Fue Carmen Sánchez Carazo quien creó la primera
asociación española contra el acoso moral
en el trabajo. Luego, publicó un artículo
titulado Llorar de impotencia, en el diario El País,
que fue ampliamente fotocopiado y difundido. Marina Parés
creó una web en la que informa ampliamente sobre
el acoso moral. No se ha detenido ahí, sino que ha
promovido otras asociaciones, con este mismo fin de luchar
contra esta lacra social, a las que se puede acceder a través
de su citada web. Han nacido otras webs y otras asociaciones,
porque el asunto es grave y merece atención, y también
se han escrito muchos artículos, todo ello con la
finalidad de ayudar a las víctimas. El último
de los artículos publicados creo que corresponde
a Javier Castañeda que, con el titulado Mobbing,
ha rayado a un gran nivel.
Pero, ¿cómo son los acosadores? Fundamentalmente,
gentes sin personalidad y sin ningún interés
por averiguar si están haciendo bien o mal. Quienes
participan en el acoso, de forma activa o pasiva, son inconscientes
a los que les no les preocupan en absoluto las consecuencias
que puedan tener sus actos. Cuando le tocó el turno
a Esther, no les frenó ni su embarazo. Se horrorizan
cuando oyen hablar de los nazis, sin comprender que ellos
son psicológicamente similares a los kapos. Son incapaces
de explicar públicamente sus actos y puestos ante
un juez negarían cobardemente su actitud. Sólo
se sienten fuertes en el medio en que se saben muchos contra
uno. Quienes ordenan o consienten el acoso moral puede que
tengan títulos rimbombantes, o que se codeen con
las autoridades civiles o eclesiásticas, o que ellos
mismos sean autoridades civiles o eclesiásticas,
pero ello no hace más que añadir brillo a
su historial como torturadores psicológicos. Entre
esos tipos y yo hay algo personal.
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