NO ESTAMOS JUGANDO AL SCATERGORY

Convivimos con lo indigno, con lo mediocre, con lo vergonzoso y vergonzante, con lo estúpido, con lo repulsivo y alineante… convivimos con las miserias más grandes, y nos vamos acostumbrando. Podríamos decir que vamos creando "callo" ante hechos que se convierten en "normales" y aceptados como inevitables. El ser humano se hace a todo, se acomoda a todo. Sí, en nuestro acomodo llegamos a aceptar "barco como animal acuático o pulpo como animal de compañía". Lo triste del caso es que no estamos jugando al "scatergory".
En este aceptar cualquier cosa que se repita con la intensidad suficiente para acostumbrarnos a ella, hemos ido permitiendo que la violencia se acomode, se instale entre nosotros de forma alarmante y se convierta en un referente de comportamiento. Hemos dado por inamovible que el hombre es un animal violento y las conductas violentas, ya sean directas o subliminales, subyacen en todos los aspectos de nuestra vida. Hay una trivialización creciente de ella, hecho más que patente en el aumento desmedido de conductas de acoso -en el trabajo, escolar…- que empiezan a convertirse en el pan nuestro de cada día. Se excusa al violento en contra del violentado, al que, con toda seguridad, se tacha de débil o enfermizo, restando importancia a los hechos violentos con la justificación de que es preciso curtirse…
La propagación del éxito fácil, a cualquier precio, la creciente rivalidad y competitividad desmedida, la justificación de cualquier medio como válido para conseguir un fin, el descrédito, la necesidad de poder… se convierten en el caldo de cultivo más idóneo para la proliferación irremediable de la violencia. A esto podemos añadir los modelos predominantes. Hemos equiparado el concepto de triunfador con el de "duro", "metrosexual" de fornido pecho, animal de gimnasio de fuertes bíceps y desarrollados abdominales, ejecutivo agresivo, sin escrúpulos. Hemos puesto una imagen de poderío para indicar poder. Y hemos equiparado triunfo con poder. El débil es, a priori, un fracasado. ¡Ni Arnold Schwarzenegger ni Bruce Willis hubieran llegado a nada si hubieran sido unos "nenazas"!.
¡El menú está servido! ¡y en bandeja!. Y ese ejemplo cunde. Así, desde la más tierna infancia, los chavales asimilan que han de manifestarse duros, poderosos, bravucones… identificando con debilidad las conductas que se alejen de esos patrones. Lo dicho, el "debilucho" no tiene cabida. El éxito es de los intrépidos, de los valientes, de los fornidos, de los fuertes. El niño tranquilo, obediente, responsable, estudioso, educado, apacible… tiene todas las papeletas para convertirse en carne de cañón, en objeto de burlas y escarnios, de humillaciones… con el beneplácito y aquiescencia del grupo, que, seguramente, se convertirá en "clá" del acosador o acosadores. Muchos se darán la vuelta ante el tema, trivializándolo: "son cosas de chavales", "la vida no es fácil, hay que irse haciendo a ello", "es bueno que aprenda a defenderse"… Y esta conducta, la del volver la cara, hace más daño que el propio hecho lesivo. Sobre todo cuando proviene de los que tienen en sus manos poner freno, parar el despropósito. Es la constatación patente de que se justifica la violencia, de que no pasa nada por ser violento. El tolerar este tipo de actitudes es "normalizarlas", aceptarlas como válidas, como adecuadas, es instalarlas definitivamente, incorporarlas a nuestra vida, dándoles carta blanca.
Somos todos culpables, en alguna medida, de cada uno de los actos violentos que nos rodean, por no denunciarlos, por no pararlos, por consentirlos, aplaudirlos, justificarlos, por obviarlos… Somos culpables, la mayor parte de las veces, por omisión. Permitimos, y con ello, favorecemos el crecimiento desmesurado de actitudes a todas luces "perversas". Pero somos culpables, sobre todo, por habernos instalado en la violencia, por normalizarla, por incorporarla constantemente a nuestras vidas. Como en el scatergory, ¿aceptaremos "pulpo como animal de compañía"?

Publicado el 10/08/06 en el Diario de El Ferrol

 

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