CASOS REALES

COMPAÑEROS

por Coral

COMPAÑEROS MALTRATADOS...,

Y PROSCRITOS

A los que viven, o han vivido, una historia
de maltrato psicológico en el trabajo.
A las asociaciones, que luchan con
el compromiso de erradicarlo.
Y, en general, a todos los que empaticen
con este problema.
También, a una persona muy especial.

 

Extracto de un capítulo del libro. Cedido amablemente por su autora.

Desde hacía algún tiempo, Ramiro pensaba que su trabajo se le estaba haciendo cuesta arriba. No comprendía por qué, de pronto, se sentía tan inquieto y no dejaba de pensar en su compañero de oficina, pese a haber vuelto de las vacaciones estivales con renovados bríos. No era una inquietud en la que se hubiese reconocido antes, si es que era inquietud. Tal vez era desconcierto.

El vocabulario no era lo suyo. Ya no había lugar para debates, pues su carácter resolutivo necesitaba una casuística. Al menos, su mente acostumbraba a funcionar así. Pero se sentía mal. Por experiencia sabía que, en situaciones similares, no descansaba hasta solventar el problema que le traía de cabeza.
Era imposible solucionar el tema de su compañero ,al menos, así se lo habían comunicado altos mandos de su empresa. Ya se había intentado, pero esa persona no colaboraba.

Ramiro era un recién llegado al Departamento de Contabilidad, cuyo Jefe necesitaba con urgencia un matemático licenciado y convencido -según le recordaba con hincapié para apartarle del asunto- y no había conocido el proceso previo. Era cierto que siempre había sido profesor, de vocación, de Educación Primaria, y que sólo tenía experiencia con niños pequeños. Debía respetar, pues, las tesis de los compañeros veteranos, pese a no compartirlas.

Tesis que validaban la conflictividad laboral que esa persona provocaba constantemente, sus polémicos juicios contra la empresa, su inestabilidad emocional marcada por tantas bajas médicas por depresión, y su caída en la droga, motivos todos suficientes para considerarlo un proscrito, y despedirlo cuanto antes como tal.
Sin embargo, nadie intervenía en la búsqueda de una solución constructiva para todos, algo que le producía escalofríos. Desde su llegada al departamento, sólo había percibido en los demás pasividad, violencia o sarcasmo, tres fórmulas fáciles para no abordar el verdadero problema.

Ramiro no creía en teorías injustificadas y de seguimiento mayoritario que señalaban a una persona inocente con el dedo. Cuando su mente deductiva emergía, su dispositivo de alerta le ponía en guardia. En cualquier situación. Por éso buscaba signos de autenticidad en una realidad que se intentaba maquillar. Bajo destellos sospechosos, escrita en tímidas palabras, estaba la verdad, y todos la conocían. Casi sentía náuseas por sentirse testigo mudo de acontecimientos que no podía, pero quería, evitar.

Cuando acudía a la oficina cada mañana, se sorprendía por el trato tan hostil que su compañero recibía por parte de casi todo el personal. Incluso había presenciado violencia física en su contra, sin que él hubiera opuesto nunca resistencia. También había observado la falta de motivos para un comportamiento semejante. En el ángulo lúgubre del oeste, sentado al fondo, en un rincón oscuro, había una persona de unos cuarenta y cinco años sumida en el silencio. Sólo emitía, de vez en cuando algún sollozo, pero nadie lo escuchaba.

Tenía un rostro llamativo, como salido de la bruma, y unas manos de un blanco inmaculado que escondían su nerviosismo bajo unas mangas largas. Era de esa clase de personas que fascinan porque parecen vivir continuamente en el misterio, y se rodean de un halo mágico que nadie se atreve a traspasar. Pero esa proyección era sólo un escudo natural con el que se protegía. De sus compañeros sólo obtenía la burla incondicional, puesto que ya lo habían calificado de "imbécil".
Ramiro había disfrutado anteriormente educando a niños pequeños, formando esos cerebros vírgenes y sublimes que codificaban información por primera vez. Ahora, a una edad tardía, y contra todo pronóstico -como solían suceder las cosas en su vida- había cambiado de profesión, pero no podía evitar su inclinación pedagógica. Sus antiguos colegas le decían que era un alfarero, y que la impresión que había dejado en los cerebros infantiles, moldeados a modo de arcilla fresca y con manos expertas, tenía que manifestarse en toda su plenitud llegado el momento.

Los cerebros adultos le parecían, las más afortunadas de las veces, resucitados, o recalentados. Sin embargo, esta vez se sentía conmovido y abocado a ejercer de alfarero con uno de ellos. Abocado a retomar su praxis personal, sensitiva, poco ortodoxa, según algunos. Sus perspicaces neuronas, entrenadas para componer difíciles rompecabezas, habían vuelto a encontrar un estímulo. Una pieza que no encajaba, le suponía un reto intelectual, y humano. Ya que creía en el orden del universo, y en su espejo terrenal, una oficina desordenada o descabalada le parecía una oficina equivocada. Aunque ahora, con tan escasos datos, adivinó que el asunto se desbordaría si alguien más no intervenía antes de que fuera demasiado tarde.


El hombre salido de la bruma era objeto de toda clase de insultos y juegos macabros. Junto con las grapadoras y otros artículos de oficina medianamente pesados, volaban hasta su frágil cabeza, casi hasta el mismo chichón recrudecido, objetos metálicos cortantes, chinchetas, tablones astillados o cualquier utensilio capaz de satisfacer los instintos agresivos del grupo que le asediaba.

Ramiro observaba atónito el fenómeno, y cómo Sixto, en medio de tal clamor que producía el escarnio popular, permanecía en su mutismo fiero, ajeno, como si estuviera por encima del bien y del mal.

Mejor dicho, parecía que estaba a ese nivel, porque, si se hubiesen fijado mejor, esos crueles compañeros, de irremediable mediocre condición, hubieran percibido que estaba encadenado a un sufrimiento mudo como un preso que arrastra impenitente sus pesadas cadenas, sin quererlas.

No tenían ni idea de por qué se aferraba a su tozudo silencio para aislarse de un entorno agresivo que minaba día a día su salud. Y, a veces, sólo sabía llorar. Ramiro tampoco tenía idea, pero siempre optaba por la humanidad y toda su grandeza, por muy cifrada que pudiera manifestarse. Quizá él no la elegía, sino que era elegido por ella. No parecemos elegir el destino, aunque tracemos un proyecto en un papel en blanco y nos sintamos protagonistas.

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Yo soy terapeuta. Trabajo como voluntario para una Asociación, y hablo con muchas personas que sufren. Ramiro me comentó el caso de Sixto con gran interés. Soy amigo suyo de la infancia, así que conozco su facultad de discriminación.

Enseguida comprendí que no había lugar para las casualidades. Ramiro siempre estaba en el lugar de las discrepancias. Conocí varios ejemplos para avalar esta filosofía, que llamaría correctiva. Me hablaba mucho de su compañero, y terminé tratándole durante mucho tiempo.

Me confesó su deseo de tenderle un puente. Al fin y al cabo, él sólo le había tomado cariño, no formaba parte de su familia, y no tenía grandes esperanzas. Pero se había empecinado. Era imposible frenar su energía descomunal cuando se disparaba, y yo intuí que, esta vez, merecía la pena entrar en su fuerza centrípeta. Otros se hubieran adaptado al concilio popular, pero él estaba más cerca de los cismas, y Sixto había despertado su instinto protector, y su curiosidad científica.

Sabía que no tenía un compañero cualquiera. Sabía que era una persona buena, trabajadora y brillante, pero abandonada a su mala suerte. Lo percibió con claridad una mañana en la que leyó con avidez las sorprendentes instrucciones que Sixto había dejado escritas en un sobre, para la correcta compensación de un agujero económico detectado en la empresa, y que se había convertido en el tema central de las últimas reuniones entre accionistas. "Para Ramiro", podía leerse en el sobre sellado, con letra de trazado irregular.
Considero que una persona especial, niño o adulto, quizá no es siempre bien entendida por el resto de los mortales. Tal vez, alguna vez nos hayamos encontrado con alguien que despierta en nosotros una llamada atávica a la guerra, suscitando emociones contrapuestas y desatando con violencia las pasiones más ruines. Alguien más pacífico que los demás, más inteligente, más educado... Quizá Sixto reuniese estos rasgos y, de manera involuntaria, hiciese saltar en sus congéneres ese dispositivo ancestral
que los ponía en guardia ante lo diferente, y los situaba en posición de ataque. ¿Podríamos perdonar lo que no se parece a nosotros? ¿Lo que nos supera y deja en evidencia nuestra obvia mediocridad?
Una mañana de primavera, con la jubilación a la vuelta de la esquina, Ramiro se reunió con su amigo en el pub irlandés habitual. Allí mantenían charlas y tertulias distendidas entre viejos conocidos, los fines de semana. Le habló de la extraordinaria sagacidad de Sixto, agazapada en su silencio, y en la saña popular. Era real, él la conocía. También conocía su exquisita sensibilidad. ¿Cuál era el problema? Necesitaba una respuesta concreta. No podía esperar más. Estaba decidido a ayudarle.

-Bien ,dijo su amigo con determinación. Esta información podría resolver tu enigma.
Y colocó sobre la mesa unos informes médicos, que fueron leídos con avidez

- Entonces... ¿Era ésto? -balbuceó Ramiro con gesto de sorpresa.

- Sí. Tenías razón en que algo no encajaba. Sixto está sufriendo Acoso Laboral. Ése es el verdadero diagnóstico.
MOBBING... El misterio quedó desvelado. Las piezas se colocaban en su sitio.

- Podemos ayudarle, no te preocupes, hay muchas personas como él. Ha padecido una violencia sorda y sin tregua -continuó pensativo y algo melancólico entre tragos de cerveza negra. Es algo con lo que me sensibilizo yo también, pues se está convirtiendo en el asiento endémico del trabajo remunerado actual, o en la moneda de cambio de una sociedad que lo consiente, y me niego a participar en el fraude. Te diré que necesita con urgencia profesionales capacitados, pues deja secuelas imprevisibles. Me alegro de que tú también te hayas solidarizado con este drama candente, que se cobra cada día más víctimas en silencio, como una boa insaciable. Si no actuamos ahora, Sixto podría entrar en un trance suicida.

El orden del Universo había vuelto a manifestarse. Sixto era una persona maltratada, y Ramiro quería ayudarle. No estaban solos. Este orden universal y numérico, que Ramiro imaginaba lleno de coordenadas matemáticas, deja un sitio para todos, sólo hay que confiar en ellas, y encontrar el punto exacto. Si no se encontraba, a lo largo de la vida había tiempo para reclamarlo. Sentía que, nada que implique una lucha, merece ser conquistado.
Cuando salieron del pub, el rostro de Ramiro irradiaba una luz especial. Su amigo la había reconocido igualmente otras veces, como signo inequívoco de que había completado el círculo de una hipótesis. Era cosa de su carácter, de su naturaleza de hombre hecho a sí mismo. Su amigo no disimuló esta vez su admiración. Juntos, fumando en sendas pipas, caminaban sin prisa por las calles de la ciudad, una tarde cualquiera, de un año cualquiera. La vida está formada por historias cotidianas con varios pliegues, a veces tan profundos como éste. O por inquietudes como la de Ramiro, que se había gasificado y había trascendido, como suelen trascender las obsesiones cuando se superan. Ahora estaba en la otra orilla.

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Desde hace un tiempo, pienso mucho en esta historia. Hoy, desde la distancia, me he decidido a escribirla, o a testimoniarla. No he pretendido describir los detalles cotidianos en los que pudiera reconocerse cualquier víctima de este tipo de violencia, pues sería ahondar en su sufrimiento y dilatarlo en el tiempo. Sólo he deseado rescatar en todos nosotros el espíritu de la solidaridad ante casos semejantes, ante los proscritos anónimos que hay en centros de trabajo y que no merecen ser ajusticiados cada día sin piedad, y porque tengo fe en las personas y creo en la bondad.

A veces, basta el ejemplo diario de alguien que rompe los malos y enquistados hábitos de un grupo para recordarnos que, para ser mejores, no se necesitan grandes sacrificios, sino firmes compromisos, aunque sean personales.
Hoy veo a Sixto en su despacho, atendiendo con autoridad a los medios de comunicación, con una gran fotografía de Ramiro en su lujosa mesa ovalada, y sólo veo la fuerza de una secuencia fotográfica, la impronta de una época de su vida ralentizada, que no perdida, y el celo de otras personas altruistas.

Como suele suceder, Ramiro, hoy jubilado y autor de libros de humor y comics, no se siente especialmente importante. Tiene un lugar de honor en muchas vidas, pero no se siente responsable de ninguna.

A menudo, medito cómo sería la de Sixto sin la primera asunción de compromiso de un compañero cualquiera, en una empresa cualquiera; sin su obstinada determinación por ubicar seres desubicados en un mundo tan pequeño. Tal vez, aquella terrible realidad laboral le hubiera adjetivado para siempre, y se hubiera instalado en su existencia como un daño irreparable. Pero su alfarero, a quien visité por última vez hace quince días, sólo piensa ahora en sus próximas vacaciones en una costa tropical, consciente pero desentendido de la virtuosa imposición de sus manos.
Creo que todos somos vasijas de barro, sólo que algunos tienen la suerte de encontrar en su camino un maestro experto. Es una historia antigua, de cada generación, de nuestra prehistoria, congénita al ser humano. En ésta no hubo grandes detalles, se cimentó sin estucos. Sin embargo, yo no puedo olvidarla.

Trabajo diariamente con afectados de mobbing y conozco otros testimonios parecidos, otras vasijas de barro y otros alfareros dispuestos a recomponer los trozos de personas rotas por iguales malos tratos. El trabajo debería dignificar a los seres humanos, pero nunca envilecerlos. El dolor de alguien que sufre en silencio una tortura por ejercer un derecho tan básico, debería golpear las conciencias de todos los que le rodean e invitarles a una reflexión profunda, en lugar de levantar instintos de exterminio.
Creo que a mis dos amigos les une un lazo que viene de siglos atrás, quizá de una memoria de autoayuda colectiva, qué sé yo. No sé qué haré cuando vea a Sixto la próxima vez. Quizá le lleve la última publicación de Ramiro, dedicada, como siempre. Quizá no pueda hablar con él, pues ahora dirige la empresa y está siempre muy ocupado.
Los comics de Ramiro me parecen de una calidad extraordinaria. Sus héroes ya no son los clásicos, no son tan ficticios.
Pienso que los héroes de verdad no sólo viven en los comics. Me parece que están entre nosotros, y su filantropía, aunque ellos desconocen que son los elegidos.

CORAL
Enero 2004

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Nota de la webmaster: Coral es el nick de una persona entrañable y querida; afectada y superviviente de mobbing y muy vinculada a ACAL (asociación madrileña contra el acoso laboral )

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