En la
demoledora historia del suicidio de Jokin C. hay tal
cantidad de elementos vivos, terribles, que uno debe detenerse
y reconstruir los hechos:
Las fiestas patronales de Fuenterrabía-Hondarribia
terminan hacia el 11 de septiembre, exactamente las fechas
en las que se fragua el drama. Jokin C.
es apaleado con reiteración por esos días
festivos, a tenor de las informaciones filtradas tras el
examen forense.

Los antecedentes
:
La cuadrilla
es una institución vasca de hombres. Cuatro
jóvenes de la cuadrilla, entre ellos Jokin, van a
Zuaza, en Álava, de campamento de verano, y se fuman
unos porros y un profesor los descubre. Son chavales de
14 años y hace lo que debe hacer, dar fe enviando
una carta a los padres, pero como la anuncia, todos se preocupan
de sustraer la misiva del buzón menos Jokin. Dato
significativo, cuando la madre de Jokin llama a las otras
madres, éstas se sorprenden, como en una
mala comedia, pero posteriormente una de ellas le reprochará
que la actitud de Jokin, repito, para que no se pierdan
entre lo negro de las letras, la actitud de Jokin ha
provocado una ruptura en la cuadrilla que formaban sus hijos.
Empieza el acoso terminal a Jokin. Y como buenos profesionales
de la maldad aprovechan un hecho del pasado, humillante
para Jokin. Un día de septiembre del 2003, acosado
por la diarrea y ante el
común hecho escolar, no suficientemente valorado,
de que los váteres se cierran con llave y se abren
a sus horas. ¡Padres cándidos, enteraos, los
váteres de muchos colegios se cierran con llave,
porque eran utilizados para necesidades no tan perentorias!
Pues bien, se derramó. Y su cagada fue su perdición.
Hay que ser muy hijo-de-puta esférico para conmemorar
el hecho, memorizar la fecha y recordársela a Jokin.
El lunes
13, con la resaca de las fiestas y el cuerpo baldado
por sus colegas de cuadrilla Jokin asiste a la primera jornada
de clase donde literalmente le forran a collejas y bofetones.
El martes
14 le someten a una
sesión de balonazos en la que se amplía
la cuadrilla y participa el público menudo en general.
El miércoles
15, aniversario de la cagada, le reciben con un surtido
de papel higiénico diseminado por el aula y el
descojone absoluto, por supuesto. La profesora encargada,
que me gustaría saber si es la madre de uno de la
cuadrilla y cuyo nombre debería aparecer escrito
en letras de molde, participando del jolgorío colectivo
le pide a la víctima que recoja los rollos.
Me emociono al pensar cómo debió sentirse
Jokin C. agachándose a coger rollo a rollo.
No volvió
el jueves.
Ni el
viernes.
Entonces el riguroso funcionariado de la enseñanza
cumplió su misión y llamaron a su casa y sus
padres ¡oh! se enteraron de la nueva. Y él
(Jokin) dijo muy clarito por qué no denunciaba a
los que le torturaban:
"¿Qué queréis, que me maten
a hostias?".
Pero
los padres y los responsables del colegio, el instituto
Talaia, muy bonito, moderno, con mucha luz, comprensivos
ellos le permitieron que se ausentara el lunes.
Ese
maldito lunes 20 de septiembre, porque iban a hablar con
la otra parte, con los verdugos, claro, pero que el martes,
ya me entiendes, debías volver a la sala de torturas,
y asumirlo, chaval, porque la vida es dura y te vas a joder
tú solo.
De la
conversación de fin de semana y del lunes más
largo de su breve vida, retengo una información que
es directa como un disparo:
"Cuando vuelvas el martes, llévate un móvil,
por si tienes problemas".
La víctima
debe ser astuta y zorra ante la impunidad de los chulos.
¿Es mucho, no?
Por eso me enternece más que Jokin dejara escrito
en su ordenador unas frases impecables, como si fuera la
última lección de un inocente:
"Libre,
oh, libre. Mis ojos seguirán aunque paren mis pies".
Luego
cogió la bicicleta, llegó a la impresionante
muralla y se lanzó al vacío. Miserables, ¿cómo
iba a ir a clase el martes, con un
móvil y pidiendo perdón por ser inocente?