"Progreso",
una Palabra "Talismán"
Uno de los pensadores más influyentes del
siglo XX, Edmund Husserl, fundador de la Fenomenología, solía
decir que la tarea básica de la filosofía consiste
en llenar de contenido las palabras vacías. Hay palabras
vacías y palabras llenas. Aludes, por ejemplo, a "la
justicia", y no sugieres una mera idea, una idea sin incidencia
en la realidad; estás evocando todo un criterio de vida,
un modo de orientar la existencia. Imagínate que alguien
le hubiera preguntado al prodigioso Mozart si, además de
instrumentos musicales, partituras y compositores, existe algo así
como "la música". Si no se moría de risa
ante tal pregunta, diría más o menos lo siguiente:
"Pero ¿cómo voy a dudar de la existencia de "la
música" si es la fuerza misteriosa que me llena de belleza
hasta los bordes, da alas a mi pluma al componer y me hace feliz?"
Subes a un risco de los Alpes y, al contemplar en bloque los macizos
encadenados, condensas tu emoción en una breve frase: "¡Qué
belleza!". La palabra belleza está aquí desbordante
de contenido. Si te pido que me digas lo que entiendes por "belleza",
tal vez no sepas sino repetir la observación eterna de Platón:
"¡Lo bello es difícil!". Lo es, y a Paul
Valéry le desesperaba no poder apresar ese concepto en una
definición precisa. Pero no importa demasiado. Lo decisivo
es que el vocablo belleza está lleno de contenido y nos enriquece
de tal forma que nos permite hablar con pleno sentido.
En cada época existen vocablos que, por méritos propios
y determinadas circunstancias, se cargan de un prestigio tal que
se evaden a toda revisión crítica pues parecen condensar
en sí todos los bienes. Suelo denominarlos "términos
talismán". Ejercen en la sociedad función de
polos en torno a los cuales se vertebra la vida humana en cuanto
a pensar, sentir, querer y actuar. La palabra "orden",
vinculada de antiguo al número, la proporción, la
medida y, por consiguiente, a la armonía, la belleza y la
bondad, adquirió en los siglos XVI y XVII un alto rango merced
a su vinculación con las estructuras cultivadas por la ciencia
moderna, entonces en su albor. Pensar con orden equivalía
a pensar rectamente. Proceder con orden significaba actuar de modo
ajustado, justo, adecuado, eficaz. El término "orden"
producía un hondo estremecimiento en los espíritus
que asistieron a la génesis de la gran ciencia moderna, porque
era el gozne enigmático entre las estructuras matemáticas
y las físicas, entre el mundo que el hombre configura en
su mente y el mundo exterior en que está instalado y le supera
sin medida. Por su alto significado, el vocablo "orden"
se convirtió en término "talismán".
Al cobrar conciencia, sobrecogido, de lo que implica el orden, el
hombre del siglo XVIII concedió rango de talismán
a la facultad humana destinada a captar el orden existente y crear
nuevas formas de orden: la razón, palabra mágica que
constituyó el orgullo del Siglo de las Luces. Esta época
de exaltación de la facultad racional humana culminó
en la Revolución Francesa. Revolucionario era quien luchaba
por romper diques y elevar al hombre a niveles adecuados a su dignidad.
El contrarrevolucionario era un ser reaccionario, enemigo de la
soberanía de espíritu que nos otorga el libre uso
de la razón. El siglo XIX polarizó su vida en torno
al término "revolución" y lo elevó
a la condición de "talismán".
Las grandes revoluciones modernas tenían como meta alcanzar
cotas nunca logradas de libertad. En el siglo XX se impuso como
talismán el término "libertad", que convirtió
a ciertos vocablos afines ("autonomía", "independencia",
"democracia", "autogestión", "cogestión"...)
en términos talismán por adherencia, términos,
por tanto, desbordantes de sentido.
El amor a los vocablos más densos de contenido -esas "joyas"
que, según decía Pablo Neruda, caían de la
armadura de los conquistadores...- no debe hacernos olvidar que
los términos talismán son encandilantes: iluminan
y enceguecen al mismo tiempo. Ello nos insta a no dejarnos amedrentar
por el prestigio de los términos talismán y someterlos
a revisión. No pocos vocablos adquirieron a lo largo del
tiempo condición de "talismán", pese a su
pobreza de contenido, merced a su vinculación con el término
libertad -entendido de modo borroso, sin la debida matización-.
Pensemos en los términos cambio y progreso. Conforme a su
etimología latina, progresar y regresar son términos
relativos a un movimiento de ida y vuelta en el espacio y presentan
un carácter neutro en el aspecto axiológico: no ostentan
un valor peculiar, ni positivo ni negativo. Asimismo, el mero cambiar
no implica sino la alteración de algo; no significa un ascenso
a una situación más elevada y prestigiosa. Sin embargo,
las expresiones "ir adelante", "adelantar",
"salir adelante"... presentan con frecuencia un carácter
valioso, por contraposición a los términos "estancarse"
y "retroceder". Un conductor que se queda estancado en
un terreno pantanoso carece de libertad para cambiar esa situación,
proseguir la marcha e ir adelante. El término estancamiento
queda, así, enfrentado al término talismán
libertad y adquiere automáticamente un matiz negativo. Recordemos
que la manipulación opera siempre con automatismos; rehúye
dirigirse a la inteligencia de las gentes. Debido a la "valoración
por vía de contraste", la mera oposición a un
término desprestigiado -en este caso, "estancamiento"-
cubre de prestigio automáticamente a los términos
"progreso" y "cambio". Pero se trata de un prestigio
ficticio, vacío, iluso, fantasmal, pero temiblemente eficiente
si no estamos sobre aviso.
Cuando un político o un intelectual se autodefinen como "progresistas",
lo hacen porque estiman que este vocablo encierra una alta significación
y los exalta de forma automática. Pero hoy sabemos bien que
tal vocablo, como otros afines, puede no estar lleno de contenido
sino vacío. Si lo despojamos de ciertas adherencias ideológicas
que le quedan del pasado y carecen de toda vigencia en la actualidad,
se parece a la cáscara de una nuez que se ha volatilizado.
Hoy día, las palabras "progreso" y "progresista"
sólo presentan una alta significación cuando van unidas
a una conducta que, por su rectitud y su eficacia, es modelo de
excelencia en uno u otro orden. Si queremos darles un sentido muy
elevado sólo por el hecho de oponerse a términos opuestos
a libertad y emparejarse -al parecer- con este término, nos
quedamos en la mano con un vocablo huero. Y ya sabemos que el vaciamiento
de los términos y, paralelamente, de los conceptos devalúa
la mente y envilece, a no tardar, la vida personal y social.
Una mente española especialmente lúcida, el profesor
Manuel García Morente, se enfrentó a este peligro
con la mejor de las armas: una definición precisa. A su entender,
"el progreso es la realización del reino de los valores
por el esfuerzo humano" (Cf. Ensayos sobre el progreso, Dorcas,
Madrid 1980, p. 45). Valor es para el hombre todo aquello que le
permite desarrollar plenamente su personalidad. Y este desarrollo
se realiza, según la Biología y Antropología
más cualificadas actualmente, a través de toda suerte
de encuentros. Pero el encuentro exige, para darse, una actitud
de apertura generosa, cordial y colaboradora a las realidades que
nos ofrecen posibilidades creativas. Vivir creativamente, en todos
los órdenes, es encaminarnos hacia la plenitud personal por
una vía de excelencia. Caminar por esta vía es un
auténtico progresar.
Al volver de Argentina a su pueblo, varios emigrantes gallegos lo
dotaron de un centro sociocultural. Desde 1929 hasta hoy reza en
su fachada esta inscripción: "Casino progreso de Franza".
Suena un tanto pomposa, sin duda, pero es certera, ya que para un
pueblo desperdigado por la campiña disponer de un local donde
reunirse, celebrar fiestas, leer, cultivar el teatro y la música
significa indudablemente una mejora en las condiciones de vida.
Aquí la palabra "progreso" desborda sentido, pues
alude a un incremento notable de posibilidades. Por cierto, en la
sala de lectura de ese casino fue donde por primera vez, siendo
muy niño, vi un ejemplar del ABC.
Alfonso López Quintás.
ABC
31.XII.2003

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