violencias
El NO de Carmen
El acoso sexual en las relaciones laborales suele ser
un hecho invisible que, según las últimas
estadísticas pocas y sin actualizar de
la OIT, alcanza casi a un 20 por ciento de las trabajadoras.
La falta de legislación y jurisprudencia convierte
en una odisea denunciar el hecho y conservar el puesto de
trabajo. Un caso en Rosario devela una trama que muchas
más sufren en silencio.
por Sonia Tessa, desde Rosario
Carmen
lleva la angustia en los ojos. Sueña lo mismo desde
hace dos años. Se ve detrás de las rejas del
frente de la empresa Mastellone y mira cómo todos
entran a trabajar. Ella quiere llamar por teléfono
para que le pidan perdón, pero no puede. La sensación
de impotencia es la misma que entonces, cuando sufrió
el acoso sexual, un ciclo de propuestas y hostigamiento
que duró más de un año. Siempre
ruego que todo esto que me pasa sea una pesadilla,
dice ahora. Le cuesta hablar sin que se le llenen los ojos
de lágrimas. Hace un esfuerzo, y desgrana con frondosos
detalles la historia de su paso por la sucursal Rosario
de la comercializadora láctea más importante
del país, signada por una relación conflictiva
con el gerente. Su caso terminó con el despido tanto
del acosador como de la acosada, que fueron igualados por
la empresa en la exclusión.

Carmen
tiene 35 años, un apellido y un número de
expediente que se tramita en la Justicia. No volvió
a conseguir trabajo desde octubre de 2001. Y siente una
infinita vergüenza, que la hace preguntar varias veces
durante la nota si se cumplirá el compromiso de ocultar
su nombre. Bastante lo mancharon desde la empresa,
diciéndoles cosas terribles de mí a los clientes,
justifica el pedido de anonimato.
No hay una sola Carmen, sino muchas, y la mayoría
no llega a presentar una demanda. El subregistro se alimenta
de la falta de legislación adecuada que proteja los
derechos laborales de la denunciante y la dificultad de
probar el acoso, que termina convirtiendo el proceso judicial
en una nueva victimización.
Pero los números recogidos por la Organización
Internacional del Trabajo son elocuentes. Según un
informe de 1996, la Argentina es uno de los países
con más alta tasa de acoso sexual en el mundo. El
16,6 por ciento de las mujeres dieron cuenta de incidentes
de carácter sexual en su ámbito laboral. A
pesar de las recomendaciones del organismo, no existen cifras
estadísticas ni estudios sobre el tema. Los únicos
números disponibles pertenecen a una encuesta de
1994, entre empleadas de la Unión del Personal Civil
de la Nación, donde se consigna que el 47,4 por ciento
de las entrevistadas sufrieron acoso.
Desde su larga experiencia, Mabel Gabarra, abogada del Instituto
de Estudios Sociales y Jurídicos de la Mujer (Indeso),
considera que no hay conciencia de la gravedad de
esta violencia. En el imaginario social existe la idea de
que la mujer que sufre un acoso es porque se lo buscó,
por cómo se vistió o se maquilló. En
verdad, lo que subyace es la dificultad para aceptar el
no de una mujer. Y por eso, cuando me preguntan cuándo
se puede hablar de acoso, es muy simple. Si a la mujer le
molesta, lo es.

Para Susana Treviño, abogada especializada en acoso
sexual que trabaja para la Asociación de Empleados
de Comercio de Rosario, la falta de una ley nacional es
el escollo más grave. Pero no cree que deba hacerse
por la vía de una modificación del Código
Penal. Estimo que sin más dilaciones debe dictarse
una ley nacional. Es curioso cómo la presencia de
legisladoras con trayectoria en temas de género produjo
una legislación sobre abundante sobre otras problemáticas,
pero este tema sigue siendo tabú, no se pudo avanzar
más allá de la existencia de proyectos,
analiza la profesional, que atribuye esta situación
a la falta de conciencia sobre la problemática. Crear
nuevas penas no conducirá a mejorar un problema social.
Creo que al acoso se lo considera un tema menor. En otros
países, se cuidan de decirle una grosería
a una mujer por la calle porque saben que son pasibles de
una denuncia por acoso sexual, afirma Treviño.
La falta de una ley nacional obliga a los abogados del sindicato
de Carmen Asociación de Trabajadores de la
Industria Láctea (Atilra) a recurrir a la figura
del daño moral para que el delito obtenga un castigo.
El caso se tramita en el juzgado laboral número 2
de Rosario, a cargo de Francisco Collado. Si un fallo favorable
significará una reparación simbólica,
es algo que Carmen no puede resolver con psicoanálisis,
por ejemplo, porque después del despido se quedó
sin obra social. Está desganada, le cuesta salir
de su casa, se atemoriza cuando enfrenta una entrevista
laboral, y no se cansa de contar que durante los cinco años
que trabajó en Mastellone fue la mejor vendedora,
que tras su despido sus clientes firmaron una nota para
que permaneciera. Ella misma los contactó, en una
tarde de sábado lluviosa, recorrió los negocios
donde llevaba los productos con la misma moto de siempre,
que ese día no respondía. Fue de almacén
en almacén toda mojada, pero convencida de la justicia
de su reclamo, y obtuvo el aval de todos los comerciantes
de su zona, en el norte de la ciudad.
No es el único orgullo que siente Carmen, también
menciona que fue escolta de la bandera en el instituto terciario
donde estudió Administración de Empresas.
Envía a su hijo de 13 años a una buena escuela
privada y también a estudiar inglés. No tiene
pareja, como muchas de las víctimas de acoso, elegidas
por sus empleadores por ser más vulnerables. Además,
Carmen vive con sus padres. Más bien, sobreviven
con la jubilación de empleado de Agua y Energía
del padre y los 300 pesos de la cuota de alimentos por su
hijo. Cuando trabajaba en Mastellone, Carmen estaba acostumbrada
a tener un buen sueldo. Como siempre hacía
muy buenas ventas, mis comisiones eran altas, recuerda.

Poco tiempo después de ingresar, el gerente Sergio
Cufré comenzó a apuntarla para ascender. Vendía
muy bien, y por eso él la llevaba a su oficina, aislada
del resto de las preventistas sus compañeras,
y alentaba sus ambiciones de progreso. Di mi vida
en esa empresa, creía que iba a ser supervisora y
que me iba a quedar ahí para siempre, dice
todavía en pleno duelo por la pérdida tanto
de su empleo como de su estabilidad emocional.
El gerente tenía mala relación con el resto
de las empleadas, y lo primero que hizo fue aislar a su,
hasta entonces, protegida. Cuando llegaba una compañera
nueva, era la elegida para enseñarles el trabajo.
Si personal jerárquico de la sede central de la empresa
llegaba a Rosario, visitaban la zona de Carmen. Su orgullo
eran los abultados números de sus planillas de ventas.
Mientras tanto, entre el gerente y la preventista se había
formado lo que ella calificó como una amistad.
Hasta que Cufré traspasó los límites.
Aparecía en mi casa, iba a buscarme a los negocios
donde sabía que yo tenía que estar, y me decía
que le pasaban otras cosas conmigo. Me invitó a viajar
con él. Pero yo no sentía lo mismo,
afirma. Cuando ella expresó el rechazo, el proceso
fue inverso. Se acabaron las bonificaciones para mejorar
los precios de los productos, y con ellas bajaron las chances
de vender. También le prohibía a las compañeras
conversar con ella, el jefe no le dirigía la palabra.
Después, se enteraría de que otra compañera
había pasado por lo mismo. Carmen trabajaba en Mastellone
desde 1997, aunque los dos primeros años estuvo contratada
por medio de una agencia de empleo. Ese lapso no fue considerado
en la indemnización. Cuando el hostigamiento ya estaba
en pleno ejercicio, Carmen se afilió al sindicato
el último día de noviembre de 2001. Una afrenta
a las expresas órdenes en contrario que bajaba la
empresa. Estaba totalmente prohibido. Pero yo necesitaba
que me defendieran. También pienso que si ellos no
me echaban, todo el mundo se iba a afiliar al sindicato,
afirma. En verdad, ahí empezó un proceso de
casi un año. Acompañada por el secretario
general del gremio, Edgardo Barbero, Carmen llegó
a hablar con el jefe de Recursos Humanos de Mastellone a
nivel nacional, Jorge Roldán, en marzo de 2002. Le
prometió que se ocuparían de su caso.
Sin poder soportar las agresiones, Carmen pidió una
licencia por razones psicológicas en mayo. Estaba
enferma, me pasaba todo el día llorando, nerviosa,
sola. Ni siquiera podía respirar ahí adentro,
rememora. Cuando volvió, en agosto, subsistía
la prohibición de conversar con ella para el resto
de las empleadas. El acosador fue separado de su cargo el
31 de agosto. Carmen siguió haciendo su tarea, aunque
el clima en el trabajo no había mejorado del todo.
Un día, el 11 de octubre de 2002, estaba recorriendo
su circuito de ventas cuando recibió un llamado telefónico
del nuevo gerente, Fabio Ramallo, quien la hizo regresar
a la planta. Cuando llegó, intuyó lo que pasaba.
Estaba el mismo Roldán, quien le comunicó
el despido y argumentó que era mala compañera
de trabajo. Me trató tan mal que tuve una crisis
de nervios, cuenta Carmen con lujo de detalles. Le
dijo: Si está deprimida, búsquese otro
trabajo y retírese. Para ella, esa imagen es
imborrable, y se repite en sus pesadillas. Estaba
sola, del otro lado de la reja de la empresa, y no podía
entrar. Miraba a mis compañeros, cuenta todavía
conmovida. Ese día hubo un piquete del sindicato
en la puerta de la empresa, pero el despido sin causa quedó
firme. Desde entonces, está en curso la denuncia
judicial por daño moral.
Para entender la magnitud de ese daño, hace falta
conversar un rato con Carmen y entender la metamorfosis
que el acoso significó en su vida. Nunca me
ibas a ver con el cabello sin planchar, y siempre iba bien
vestida. Nada que ver con ahora, que no tengo ni ganas de
levantarme de la cama, y estoy siempre atemorizada. Necesito
trabajar, pero tengo miedo de volver a pasar por lo mismo,
expresa.

Desde principios de los años 90 se presentaron
varios proyectos legislativos, como los de Irma Roy y Graciela
Caamaño, con distintos enfoques. Pero ninguno llegó
a prosperar. Durante el gobierno de Carlos Menem, el 18
de noviembre de 1993, se promulgó el decreto 2385,
que contempla el acoso exclusivamente en el ámbito
de la administración pública nacional, y sólo
si el acosador es un superior jerárquico. Queda un
amplio espacio en blanco que es el de la actividad privada.
En la actualidad, existe un proyecto de ley elaborado por
varios diputados y diputadas, entre ellas María José
Lubertino, que fue presentado en julio de 2003 para el abordaje
integral de la problemática. Pero todavía
no fue tratado.
Tendría que haber instancias de contención,
para que la mujer pueda hacer la denuncia sin problemas.
Debiera existir en el Ministerio de Trabajo de la Nación
un organismo que trate el tema desde todas sus aristas,
opina Gabarra, quien también estima necesaria la
confección de un registro de acosadores sexuales
elaborado por el Estado. En sus largos años de trabajo,
atendió casos de los más diversos, como una
mucama de hotel que recibió órdenes de atender
sexualmente a los huéspedes para no perder el empleo.
Otro caso común es el de la extorsión para
obtener un puesto laboral, a partir de acceder a un encuentro
sexual.
Treviño también atendió a muchas víctimas
de este delito. Una mujer sufrió durante años
esa situación en un estudio jurídico prestigioso
de Rosario. No sabía qué ropa ponerse para
no resultar provocativa, pero uno de los profesionales tenía
diferentes técnicas, como pedirle alguna carpeta
del archivo y aprovechar la ocasión para tocarla.
Sigue existiendo el pudor, al principio prima el temor,
por las amenazas de los acosadores para que no los denuncien.
Pero después no aguantan más, describe
la profesional. Por la falta de una ley específica,
cuando una persona la consulta por un caso de acoso sexual,
Treviño le dice que no será fácil el
camino judicial, pero se intentará. La jurisprudencia
reconoce un alto valor a las presunciones, afirma
la abogada, ya que el acoso se produce siempre sin testigos.
El acosador busca la víctima y el ambiente
propicio. Puede haber insistencia. Y después de la
negativa, viene el hostigamiento, agrega. Sabe que
a mucha gente le resulta difícil reconocer que el
acusado es un acosador. Son simuladores, ejercen cierta
seducción. Pero el acoso existe siempre que haya
un acto con connotaciones sexuales que no es aceptado por
la víctima, concluye.
Otra característica común es que las mujeres
que sufren este tipo de agresión suelen sentirse
culpables. Se preguntan qué hicieron para provocarlo.
En general, son mujeres viudas, separadas o solteras, a
cargo de sus hogares, que tienen alta dependencia de su
empleo. Las que pueden, terminan abandonando el trabajo.
Y las que no pueden, llegan a enfermarse, como Carmen. Siento
impotencia, a lo mejor por no poder descargarme. Siempre
voy a sentir bronca contra él, porque me arruinó
la vida. Yo tenía planes de progresar, pero no pude.
Muchas veces me doy la cabeza contra la pared, porque fue
tanto lo que me esforcé por esa empresa. Y ahora
no puedo salir, no tengo fuerzas, dispara sobre la
trampa en la que se siente metida desde que fue fiel a su
deseo y dijo que no.
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