico
reportero que acerca el micrófono a la madre de la
chica violada cuyo cadáver acaba de ser descubierto
y le formula la brillante pregunta: ¿Perdona
usted al asesino de su hija? Pero todos hemos interiorizado
la negación de los instintos y pulsiones que, con el
malestar consiguiente, es, según Freud, el fundamento
de la cultura. Por eso la mayor parte de las madres son capaces
de morderse la lengua y balbucear la respuesta políticamente
correcta: Lo que yo quiero es que esto sirva para que
nunca vuelva a suceder. Pero, en algún caso excepcional,
algún familiar (e incluso algún Defensor del
Pueblo) tiene la valentía de decir abiertamente al
periodista lo que todos, absolutamente todos, piensan en ese
momento: Cuando maten a su hija, perdone usted al asesino,
imbécil. Yo al de la mía sólo quiero
descuartizarlo con mis propias manos. Tan sana muestra
de sinceridad (desde el punto de vista psicológico)
suele despertar una escandalizada condena (desde el punto
de vista sociológico). La renuncia al deseo de venganza
es una inevitable obligación social, pero la negación
social de su necesidad psicológica es una segunda agresión
que la parte necia de la opinión pública realiza
contra las víctimas de la primera. Y desde el punto
de vista psicoterapéutico, el reconocimiento de esa
necesidad psicológica es un paso imprescindible para
poder ayudar a la víctima a que supere lo antes posible
su condición de víctima elaborando el necesario
duelo.
La imagen de la madre de Sandra Palo (asesinada con ensañamiento
mediante el fuego y el atropello repetido, tras ser violada
en grupo) intentando presenciar la salida de uno de los asesinos
de su hija del centro de menores donde ha permanecido cuatro
años (desde los 14 que tenía cuando cometió
el delito hasta los 18 que tiene ahora) ha sido recogida y
aireada por los medios de comunicación. Pero no se
ha analizado suficientemente el mecanismo mental (y afectivo)
por el cual una madre desea mirar de frente al asesino de
su hija. ¿Qué busca, en el fondo? ¿Por
qué ese empeño en cruzar una mirada con el asesino
de su hija? Quizá porque, como todas las víctimas
de la violencia, quiere tener la oportunidad de reprochar
al delincuente su delito, de despertar su vergüenza y
sus sentimientos de culpa (en caso de que los tenga), de sustituir
a la víctima (que se presume indefensa y aterrorizada)
por una presencia desafiante e incluso amenazadora. Quiere
asustar, amenazar y, si fuese posible, agredir. Quiere vengarse.
Y, ya que sabe que eso es imposible, quiere al menos expresar
su deseo de venganza.
Los sentimientos de venganza son tan psicológicamente
necesarios como socialmente inadmisibles. Ahora bien, si la
acción sustitutoria de la justicia nunca es fácil
de aceptar para la víctima, se hace imposible de asumir
cuando no es comprensible, cuando a la víctima (apoyada
por gran parte de la sociedad) le parece más una burla
cruel que el ejercicio propio de la respuesta civilizada frente
al crimen.

Los argumentos que los representantes de las instituciones
les suelen ofrecer como consuelo a las víctimas oscilan
entre las generalidades bienintencionadas (se debe proteger
a la sociedad, pero también a los menores descarriados),
los autorreproches autoelogiosos (ya decíamos nosotros
que esto iba a ocurrir, pero no hicimos nada para evitarlo),
la denuncia de culpables abstractos (las desigualdades de
esta sociedad que hemos construido entre todos) o la oferta
de soluciones inconcretas y utópicas (hay que hacer
las reformas que sean necesarias, teniendo en cuenta los argumentos
racionales pero también las emociones). Tales opiniones
son, sin duda, jurídicamente impecables. Y son también
cristianamente caritativas para el muchacho que hace cuatro
años asesinó a Sandra Palo de la forma en que
lo hizo y que ahora sale en libertad vigilada
tras un informe de sus educadores en el que se admite que
no parece haber avanzado mucho en el reconocimiento de la
gravedad del delito cometido ni de su responsabilidad en el
mismo. Pero conviene reconocer que, desde el punto de vista
psicológico, para la madre de Sandra Palo tales opiniones
son, nos guste o no, lo que técnicamente se llama una
segunda victimización. Que en términos
menos técnicos es, simplemente, hurgar en la herida.
http://www.institutodevictimologia.com/Articulos03.html
|