CAMPAÑA DE DIFAMACIÓN

Crítica preventiva.

Juan José García-Noblejas. Desde el Iceberg. Marzo de 2004



Frank Stephan estaba molesto por la postura de algunos colegas de Hollywood y con la de los grandes diarios ante la película de Mel Gibson. Estaba molesto con los articulistas y críticos cinematográficos del NYT y del LAT.

Los primeros habían calentado la opinión pública, antes de ver la película, según la pertinaz campaña de crítica preventiva de la Anti Defamation League, que instruía acerca de los perversos intereses de Gibson y su obra. Había dicho o había dado a entender que era patente o que podría surgir la difamación o la ofensa a los judíos, al judaísmo, al sionismo, quizá al Estado de Israel, a las víctimas del Holocausto, a cualquiera que tuviera algo que ver con el pueblo elegido.

Callaban que Jesús, María, Pedro y todos los demás apóstoles y discípulos, creyentes y simpatizantes, eran tan judíos, tan miembros del pueblo elegido como los demás. Argumentaba la prensa mas o menos auspiciada o no desautorizada por la ADL diciendo que Gibson no era buen cristiano, entre otras cosas por ser hijo de su padre, autor dedeclaraciones más bien desquiciadas, en su ancianidad, asunto al que Gibson Jr. no iba a entrar, como todo el mundo sabía, por piedad filial; tampoco era buen cristiano, decían, por no atenerse a una especie de corrección política entre judíos y católicos dimanada del Concilio Vaticano II, ni atenerse a la literalidad de los relatos evangélicos, al poner en boca de Caifás aquella frase tremenda, recogida por Mateo, que había gritado el pueblo: caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos . Como si el pueblo pudiera gritar en aquella situación algo opuesto al propósito de Caifás.

Frank estaba molesto porque siempre le sacan de quicio las personas que se empeñan en decirle en público qué es lo que él debe que hacer según sus propias convicciones; convicciones que por supuesto esas personas ni comparten ni respetan. Steve McEveety, el productor que desde hace años trabaja con Mel, nos invitó a Frank y a mí a un pase privado del filme. Steve estaba agobiado, a pocas semanas del estreno, por la prensa y por las imprevisibles condiciones de distribución tras el rechazo de la 20th Century Fox.

Al término de la película siguió un silencio en el que agradecí la longitud de los títulos de crédito. Necesitaba estabilizar el sentido personal de piedad que tomaba aquella versión de la violencia que por nuestros pecados quiso padecer el Hijo de Dios.

A Frank le pasó algo parecido: la mirada amante del ojo izquierdo de Jesús (el derecho estaba tumefacto casi desde el principio) también se había cruzado con la suya, atravesando el realismo y la brutalidad de la flagelación y crucifixión. Y el chantaje de Caifás a Pilato, no por más político menos bestial. Tras el estreno y los ingresos de más de 212 millones de dólares, la prensa decidió olvidarse del fallido antisemitismo y centrarse en condenar la violencia física, subrayando que aquello era la versión de Gibson, no la verdad histórica.

En el fondo, molestaba y sorprendía que alguien hubiera hecho una buena película sobre Jesús, a base de su fe y con el dinero de su bolsillo. Y que además hubiera tenido éxito. Frank y yo coincidimos en otra cosa, a la vez normal y extraña: habíamos vivido una conversión personal. No éramos los mismos antes y después de ver el filme. Frank, amigo del buen comer, decidió vivir a rajatabla el ayuno y la abstinencia cuaresmal. Sólo temía que su reestrenado orgullo cristiano pudiera relajarse con el paso del tiempo y coincidir con el cinismo propiciado por la pertinaz crítica preventiva, que seguía en pie de guerra

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