por Miguel Barón
Asistimos (en nuestro entorno desde la
década de los años 80) a un cambio sustancial
en la organización del trabajo desde el desarrollo
de las nuevas tecnologías, entre ellas
el espectacular avance de la informática, los automatismos,
la robótica, la neumática y en general todas
las aplicaciones del tratamiento de la información
(TIC):
1. A nivel individual, en los métodos
de producción, que se diseñan al hilo de un
nuevo medio productivo, invirtiendo la ecuación del
porcentaje del tiempo que el trabajador dedica por un lado
a las tareas de tipo manual y por otro lado a las tareas
de toma de decisiones, en donde la extensión
física de la antigua máquina semi-automática
que de hecho constituía la persona, se ha permutado
por una extensión controladora del actual
complejo automático utilizado en la mayor parte de
los casos para tareas que antaño, resultaban incluso
hasta penosas por sus consecuencias de desgaste físico
sobre los trabajadores y que en la actualidad se minimiza
no sin pasar una importante factura sobre los niveles de
desgaste mental, relacionado este último con los
aumentos de carga de distrés.
2. En un segundo plano, las relaciones
entre las personas se convierten en un elemento de producción,
tras el argumento de la búsqueda de la sinergia que
puede conseguir el grupo de trabajo, según la cual
su nivel de eficacia y productividad se alzaría por
encima de los resultados que se obtendrían adicionando
la producción individual de los mismos componentes
del colectivo de personas destinado a convertirse en grupo
de trabajo. Dichas relaciones exigen toda una serie de adaptaciones
y conflictos de rol, que de por sí propician enfrentamientos
y desavenencias en el entorno laboral.
3. En un nivel más extenso, nos
encontramos con una organización conectada en tiempo
real a sus más directas competidoras en esta
especie de aldea global de la que formamos parte, consiguiendo
con ello lectura directa de los niveles de producción,
de mercado y de valores del valor añadido
de nuestro producto en la organización, lo que supone
en la práctica una nueva fuente de presión
sobre el conjunto de la organización, que se devana
cada día por no quedarse atrás en el nivel
de competencia sobre la calidad, los precios o los plazos,
de sus productos y servicios.
4. A todo ello habría que sumar
los cada vez más cambiantes valores de consumo de
los usuarios finales, que obligan a la empresa a reorganizar
continuamente sus estructuras productivas viviendo en un
continuo flujo tenso, que no hace sino acentuar
la ya de por sí excesiva presión que se tiene
que vivir en la cadena de montaje, en la boca del horno
o en el mostrador de atención al usuario.
Si a lo anterior añadimos algunos
factores sociales, más o menos eventuales, pero que
de alguna forma agudizan o facilitan el acoso psicológico:
a) La insuficiente respuesta de la implantación
de los sistemas de prevención de riesgos, que se
sustentan a remolque de la realidad, tendiendo en principio
a limitar el nivel de rentabilidad de la empresa en un gran
número de ellas, con lo que su puesta en marcha tal
y como indican los reglamentos que desarrollan la Ley de
Prevención de Riesgos Laborales, que podría
constituirse en un elemento de contención del acoso
psicológico, se retrasa sine die.
b) La cultura de poder que
se desarrolla en una gran parte de nuestras organizaciones
laborales, caracterizada por la premisa maquiavélica
en la que el fin justifica los medios estableciendo una
línea divisoria entre la parte de la organización
que piensa y aquella parte en la que se supone
que sólo de realiza lo previamente concebido (Taylorismo,
Fordismo o Toyotismo), aferrada a un exacerbado principio
de autoridad y en la que nuevas concepciones de gestión
de la organización como la Calidad Total, el Desarrollo
Organizacional o la Calidad de Vida Laboral, sólo
dejan impregnada la estela que optimiza los procesos productivos,
manteniendo los mismos valores de antaño el los aspectos
referidos a las relaciones y los recursos humanos.
c) La tímida respuesta de los agentes
sociales que administran las leyes y la justicia en el trabajo
(Inspecciones de Trabajo, Fiscalías y Juzgados),
caracterizada por un una falta de unificación de
criterios y de acciones en el tema del acoso psicológico,
a lo que hay que unir la sobresaturación cotidiana
y la ya más que conocida falta de recursos materiales
y humanos.
d) Las perspectivas económicas e
incluso de lucro de algunos profesionales, de sectores de
actividad que enlazan con los diferentes momentos por los
que atraviesa el acoso psicológico, entre los que
podemos considerar a algunos de los que se dedican al campo
de la psicología, la psiquiatría, el derecho,
el trabajo social y algún otro; a los cuales les
está ocupando el tema del acoso, en ocasiones de
forma muy rentable.
e) El exceso de tolerancia inicial hacia los abusos en el
trabajo que atesoramos en nuestra cultura, herencia de algunos
postulados mal interpretados de corte inicialmente religioso
como: para disfrutar hay que sufrir, ganarás
el pan con el sudor de tu frente, en todos los
trabajos se sufre, etc. Que tienden a normalizar las
primeras manifestaciones del acoso psicológico, catalogándolas
como razonables e intrínsecas en la propia naturaleza
de las relaciones laborales, desde fuera del ámbito
laboral.
f) La precariedad del mercado de trabajo
y de los sistemas de contratación, que mantienen
por propia definición un nivel de desempleo estructural
como colchón amortiguador del desequilibrio de poder
existente entre empleado y empleador.
g) Por último, la ganancia inicial de aquellos sujetos
que están en disposición de poder acosar y
que encuentran una tierra de nadie en la que se desenvuelven
de una manera magistral, para truncar los deseos, aspiraciones
y legítimo desarrollo de una carrera profesional
o del mantenimiento de un puesto de trabajo y quedar totalmente
impunes sin reparar en las consecuencias que el proceso
haya provocado en sus víctimas.
Tendremos una aproximación muy cercana
a la explicación de por qué el Acoso Psicológico
en el Trabajo no sólo es un elemento residual que
emerge con un nuevo nombre de lo que ya existía en
las organizaciones, sino de que este fenómeno además
de ser relativamente nuevo, tal y como lo conocemos, va
creciendo de una manera sostenida y poco contenida, si perduran
los factores referenciados, en nuestras actuales organizaciones
laborales sin que existan otros que tiendan a corregirlos,
anularlos o sustituirlos.
Sevilla, febrero de 2005.
Miguel Barón Duque
Doctor en Psicología Social
Profesor Titular de Universidad
Universidad de Sevilla
Extraído de los foros del mobbing (PAM)