acoso
escolar 10-05-2008
Entrevista
a Iñaki Zunzunegui
Magistrado caso Jokin: El acoso escolar es una violencia
de primera magnitud
 |
|
Jokin
|
Iñaki
Zunzunegui, magistrado de la Audiencia de Guipúzcoa,
en la que se juzgó el caso Jokin, sucedido en 2004,
participa hoy en A Coruña en una Jornada de Convivencia
Escolar y ha concedido una entrevista a Efe en la que dice
que 'el acoso escolar' no se puede banalizar al ser una
violencia de primera magnitud.
Pregunta.-
Acoso y violencia escolar, un problema en
las aulas, pero ¿distintos?
Respuesta.-
Sí y es básico diferenciarlos. La violencia
es un acto esporádico, coyuntural, controlado en
el tiempo, mientras que el acoso es una humillación
continuada, un hostigamiento y una vejación prolongada
en el tiempo. Además, existe otro factor clave, mientras
la persona acosada es una, las agresiones se hacen en grupo,
asimetría que hace que la vulnerabilidad de la víctima
sea máxima.
P.-
¿Y se pueden establecer causas para esas acciones?
R.-
Las variables son muchas, suele ser algo que caracterice
a la víctima. Puede ser desde la forma de vestir,
el carácter, su entorno cultural. En definitiva,
son muchos los factores que pueden intervenir, a lo que
hay que añadir la edad en la que se da, la adolescencia.
P.-
Y en la víctima, ¿las consecuencias?
Muchas veces cuando se detecta un caso es tarde ¿Por
qué se tarda en decirlo?
R.-La
edad es decisiva. Hay que pensar que estamos en una etapa
de transición y la agresión proviene del grupo
en el que, en principio, quieres verte reconocido y eso
descoloca. Cuando un menor se da cuenta de lo que ocurre,
la vergüenza y pensar que los focos se colocan sobre
su vida íntima hace que calle.
P.-¿Cómo
y quién puede detectarlo?
R.-Observar
los cambios radicales. La inapetencia, la tristeza, y sobre
todo, sus cambios en la forma de relacionarse, evitar los
juegos en grupo, los espacios libres y recluirse en casa
son luces de advertencia. El menor va cayendo en un vaciamiento
anímico. El conocimiento y cercanía de su
familia y el entorno escolar son básicos para la
detección.
P.-Y
cuando consigue contarlo ¿Cuál debe ser la
reacción?
R.-
Lanzar un mensaje de protección y de seguridad y
lograr que se perciba, que dentro de su situación
emocional pueda ver apoyo y sentirse bien.
P.-¿Cuál
es el marco legal bajo el que se juzgan este tipo de hechos?
R.-
Estamos ante un delito contra la integridad moral, contra
la dignidad de alguien. Teniendo clara esta premisa, existen
dos alternativas: la de la justicia restaurativa, a través
de la mediación, donde se intenta reparar una situación
quebrada y donde las dos partes están de acuerdo,
o el internamiento.
P.-¿En
ambas deben estar también de acuerdo los progenitores?
R.-Sí,
todos estos procesos encierran una gran complejidad. Se
trata de buscar un equilibrio entre partes que de raíz
son asimétricas, donde una es la fuerte y otra la
agredida, por lo que hay que tener también mucha
información del entorno. La respuesta estará
muy mediatizada por el comportamiento de la familia, no
podemos pensar, por ejemplo, en una libertad vigilada en
un familia que permita conductas violentas.
P.-Han
pasado cuatro años desde el caso Jokin ¿Qué
sigue fallando?
R.-
Es una realidad grave que existe, no por número sino
por su importancia, no podemos banalizarlo con que es cosa
de chiquilladas, es una violencia de primera magnitud, por
eso no podemos ubicarlo dentro de la violencia en las aulas,
sin quitarle a esta la relevancia que tiene.
P.-Y
¿los avances?
R.-
Queda mucho por recorrer, pero la puesta en marcha de intermediación
judicial, de sistemas preventivos de educación, de
mayor concienciación en la sociedad ha ayudado mucho,
aunque hay que seguir trabajando en implementar mecanismos
en la educación que dificulten estas situaciones.
P.-Por
su experiencia ¿cuánto suele prolongarse una
situación de acoso?
R.-
No se puede establecer una temporalidad estadísticamente,
hay que tener en cuenta que son periodos de tiempo continuos,
pero no constantes. Son como el Guadiana, aparecen y desaparecen,
dan oxígeno a la víctima y después
se lo quitan, pero nunca hasta el punto de lograr desengancharse.
Por esa imposibilidad va perdiendo energía vital,
en un camino a la autodestrucción que dificulta la
recuperación o tiene consecuencias irreversibles.
Terra
Actualidad - EFE
