"El último adiós de
un ángel", decía Plácido Domingo
en su visita a la capilla ardiente de la soprano Victoria
de los Angeles (...) El lunes, al acorde de Parsifal de
Wagner, asistida por la belleza hiriente de Santa Maria
del Mar, rodeada de cientos de personas, recibió
su último aplauso . A un lado de la iglesia, la gente
que la seguía y la admiraba; al otro lado, la Barcelona
importante, toda entera, sin perderse el acto. Que fueran
el coro y la Oquesta del Gran Teatre del Liceu quienes acompañaron
la entrada del féretro tiene tanto de irónico
como de emotivo, como si Victoria de los Angeles hubiera
triunfado, una vez muerta, sobre la miseria y la mezquindad
que padeció en vida. Triunfo es también
el homenaje, ya era hora, que le rendirá el Liceu
en la apertura de esta temporada.
Este artículo (...) es un intento
de reflexionar sobre la grandeza y miseria de un país,
Catalunya, tan henchido de vanidad patriótica como
incapaz de mimar, cuidar y mantener a su propia gente grande.
Con Victoria de los Angeles no sólo se nos va un
genio de la música, se nos va parte de nuestra vergüenza
colectiva, tan provincianos ante la genialidad, que nunca
hemos sabido cómo tratarla. De los muchos artículos
posibles. éste es el que menos hablará de
ella y el que más intentará hablar de nosotros
a través de ella. Porque el trato que Catalunya dió
a Victoria fue, durante años, un trato indigno.
Pongamos pues, palabras a los rumores(..) país acostumbrado
a saberlo todo y no decir nada. Así nos ocurrió
con el lamentable espectáculo de corrupción
estructural en el reinado de Pascual Estivill, con ese "todo
Barcelona lo sabía" que tanto dice de la
maldad intrínseca del silencio.
También en este caso toda Barcelona
lo sabía, toda Barcelona sabía que Victoria
triunfaba en todo el mundo, pero no podía actuar
en el Liceu, escenario que, a pesar de ser su primer escenario,
la olvidó, la ignoró y la negó durante
25 años. Dicen los grandes de la música, con
las palabras de la boca pequeña, que el clan Caballé,
que monopolizó el Liceu durante años, impidió
su triunfo en casa, quizá por temor a su sombra alargada.
Sea como fuere, el pais permitió el monopolio,
digirió la exclusión sin demasiados
problemas de conciencia y deglutió el desprecio
de uno de sus escasos catalanes universales. Mi personal
indignación no es sólo hacia los clanes operísticos
y sus monopolios , sino sobre todo hacia nosotros mismos
. Y no lo es por el caso de Victoria , sino por la metáfora
que representa.
¿Es propio de la pequeñez
el autoodio?. O, peor aún, ¿es propio de la
pequeñez el provincianismo?. Porque, a tenor de la
cantidad de gente importante que hemos despreciado hasta
el dia de su muerte, tenemos que empezar a creer que somos
saturnianos por naturaleza, y que nuestro deporte nacional
es devorarnos. El caso de Victoria no difiere demasiado
del de Flotats o el de Lluís Pascual y nada del largo
listado de poetas ninguneados, convertidos en "poeta
nacional" el día de su muerte, y convenientemente
olvidados el día después. (...)
En el fondo, de eso se trata, de una cierta
vocación por el techo bajo, del miedo al horizonte
lejano, de la incapacidad por asumir, con normalidad,
la grandeza. Somos tan pequeños de alma, que
generalmente sólo podemos aceptar un poeta nacional,
un director de teatro, una soprano a la vez. Más
de uno, mareo general, nerviosismo patrio y una tendencia
al desprecio que forma parte del ADN colectivo. El elogio
nos da alergia. Vuelvo al ejemplo de Victoria. Puede
que fueran las envidias de otras divinidades, o sus miedos
interiores, los que complotaran para que ella no pisara
la catedral de la ópera de su país, a pesar
de gozar del aplauso internacional. Pero ¿cómo
lo permitimos?.
Esa tan manoseada sociedad civil , espina
dorsal de la identidad y motivo de orgullo de anuncio electoral
, ¿dónde estuvo durante todos los años
de ausencia? ¿Por qué permitió el vacío?
¿Por qué, conociendo las razones, los culpables,
los motivos, militó en el silencio? ¿Por qué,
aún hoy, lo explica con la boca pequeña? ¿Tanto
nos sobran los genios? (...) No lo sabía toda Barcelona,
lo sabía toda Catalunya. Pero poco importaba. La
grandeza nos marea; tan acomodados estamos en la mediocridad,
que permitimos que los mediocres expulsen a los genios.