Rebeca en Narcisolandia.
(¿Paradigma de la genuina agencia acosadora?)
Francisco Fuertes, Universidad Jaime I, Facultad de Ciencias Humanas y Sociales,
Dpto. de Psicología Evolutiva, Social y Met
16.01.2004 . Extraído de mobbing.nu
Como construcción cinematográfica fantástica, o como reconstrucción inspirada en uno o varios hechos reales, tiene su propia coherencia interna, que puede coincidir -en su conjunto y o en sus partes- con una dinámica de mobbing real (en este tema, en muchas ocasiones, la realidad supera a la ficción). En todo caso, sí le veo algunos componentes genuinos de Mobbing, y algunas combinaciones entre ellos; pero la historia global y su curso no cala el síndrome prototípico de Mobbing, particularmente por el final feliz, en cuanto la justicia humana mejora la de la naturaleza o divina. Pero en fin, parafraseado a Margritte , -el autor de aquel sencillo dibujo, subtitulado: "Esto no es una pipa..., es el dibujo de una pipa"-, ninguna reconstrucción de un proceso de Mobbing, incluido el mejor peritaje, logra poner en palabras, o en imágenes, toda su escabrosa enjundia. Aunque es de resaltar que el cine en general, y muy en particular esta película de Hitchcock, logra transmitir algunas de las terribles emociones de las experiencias reales.
Estos son los componentes, y algunas combinaciones y reconstrucciones, de la trama de la película, que veo análogos a los de casos reales:
Está claro que de lo más evidente es que la acosadora inmediata es el ama de llaves y la acosada la nueva señora; pero matizaría que el motor previo del acoso es Rebeca, tanto en cuanto el conflicto arranca de más atrás, -de cuando estuvo viva-, como en cuanto urdió una trama para acosar después de muerta al marido, y primer acosado, al provocar su "asesinato" por éste. La actual acosadora, el ama de llaves, es un agente, algo más que colaboradora activa, de Rebeca, ahora y antes. Es más peligrosa que la propia Rebeca, por cuanto se adelanta a, y magnifica, los deseos de ésta; el estado agéntico del ama de llaves respecto de Rebeca, la desinhibe moralmente más allá de la perversión de base de Rebeca.
Rebeca, acosadora-muerta, engendro de una cultura narcisista
y pragmatista, la veo como un paradigma de la invisibilidad e impensable agencia
del acoso institucional genuino. (No creo en el acoso ascendente, por ejemplo;
ni menos en el poder exclusivamente personal del acosador).
El primer acosado, como digo, sería el marido, acoso preiniciado por
la envidia de Rebeca respecto de su riqueza/posición social y personalidad
honesta llevadas con naturalidad (sobre este binomio me centraré más
tarde), y "disparado" por la negativa de éste a someterse
incondicionalmente.
El mayor poder de Rebeca reside en la cotización cultural-institucional de sus recursos propios de belleza y habilidades interpersonales de seducción anioral, por las que comercia con su belleza. Lo uno multiplicado por lo otro; y por un tercer factor, su frialdad, su distancia empática con los sentimientos de los demás, su inconfesada torpeza en las habilidades interpersonales simétricas, de tú a tú, de igual a igual; para la colaboración, para la amistad, para el amor. Déficit, que es a su vez el causante de la envidia de Rebeca hacia los que lo poseen, quienes además la desconciertan inicialmente, y finalmente no le merecen respeto, ¡por cuanto no comercian con ello¡.
La sobrevaloración e incentivación, por el contexto cultural inmediato de las élites inglesas, de la belleza y personalidad de Rebeca, es el principal factor dinamizador de todo lo demás, tanto del refinamiento progresivo de la personalidad perversa de Rebeca (no nació así, psicópata), como de la connivencia que encuentra a su alrededor para comerciar, implícita o explícitamente, con ella y brillar con el reflejo de su gloria.
En la película no aparece el incidente o incidentes críticos que habrían provocado la declaración de guerra de Rebeca a su marido. Para ajustarnos al prototipo del síndrome (por lo menos el que yo mismo, y algunos otros, defendemos), las cosas podrían haber sido así: Rebeca esgrimió un proceso de seducción sobre su futuro marido lleno de falsas promesas, anhelando someter a un ser percibido como inferior a ella pero envidiable por su riqueza y sinceridad; promesas de las que se retractó paulatina y sediciosamente una vez lo tuvo acorralado, cuando pasaron por la vicaría (désele la vuelta de género a aquello de: "el hombre promete hasta que la mete, una vez la ha metido, nada de lo prometido"). A partir de ahí, el marido fue argumentando amorosamente, tímidamente, cortésmente, débilmente..., las pequeñas decepciones que se iban acumulando; y lo hacia así por dos razones dobles: por su personalidad de respeto a los demás, su persistencia en una interpretación lógica (logicista) de la situación, y dos miedos crecientes: el de herir los sentimientos (autoimagen), progresivamente captados como perversos, de Rebeca; y porque veía también gradualmente incrementarse la probabilidad de un coste para el inasumible: la pérdida del honor de la familia por un fracaso matrimonial (este argumento sí aparece en la película). Determinada vejación mayor por parte de Rebeca, colmó el vaso de las frustraciones del marido, y este le espetó -ahora fuerte y claro, como el espejo a la madrastra- su diagnóstico sobre la perversa conducta y o personalidad de Rebeca y su negativa a someterse al narcisismo egocéntrico de la diva. Esta respondió con la declaración de guerra total, bajo el chantaje de mantener, sólo en público, el valor irrenunciable para el marido: el honor de la familia.

Un buen día se le anunció a Rebeca un revés de la naturaleza
(¿justicia divina?): su belleza (su única razón vital,
su identidad psicosocial escueta) fallaría por la base, tenía
cáncer, moriría en poco tiempo, (un "deus ex-maquina",
muy cinematográfico, pero poco real, que viene a ayudar contundentemente
al acosado). La acosadora urdió la continuación del acoso después
de muerta, siendo más o menos consciente de la semilla que dejaba en
su agente, el ama de llaves, o el amante (quienes seguirían al acecho
de las prebendas que Rebeca, implícita o explícitamente, les
prometió, o les enseñó cómo estarían a
su alcance).
El marido acosado sufre hasta el límite de abocarse al suicidio (por
aquí empieza la narración de la película), incapaz de
ponerle nombre mínimamente válido a lo que le ha pasado y le
está pasando.
Encuentra un atisbo de esperanza de recuperar el entusiasmo vital en una nueva pareja; ahora de personalidad semejante a la suya (algo ha aprendido): honesta, sincera, ¡y guapísima, por cierto, Joan Fontaine¡ (hay una morbosa intriga adicional en casi toda la película acerca de cómo Rebeca pudo superar la belleza de la actual pareja, bajo el postulado de un único patrón lineal de belleza...

Desconstruida esta trampa retórica (baile de disfraces),
¡sólo le quedaba la sofisticación, el teatro, la seducción¡
de Rebeca. Interesante, claro que sí, salvo si todo ello es prostituido,
lo que resulta atormentadoramente disonante, amenazante, por lo menos para
Woody Allen y para mí.
El señor de Winter, que como ya he dicho no tiene palabras adecuadas
para aludir a, analizar, lo que le ha pasado y le está pasado (sólo
sabe señalarlo con el dedo, como en el Macondo de los primeros tiempos),
lleva a su enamorada al ojo del huracán.

Allí empieza una nueva guerra y una nueva víctima, cuya trama es el núcleo de la película. Estos dos amantes de Teruel, tonta ella, tonto él, tardan en unir sus fuerzas contra un acoso común. Tienen momentos de desconfianza mutua, en cuanto son víctimas simultáneas del mismo acoso. Es más, son acontecimientos en gran parte incontrolados los que los unen definitivamente. Y para colmo, la fantasía bienpensante de Hitchcock hace que la justicia humana complete la divina. ¡Anestesiante para los jueces¡.
Este segundo acoso, merece su propio análisis -e incluso una revisión del primero-; pero no voy a seguir ahora. Lo dejo por si se anima alguien.

Por ahora, algunos apuntes para desarrollar el primero:
Sobrevaloración del narcisismo: Para la fecha (1941) y el ámbito
de la película (élites inglesas) es un ingrediente básico
de su cultura o modo de vida; y para una mujer patológicamente ambiciosa
se concentra en la belleza. Hoy el narcisismo se ha democratizado y globalizado,
disperso en diversos índices de éxito social, económico
sobre todo, o cualquier otro recurso de poder. La sobrevaloración de
determinado atributo del acosador, en los casos reales, llega a niveles auténticamente
esperpénticos: de ser estrictamente realista esta película,
Rebeca no sólo pasaría por ser la más bella, sino la
mejor esposa y madre.
Pragmatismo: Postura amoral, desproporcionadamente pragmática,
que valora como lo mejor. y verdad suprema, exclusivamente aquello que es
material y inmediatamente útil.
Cultura pragmatista-narcisista: Creencia compartida por un colectivo de que lo material e inmediatamente útil, es el valor y la verdad suprema; y para lograrlo dispara e incentiva la motivación narcisista de agentes individuales y grupales, quienes moralmente anestesiados y sistemáticamente premiados, llegan a sentirse distinguidos por el Dedo de Dios.
Cadena agéntica: Cultura narcisista y pragmatista, Rebeca, Ama de Llaves-Amante-grupo de satélites, testigos pasivos, pareja de acosados desconfiando entre sí.

Binomio envidiable: Recursos extrínsecos transferibles - recursos intrínsecos intransferibles. Los primeros (cargo, puesto, riqueza, etc.) en cuanto transferibles, son teóricamente más fáciles y mecánicos de arrebatar. Los segundos (personalidad, conocimientos, prestigio, belleza, etc.), en cuanto intransferibles serían el motivo más claro para la aniquilación del portador; como quiso hacer la madrastra con Blancanieves.
Dinámica de las estrategias de poder: El candidato a acosador pre-asume ser portador de poder referente (elegido por el dedo de dios), a la vez que de premio y castigo (es un gran acaparador y controlador de recursos; en algunos casos, usurero). Esto le basta para hacer ciertos adeptos. Pero le falla con el candidato a acosado, quien le demuestra con poder informacional (con el espejo de la madrastra), que no sólo no tiene poder referente con él, sino que parte esencial de su conducta es ilegítima, inmoral, por lo que es digno de lo contrario, de rechazo. Esto debe resultar altamente disonante, frustrante, enfurecedor, para el potencial acosador puesto que sí se ve atraído por ciertos recursos de poder referente del futuro acosado (personalidad, creatividad, belleza, etc.; con los que además, ¡el tonto del acosado no comercia¡), de experto (profesionalidad, conocimientos técnicos, conocimientos concretos del comportamiento esquizoide [privado-público] del acosador, etc.).

Dado el concreto y sobresaliente rango de habilidades interpersonales del acosador para el teatro, la seducción, la mentira..., sólo le queda ejercer el poder desde sus recursos de castigo y premio; pero de una manera muy concreta, sin coste; lo que no es el final del ovillo, sino el principio, que se apoya en la cultura institucional; la cual no sólo no se lo castiga, sino que se lo premia, lo celebra, lo teme. Anidado, no tanto a la falta de coste social, sino a lo contrario, al premio, emerge la inmoralidad, el desenfreno ético. Se instaura el terror dirigido a la aniquilación incruenta (si fuera cruenta, habría pistas, habría coste) de la víctima. Hay que resaltar en este último bucle un recurso de castigo concreto, fundamental, en esta dinámica perversa: la amenaza por parte del acosador de destruir un valor irrenunciable, provocar un coste inasumible para la víctima.

Valor irrenunciable, coste inasumible: En la película se trata del
honor de la familia; en otros casos reales puede ser: la pérdida del
puesto de trabajo, del estatus profesional, del enorme esfuerzo invertido
en la posición actual, de los hijos del matrimonio... A veces es simplemente,
el miedo irracional al conflicto declarado, al conflicto en sí mismo.
O para qué darle más vuelvas, sería el robusto concepto
psicosocial de la reactancia, el miedo a perder la libertad, valor irrenunciable
por excelencia para las personas con un yo de principios, frente a las de
un yo pragmático.
Dr. Francisco Fuertes M.