El
papel del trabajo en la transformación del hombre en
mono
La 'flexibilidad' laboral
Por: Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS.info)
Fecha publicación: 29/10/2007
En
el año 1876 Federico Engels presentaba su ensayo 'El
papel del trabajo en la transformación del mono en
hombre'. Explicaba ahí cómo el trabajo cumple
la histórica misión de ir creando un ser cualitativamente
nuevo a partir de una especie anterior. Es decir: el trabajo
como actividad creadora comenzaba a transformar la naturaleza
y abría un capítulo novedoso en la historia.
Nunca hasta ese entonces -dos millones y medio de años
atrás según lo que hoy día las ciencias
arqueológicas pueden establecer- un animal había
modificado conciente y productivamente su entorno. La actividad
de las hormigas, de las abejas o de los castores, grandes
'ingenieros' por cierto, no puede ser considerada una acción
laboral en sentido estricto. Todas estas especies repiten
desde tiempos inmemoriales su carga genética, no inventan
nada nuevo, no se 'desarrollan' y jamás, desde hace
millones de años, evolucionaron en la forma de realizar
su producción (los hormigueros o los panales son iguales
desde siempre). Fue cuando nuestros ancestros descendieron
de los árboles y comenzaron a tallar la primera piedra
cuando puede decirse que hay 'trabajo' en sentido humano,
como actividad creadora, como práctica que transforma
el mundo natural y va transformando al mismo tiempo a quien
la lleva a cabo. Y desde que arrancó esa primera actividad
con el primer homo habilis -en Africa, en lo que hoy es el
norte de Tanzania- la evolución ha sido continua y
a velocidades cada vez más aceleradas. En esa perspectiva,
entonces, el papel del trabajo -como lo afirmara Engels- ha
sido fundamental: fue la instancia que 'creó' al ser
humano. Pasamos de monos a seres humanos por el trabajo.
Es
en esa lógica que tiene sentido entonces lo dicho por
Hegel: 'el trabajo es la esencia del ser humano'. Gracias
al trabajo dejamos de ser monos, nos civilizamos, dejamos
atrás el mundo animal y fuimos construyendo un ámbito
enteramente simbólico: fue quedando superado el instinto
reemplazándose por la cultura.

La
historia del ser humano, en definitiva, es la historia en
torno a cómo fue organizándose ese acto tan
especial, tan fundamental y definitorio que es el trabajo.
Desde que nuestra especie pudo producir más de lo que
necesitaba para sobrevivir, desde que hubo excedente, empezaron
los problemas. Alguien -el más fuerte, el más
listo, el más sinvergüenza, no importa- se apropió
del excedente y surgieron las diferencias de clase social.
Y así venimos hace ya varios milenios, a los tropezones,
entre luchas a muerte entre poseedores y desposeídos,
entre guerras y violencia ('la violencia es la partera de
la historia' dijo Marx). Los que quedaron como propietarios
en esta lucha de clases -sean amos esclavistas, casta sacerdotal,
señores feudales, o más recientemente burguesía
industrial, accionistas, etc.- no ceden ni un milímetro
de sus privilegios. Por otro lado, las grandes mayorías
perjudicadas, que son los verdaderos productores de la riqueza
social, los auténticos trabajadores -esclavos, campesinos
pobres, obreros industriales, asalariados, etc. - arrancan
beneficios y mejoras en sus condiciones de vida sólo
a través de una lucha denodada contra sus opresores.
Esa es la dinámica de la vida social. Si el trabajo
es la esencia de nuestra existencia, tal como están
las cosas lo menos que puede decirse es que sea placentero
para las enormes mayorías trabajadoras. Mientras el
trabajo siga siendo explotado por alguien -enajenado, para
decirlo con el término de los clásicos, alienado-
seguirá siendo una pesada carga para quien lo hace.
Esa
es la historia de los trabajadores a través de estos
12.000 años desde que podemos reconstruir medianamente
la historia: quien realmente produce, quien trabaja y crea
la riqueza de las sociedades, está excluido de su aprovechamiento.
Parece mentira que pequeñas minorías sean las
que se apropian del producto del trabajo de enormes mayorías,
pero esa es nuestra historia como especie. Hasta ahora no
parece muy cierta esa máxima de 'el trabajo hace libre',
perversamente instalada en el campo de concentración
de Auschwitz donde miles y miles de judíos fueron forzados
a trabajar como esclavos hasta su muerte por los nazis. En
estas condiciones de sociedad con clases sociales, ¿de
qué nos libera el trabajo?
El
mundo moderno basado en la industria que inaugura el capitalismo
hace ya más de dos siglos ha traído cuantiosas
mejoras en el desarrollo de la humanidad. La revolución
científico-técnica instaurada y sus avances
prácticos no dejan ninguna duda al respecto. Si bien
es cierto que en los albores de la industria moderna las condiciones
de trabajo fueron calamitosas, no es menos cierto también
que el capitalismo rápidamente encontró una
masa de trabajadores que se organiza para defender sus derechos
y garantizar un ambiente digno, tanto en lo laboral como en
la vida cotidiana. El esclavismo, la servidumbre, la voluntad
omnímoda del amo van quedando así de lado. Los
proletarios asalariados también son esclavos, si queremos
decirlo así, pero ya no hay látigos.
Ya
a mediados del siglo XIX surgen y se afianzan los sindicatos,
logrando una cantidad de conquistas que hoy, desde hace décadas,
son patrimonio del avance civilizatorio de todos los pueblos:
jornadas de trabajo de ocho horas diarias, salario mínimo,
vacaciones pagas, cajas jubilatorias, seguros de salud, regímenes
de pensiones, seguros de desempleo, derecho de huelga. A tal
punto que para 1948 -no ya desde un incendiario discurso de
la Internacional Comunista decimonónica o desde encendidas
declaraciones gremiales- la tibia Asamblea General de las
Naciones Unidas proclama en su Declaración de los Derechos
Humanos que Toda persona tiene derecho al trabajo, a
la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas
y satisfactorias de trabajo y a la protección contra
el desempleo. Toda persona que trabaja tiene derecho a una
remuneración equitativa y satisfactoria que le asegure
una existencia conforme a la dignidad humana. Toda persona
tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a
una limitación razonable de la duración del
trabajo y a vacaciones periódicas pagadas. Es
decir: se consagran los derechos laborales como una irrenunciable
potestad connatural a la vida social.
Vemos
así que hacia las últimas décadas del
pasado siglo esos derechos ya centenarios podían ser
tomados como puntos de no retorno en el progreso humano, tanto
como cualquiera de los inventos del mundo moderno: el avión,
el televisor o la computadora. Por cierto estos avances sociales
no son sólo patrimonio socialista: las conquistas laborales
son ya mejoras de la humanidad toda. Pero las cosas cambiaron
últimamente. Cambiaron en forma demasiado drástica,
a gran velocidad. Y cambiaron a favor de las pequeñas
minorías que manejan el mundo perjudicando a la mayoría
de la población mundial, al amplio campo de los trabajadores.
Con
la caída del bloque soviético hacia fines del
siglo XX el gran capital se vio triunfador. En realidad no
fue que terminó la historia ni las ideologías:
ganaron las fuerzas del capital sobre las de los trabajadores,
lo cual no es lo mismo. Ganaron, y a partir de ese triunfo
comenzaron a establecer las nuevas reglas de juego. Reglas,
por lo demás, que significan un enorme retroceso en
los avances sociales que mencionábamos. Los ganadores
del histórico y estructural conflicto -las luchas de
clases no han desaparecido, aunque no esté de moda
hablar de ellas- imponen hoy más que nunca las condiciones,
las cuales se establecen en términos de mayor explotación,
de pérdidas de conquistas por parte del mundo de los
trabajadores. En otros términos, a fines del siglo
XX y comienzos del XXI se llegó a condiciones de vida
como en el XIX. La manifestación más evidente
de este retroceso es la precariedad laboral que vivimos, la
que se presenta disfrazadamente con el oprobioso eufemismo
de 'flexibilización' laboral.
Todos
los trabajadores del mundo, desde una obrera de maquila latinoamericana
o un jornalero africano hasta un consultor de Naciones Unidas,
graduados universitarios con maestrías y doctorados
o personal doméstico semi analfabeto, todos y todas
atraviesan hoy el calvario de la precariedad laboral ('flexibilización',
para usar el término de moda).
Aumento
imparable de contratos-basura (contrataciones por períodos
limitados, sin beneficios sociales ni amparos legales, arbitrariedad
sin límites de parte de las patronales), incremento
de empresas de trabajo temporal, abaratamiento del despido,
crecimiento de la siniestralidad laboral, sobreexplotación
de la mano de obra, reducción real de la inversión
en fuerza de trabajo, son algunas de las consecuencias más
visibles de la derrota sufrida en el campo popular. El fantasma
de la desocupación campea continuamente; la consigna
de hoy, distinto a las luchas obreras y campesinas de décadas
pasadas, es 'conservar el puesto de trabajo'. A tal grado
de retroceso hemos llegado, que tener un trabajo, aunque sea
en estas infames condiciones precarias, es vivido ya como
ganancia. Y por supuesto, ante la precariedad, hay interminables
filas de desocupados a la espera de la migaja que sea, dispuestos
a aceptar lo que sea, en las condiciones más desventajosas.
Así las cosas, no se ve por ningún lado que
el trabajo 'nos haga libres'.
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Según
datos de Naciones Unidas 1.300 millones de personas en el
mundo viven con menos de un dólar diario (950 en Asia,
220 en Africa, y 110 en América Latina y el Caribe);
hay 1.000 millones de analfabetos; 1.200 millones viven sin
agua potable. En la sociedad de la información, la
mitad de la población mundial está a no menos
de una hora de marcha del teléfono más cercano.
Hay alrededor de 200 millones de desempleados y ocho de cada
diez trabajadores no gozan de protección adecuada y
suficiente. Lacras como la esclavitud (¡esclavitud!,
en pleno siglo XXI), la explotación infantil o el turismo
sexual continúan siendo algo frecuente. El derecho
sindical ha pasado a ser rémora del pasado. La situación
de las mujeres trabajadoras es peor aún: además
de todas las explotaciones mencionadas sufren más aún
por su condición de género, siempre expuestas
al acoso sexual, con más carga laboral (jornadas fuera
y dentro de sus casas), eternamente desvalorizadas. Según
esos datos, también se revela que el patrimonio de
las 358 personas cuyos activos sobrepasan los 1.000 millones
de dólares -que pueden caber en un Boeing 747- supera
el ingreso anual combinado de países en los que vive
el 45% de la población mundial. Trabajar, pareciera,
no libera de mucho.
En
definitiva: en las condiciones en que el gran capital ha comenzado
este nuevo milenio con un triunfo a escala planetaria que
lo hace sentir imbatible, el trabajo, en todo caso, más
bien nos transforma en monos, nos torna más animales.
Y ante ello se ofrece como una salida infinitamente más
atractiva para cualquier trabajador el negocio del narcotráfico:
se gana mucho más trabajando muchísimo menos.
Pero
la historia no está terminada.
Estas
últimas décadas fueron de retroceso para los
trabajadores, ello es evidente. Pero la lucha sigue. Nadie
dijo que la lucha fuera fácil. Si miramos la historia
queda claro que sólo con enormes sacrificios se van
cambiando las cosas. Y sin dudas, aunque hoy pareciera que
nos acercamos más al mono debido a estos retrocesos
sufridos, de nosotros, de nuestras luchas depende recuperar
el terreno perdido y seguir avanzando más aún
como trabajadores, y como especie en definitiva. Recordemos
las palabras de Neruda: 'podrán cortar todas las flores,
pero no detendrán la primavera'

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