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Mobbing
, Violencia Perversa Institucional y Dramaterapia
Dr Pedro H Torres Godoy, médico psiquiatra,
psicodramatista y director de teatro espontáneo
Viví
el mobbing. No sé si como victima o como
agresor. Ocurrió en el hospital psiquiátrico
en el cual me formé como especialista en psiquiatría.
Omitiré nombres y modificaré circunstancias
y contextos. No hacerlo, podría lesionar la privacidad
de terceros y develar el secreto profesional del trabajo psiquiátrico,
al cual me he entregado en mis 20 años de especialista.
Los protagonistas de esta historia son personas que aún
existen y que algún día compartieron los angostos
y largos pasillos del hospital psiquiátrico. Los sectores
para pacientes agudos y los patios de crónicos.

Los médicos becados de psiquiatría ingresábamos
a los sectores de agudos temprano por la mañana. Por
la tarde terminamos nuestra extenuante jornada con las visitas
a la posta antialcohólica, pabellones de crónicos
y patios judiciales. Nos acompaña un gendarme armado
en esta última ronda, por la peligrosidad de los internos,
la mayoría psicóticos con delitos graves a sus
espaldas, recluidos de por vida, abandonados por sus familias
y por la sociedad.
Por la noche ingresábamos a turnos de 24 hrs. Quedábamos
a cargo del manicomio con todo lo que significaba emocionalmente
esa tarea. Gritos desgarradores provenientes de quien sabe
dónde; estruendos de vidrios quebrados, golpes sordos,
puertas que se abren y cierran estrepitosamente, risas explosivas,
llantos. Una llamada de urgencia a las 3 AM presagiaba una
noche de pesadilla. El paciente agitado arrinconado en un
sector de la sala; los auxiliares con sendas sábanas
ciñéndolas como tensas cuerdas asidas entre
dos, en búsqueda del cuello del enfermo y ya!...ya
está boca abajo tendido en el piso con dos o tres encima
de él. Su rostro ensombrece. La lengua afuera casi
a punto de estallar y un grito ahogado se escapa apenas audible
desde su mandíbula entreabierta. Es preciso que nadie
escuche porque puede perturbar el silencio de la noche en
Recoleta. Un momento más de cianosis y antes de la
inconciencia, casi al despuntar las primeras convulsiones,
está planchado, al borde de la muerte. Nosotros allí,
parados en medio de la sala, como extraños observando
esta carnicería, avalando desde nuestro delantal blanco
lo inavalable. La brutalidad en la contención de los
pacientes que más allá de las chaquetas de fuerza
y de los neurolépticos inyectables, bordea el filo
mismo de la vida y de la muerte, cuando el oxígeno
ya no hace falta para estar relajado, cuando la paz y tranquilidad
se busca desesperadamente por parte de los cuidadores
en la no-vida, en la hipoxia, aquella que buscan los suicidas
para eyacular justo antes de descolgarse o gozar ese placer
mortal por toda la eternidad.

El enfermero del sector K de agudos, extraña mezcla
androgina, maneja la unidad de terapia electroconvulsiva con
rigidez militar. Parece una dulce y apacible mujer, envuelta
en su delantal blanco, impecable, que cada día de invierno
cuelga delicadamente cuando se retira, a eso de las cinco
en punto, entrando el atardecer. Es el típico funcionario
que ha dado su vida por el hospital. Ha creado su pequeño
reino en medio de la decadencia. Su vida priivada al interior
de la institución transcurre apacible. Siempre sonríe
y saluda a todo el mundo. Es respetado por sus pares. Amado
por los pacientes. Temido por los becados.
Como un héroe (o heroína) de películas
medievales deja en claro que su toca invisible enzarzada en
su negra cabellera es señal inequívoca del poder,
del magnífico poder delegado por la herencia estatista
de un país en decadencia, el Chile militarizado de
los años ochenta, aún cargado de persecuciones,
desapariciones, asesinatos políticos, y estos funcionarios
representaban todavía en las instituciones, la sombra
del soplonaje, la delación y la censura.
Se especializa en doctores jóvenes a quienes captura
para demostrarles su vehemencia. Lo muy ineptos que son. Lo
muy mal que se sentirán cada vez que aplican el electroshock
sin anestesia general ni relajantes musculares. El mejor signo
para saber si está bien o mal aplicado, es la altura
a la que llegan ambas piernas del paciente en la fase tónica
de la convulsión. Allí manda él. Representa
y corporiza la jerarquía inminente delegada por la
dirección anónima. Estamos a su merced. Sus
comentarios sarcásticos acerca de nuestras pocas o
nulas habilidades nos hunden como médicos recién
ingresados al servicio de psiquiatría. Es una osadía
atreverse a contradecirlo. Una tortura que puede durar toda
una beca (que es como toda una vida). Te ganaste el odio y
su reprobación. Si tienes un poco más de suerte,
si eres anodino y poco amenazante, un pequeño ser sumiso
y condescendiente, una especie de sombra arrinconada en los
pasillos dejando a tu paso sólo tu estela de mediocridad,
como una bufanda al viento detrás de ti, dislocada
del abrigo o simplemente de tu cuello, pues entonces te has
ganado su beneplácito y su piedad.
Surge la fantasía de, accidentalmente, desviar los
polos de aplicación del electroshock hacia sus sienes.
Lo vemos en nuestra imaginación retorciéndose
en el suelo, una vez desencadenada la crisis, hasta que diera
los últimos estertores guturales de paciente electroshockado,
desdentado, salivando profusamente, con sus ojos enrojecidos
por la vasodilatación. Con su pelo desgreñado,
sus uñas encarnadas en ambas manos y finalmente...
finalmente su mirada bovina, esa mirada confusa que acostumbrábamos
a observar (sin ver), en los ojos de nuestros pacientes, cada
vez que concluye la descarga brutal y que nunca olvidas.
Una
tarde recién llegado al sector K (le llamaban las
galeras) un grupo de pacientes me abordan y me llevan
a empujones a las sala del fondo. Están liderados por
Murray, un esquizofrénico pseudopsicopático,
que algunos años después incendió un
hospital psiquiátrico en el Sur.
Una treintena de pacientes reunidos en la clandestinidad de
la sala me intimidan y amenazan a vista y paciencia de aquel,
quien mira distraídamente, a través de los cristales
de la estación de enfermería y de sus propias
gafas, con una sonrisa sardónica pegada en las mejillas.
Los pacientes me dicen que ellos están organizados,
que se comunican por silbatos, que salen de los sectores de
agudos y deambulan por todo el hospital, que las murallas,
cuales laberintos, son verdaderos pasillos de libre tránsito,
y por ellos llegan finalmente a la calle en donde piden dinero
a los transeúntes. Que ellos son los que mandan finalmente
en el Hospital. Que nosotros, los becados sólo estamos
a su servicio. Que les debemos respeto y sumisión.
Tengo miedo y asiento cabizbajo. El avala y es cómplice.
Representa la voz sorda del hospital. Médicos y pacientes
somos hijos bastardos de una institución des-maternizada
Posterior
a la denuncia de estas atrocidades soy relegado a un hospital
general en los suburbios de Santiago. Me convierto en el chivo
expiatorio de una lucha sin sentido. Represento en el sistema
la denuncia, la externalización Quienes me rodean inicialmente,
mis propios pares, participan e incentivan el conflicto estando
de mi lado, seguramente proyectando en mí todos sus
deseos de redención. Pero a poco andar quedo sólo,
se alejan y difuminan en la bruma de los acontecimientos.
Abandonado, finalmente, en una lucha sin cuartel frente a
la granítica institucionalidad, es mi firma la que
queda estampada en el documento que devela los hechos y que
se convierte lentamente en mi propia sentencia de muerte institucional.
Había ingresado al hospital en 1983. Cinco años
más tarde, en 1988, me veo en el doloroso trance de
renunciar o aceptar mi destierro. Sólo, en un ex
vanitorio convertido en oficina de psiquiatría de enlace,
me veo en la antesala de la despedida.
Fue en ese preciso momento en que el Dr. Saumann golpea mi
puerta. Viene a solicitar mi ayuda para tratar una paciente
que se niega al examen obstétrico. Tiene al menos sobre
35 semanas y está pronta a dar a luz. Al parecer hay
sufrimiento fetal por los latidos acelerados del neonato.
Ingreso a la sala de examen y me encuentro con la paciente
en posición ginecológica sobre la camilla y
al menos una docena de alumnos de medicina observando con
ojos extraviados. Algunos conversan cualquier cosa. Es un
clima frívolo y trivial. Sin ritualidad
Ella es un cuerpo más al que hay que examinar y, decorporizado
de su receptáculo natural, el útero, el líquido
amniótico debe ser visto por todos para determinar
el paso siguiente. Saumann me mira perplejo. Es un hombre
místico de mirada profunda y transparente. Comprende
la chabacanería que está ocurriendo allí.
Con una voz imperativa y cortante, sin mediar comunicación
verbal alguna conmigo, los insta a abandonar la sala. ¡Todos
afuera!
Comenzamos a conversar con la paciente de una forma diferente
al mismo tiempo que la bajábamos de la camilla para
recostarla en el piso sobre una colchoneta. Éramos
tres seres humanos, en búsqueda de un encuentro, dos
hombres vestidos de blanco y una mujer sufriente. Hablamos
de lo difícil que era para ella ser examinada por un
grupo de personas, sobretodo cuando dicho procedimiento parecía
dislocarse de la solemnidad que merecía el exponer
su intimidad y la desnudez de su cuerpo. De lo que nos pasa
a los médicos cuando nos enfrentamos al dolor y a situaciones
que no podemos resolver con la tecnología, sino a través
de nuestro propio ser como personas. De cómo nos defendemos
detrás del delantal blanco, de la petición de
examen, de nuestras emociones de afecto, de duda, o lisa y
llanamente, de la rabia e impotencia, hacia lo desconocido
o lo que no podemos controlar.
Estábamos en eso cuando la paciente cae en un profundo
trance sonambúlico. Fue nuestra voz pausada y sin presiones
lo que hizo que esa conversación con esa paciente fuera
mágica, atravesara todas las barreras del tiempo, estuviera
en un sitio sin tiempo ni espacio y allí, bajo ese
descubrimiento incidental del fenómeno del trance,
Saumann pudo re-examinar a la paciente con naturalidad, sin
resistencias, sin angustia, el tiempo suficiente como para
saber que ya estábamos en el punto crítico y
que la paciente iría directamente a pabellón
para una cesárea de urgencia, que confirmaría
la vida que latía en su vientre y que estaba al límite
y fue nuestra opción y actitud estar de ese modo allí,
en el momento justo, para recibirla.
En ese instante supe que ya estaba, psicológicamente,
fuera del hospital. Mi propio parto distócico institucional.

Mobbing
de mob (muchedumbre, manada, plebe, horda, turba,
atropello), fue descrito por el etólogo Konrad Lorenz
como acoso grupal, En su significado original,
más simple, se llama mobbing al ataque
de una coalición de miembros débiles de una
misma especie contra un individuo más fuerte. Según
el español González de Rivera actualmente se
aplica a situaciones grupales en las que un sujeto es sometido
a persecución, agravio o presión psicológica,
por uno o varios miembros del grupo al que pertenece, con
la complicidad o aquiescencia del resto. Concluye que
en realidad, aunque el fenómeno es escasamente
estudiado, es conocido desde antiguo como el síndrome
del chivo expiatorio y síndrome de rechazo de cuerpo
extraño.(Gozález de Rivera J.L., 2000).
En Gran Bretaña se conoce con el nombre de bullying
(matonaje, intimidación, abuso).
Marie-France Irigoyen lo llama acoso moral
como una forma de maltrato psicológico y en el contexto
del trabajo lo describe como cualquier manifestancion
de una conducta abusiva , y, especialmente los comportamientos,
palabras, actos, gestos y escritos que puedan atentar contra
la personalidad, la dignidad o la integridad física
o psíquica de un individuo, o que puedan poner en peligro
su empleo, o degradar el clima de trabajo Hirigoyen
MF., 1999)
Esta autora francesa incluye en este síndrome no sólo
las situaciones de maltrato psicológico vinculados
a las instituciones y empresas, sino también lo que
ocurre en la pareja y familia, señalando situaciones
de abuso y maltrato hacia la mujer por parte del hombre, en
el contexto de la relación matrimonial o de pareja,
con aportes notables respecto de esta íntima y privada
forma de violencia. Sin embargo, curiosamente, no señala
ningún ejemplo de la violencia física y psicológica
que cada día sufren los hombres en la relación
de pareja, por parte de las mujeres, lo que sin duda constituye
un sesgo ya que lo anterior, va en aumento exponencial y en
nuestro país, las denuncias en ese sentido por parte
de las víctimas, se hacen más evidentes y recién
en la última década comienza a ser un tema conocido
en diversos medios de comunicación masiva. Por ejemplo,
en Santiago de Chile la cifra de denuncias por violencia doméstica
de mujeres hacia los hombres se ha triplicado en los últimos
10 años, siendo las mujeres profesionales las más
agresoras, probablemente por considerarse en igualdad cultural
respecto del poder que tradicionalmente ha tenido el hombre
y, auque no son cifras comparables respecto de la violencia
del hombre hacia la mujer, cabe preguntarnos de si estamos
frente a la delación, por parte del hombre, de la llamada
violencia cruzada, ya que para algunos investigadores
la violencia intrafamiliar no distingue edad, sexo ni clase
socioeconómica (Bravo F., 2004)
Contexto
En
el contexto empresarial e institucional, se estima que en
España una 660.000 personas se ven afectadas de mobbing
y alrededor de 12 millones de personas en el mundo sufren
algún tipo de acoso moral, por lo cual se piensa estar
en presencia de un problema de salud laboral ( Gallardo R.,
Asenjo S., 2003). Otro reciente estudio realizado por la Universidad
de Alcalá de Henares de Madrid, sobre violencia en
el entorno del trabajo dirigido por el profesor Iñaki
Piñuel y Zabala, arroja cifras de un 16 % de la población
activa española aproximadamente 2,38 millones
de trabajadores- quienes manifestaron ser objeto de violencia
psicológica o Mobbing. Este mismo estudio señala
que entre un 45 % y un 60 % de los trabajadores españoles
confirman haber presenciado en su lugar de trabajo situaciones
de mobbing y sin ambargo, solamente en uno de cada seis casos
se apoya a la víctima frente al acosador. Además
el 77 % de los afectados señala un apoyo bastante escaso
en sus empresas a la hora de ampararles ante dicho hostigamiento
(Piñuel y Zabala I., 2003)
Una decena de entidades destinadas al estudio, denuncia y
protección de los trabajadores se han constituido en
España y diversas capitales europeas las cuales participan
activamente en el asesoramiento médico, psicológico
y jurídico para los trabajadores afectados por este
síndrome, lo cual implica una actitud permanente de
alerta frente al abuso perverso institucional para neutralizar
y sancionar legalmente a los victimarios, generalmente oscuros
personajes ligados a los mandos directivos y medios de empresas
e instituciones de la más diversa índole tanto
públicas como privadas.

En Latinoamérica no hay estadísticas de la prevalencia
de personas afectadas y dada la lamentable tradición
de regímenes autoritarios sólo recientemente
removidos por los gobiernos democráticos, aún
queda la herencia cultural de este tipo de comportamientos
que probablemente datan de aquellos períodos, aún
descontando el significado histórico que dejó
la conquista española y portuguesa en nuestras costas
en los tiempos de la Colonia.
Aunque el mobbing vertical es más frecuente,
es decir, aquel en el que participa un jefe y su subordinado,
también se han descrito formas horizontales, o sea
situaciones en que la víctima es perseguida y dañada
por sus propios compañeros de trabajo, amparados por
una figura de mayor rango jerárquico, lo que resulta
más deletéreo por el significado de abandono
y desamparo en el que queda el afectado, respecto de su grupo
de pares.
Las primeras descripciones de este cuadro se atribuyen al
sociólogo sueco Heinz Leymann y la mejor traducción
sería psicoterror (Hirigoyen MF., 1999).
Las manifestaciones clínicas presentadas por el paciente
son de tipo depresivas, con síntomas muy similares
al síndrome de burnout o desgaste laboral,
aunque con mayores dudas respecto de la auto-identidad, y
con tendencia a la idealización de las mismas estructuras
o personas responsables de la persecución. En su forma
de estrés-ansiedad más bien está relacionada
con un cuadro de ansiedad por hiperactivación simpática
y de los sistemas de alerta frente a una amenaza poco definida
y permanente que significa una situación de incertidumbre,
con las consecuentes manifestaciones gastrointestinales, cardiovasculares,
respiratorias y de todos aquellos sistemas orgánicos
que se verían afectados por la hiperreactividad adrenérgica.
Se han descrito casos que han terminado en suicidio incluso
en el mismo lugar de trabajo, como una muestra patética
de dar la lucha hasta las últimas consecuencias.
Acosador
Se ha enfatizado en la personalidad del agresor, generalmente
sindicado como el resposable directo de la persecución,
individuos con personalidad narcisística maligna
ocultos en una aparente honestidad y rectitud a toda prueba.
Irigoyen considera que se trata de una forma asexual de perversión,
Field como una modalidad de sociopatía agresiva y González
Rivera la describe como mediocridad inoperante activa,
un trastorno de la personalidad caracterizado por exacerbación
de tendencias repetitivas e imitativas, apropiación
de los signos externos de la creatividad y el mérito,
ansia de notoriedad que puede llegar hasta la impostura y,
sobre todo, intensa envidia hacia la excelencia ajena, que
procura destruir por todos los medios a su alcance (Gonzalez
de Rivera JL., 2000)

Sin embargo alguien se cruza en su camino o atenta contra
sus propósitos de empoderamiento y beneficios en la
toma de desiciones dentro de la organización, son capaces
de calcular fríamente la destrucción de la víctima
y manipular la estructura con sofisticados recursos psicopáticos,
generando heteroculpabilidad, con escasa o nula autoreferencia
acerca de su responsabilidad, son aquellos que caminan
sobre cadáveres, con mecanismos de ataque intimidatorio
inconcebibles hacia el subordinado, tales como:
Restringirle la posibilidad de hablar; cambiar la ubicación
de la persona separándola de sus compañeros
o simplemente destinarlo a una verdadera sala de aislamiento
(la huesera)
Prohibición a los compañeros de dirigirle
la palabra a la persona afectada; obligar a alguien a ejecutar
tareas menores (shunting) o que realice tareas
en contra de su conciencia (echarse la culpa de alguna
grave falta ética cometida por la jefa)
Juzgar el desempeño de una persona de manera
ofensiva; cuestionar las decisiones de una persona; no asignar
tareas a una persona; asignar tareas sin sentido; asignar
tareas degradantes
No dirigir la palabra a esa persona; tratar a una persona
como si no existiera
Críticas permanentes a la vida privada de la
persona; terror telefónico
Dar a entender que una persona padece de problemas
psicológicos o está trastornada
o simplemente que es conflictiva
Uno de violencia menor o maltrato físico (como
por ejemplo que accidentalmente caigan objetos contundentes
en los pies o manos de la persona)
Ofertas sexuales, violencia sexual, asalto sexual
Ataques a las actitudes, etnia, creencias políticas
y religiosas de la persona
Gritar o insultar, amenazas verbales, hablar mal de
la persona a su espalda, difundir rumores (Schneider K., 1981,
López García-Silva JA., 2003)

El
tema del mobbing capturó mi atención
a propósito de un taller de dramaterapia que conduje
en el Otoño del 2002 en la sala Agustín Siré,
del Departamento de Teatro de la Universidad de Chile en Santiago.
En una de las escenas representadas, se dramatizó la
penosa situación vivida por una terapeuta ocupacional
en su lugar de trabajo con su jefa, en una ONG destinada al
trabajo con jóvenes adictos.
La dramaterapia es una disciplina nacida en la década
de los 70, en países anglosajones y que incluye entre
sus fundamentos el teatro, el psicodrama y los rituales. Es
concebida como una terapia artística y sus campos de
aplicación van desde la psicología, medicina,
educación, artes hasta muchas otras actividades creativas
grupales al servicio del desarrollo humano individual, comunitario
y social (Torres P., 2001)
A diferencia del psicodrama, que en su forma clásica
moreniana, enfoca sobre el desarrollo central de una escena
y .el peso de la dramatización recae sobre el protagonista
que representa al grupo, la dramaterapia más bien tiene
un desarrollo centrífugo, es decir va del centro a
la periferia, trabaja simultáneamente con una multiescenicidad,
al modo de las estructuras carnavalescas, con varios protagonistas
(Jenning S., 1993 Eminath R 1994,. Buchbinder M., 1995 ).
Se podría decir en este caso, que el protagonista es
el grupo, al modo de un sociodrama, y al incluir las estructuras
dramáticas y teatrales en su performance, lleva implícita
una puesta en escena que busca una estética propia
de lo artístico más allá de lo puramente
terapéutico. En ese sentido tiene más que ver
con el teatro espontáneo y en especial con el teatro
playback, cuya dimensión terapéutica pasa a
formar parte de la amplia expresión de creatividad
colectiva lograda en este tipo de actividades (Moreno JL.,
1995, Fox J., 1994., Aguiar M., 1999, Fiedler R., 2004, Sintes
R., 2002, Garavelli ME, 2003)
Tal vez vale mencionar que en dramaterapia, a diferencia del
psicodrama , la parte final de la intervención se realiza
a través de un ritual de sanación, el que ocurre
en medio de la comunión del grupo de trabajo. Es rito
de cierre, por lo tanto es acción que repara el drama
expuesto. En ese sentido tiene mucho que ver, como lo señalábamos
antes, con el cierre del teatro playback, que no deriva directamente
del psicodrama, sino que se nutre de muchas otras fuentes
ancestrales en las cuales el teatro estuvo al servicio de
la sanación, en la antigüedad. De lo que se sabe
que hizo Jacob L: Moreno en teatro de la espontaneidad, fue
sólo la técnica del periódico viviente
y no desarrolló mayormente en teatro espontáneo
puesto que de abocó en los años siguientes al
psicodrama como herramienta terapéutica.
Para los psicodramatistas les resulta confuso e incompleto
cuando una escenificación no concluye con una etapa
de verbalización grupal acerca de la experiencia vivida,
momento que se conoce con el nombre de sharing
(compartir) y que es indicada, por el propio Moreno, como
el instante en que se inicia la terapia de grupo (Moreno JL.,
1979)

Para los dramaterapeutas, que provienen desde el teatro
el psicodrama viene a ser una herramienta más dentro
de un contexto mayor de trabajo por medio de la expresión
artístico-terapéutica. Aquí entendemos
el término terapia como asistencia y actos de servicio
para personas y grupos, es decir tiene un sentido de facilitación
de procesos y el dramaterapeuta es una especie de facilitador
o conductor. En términos muy generales dramaterapia
tiene una secuencia que parte con el trabajo teatral, profundiza
con el psicodrama y concluye con los rituales.
En tres palabras dramaterapia viene a ser: Teatro-psicodrama
y ritos.
Sin embargo por la formación general de los dramaterapeutas
el teatro ocupa un lugar destacado, ya que se pretende que
su actividad se aplique en todas sus formas, desde el trabajo
de expresión corporal, movimiento, pantomima, máscaras,
voz, actuación, creación de personajes, estructuras
dramáticas, dramaturgia y puesta en escena.
Dado que la dramaterapia ha seguido un camino paralelo, aunque
independiente del psicodrama, tal vez en un intento equivocado
a nuestro juicio de diferenciación por parte de los
artistas teatrales, nos parece mucho más cercana al
teatro playback, disciplina que sí está más
ligada al psicodrama. Es posible que desde el punto de vista
etimológico todo deba llamarse dramaterapia, es decir
drama = acción; terapia = asistencia, o sea, terapias
de acción.
Algunos puntos comunes entre la dramaterapia y el teatro playback
son el cierre ritual y la participación del público.
En el caso del teatro playback el público está
evidentemente ubicado en un lugar del espacio que deben franquear
hasta el escenario. Siendo un público observante, más
que observador, es decir involucrado en la ritualidad de los
cierres escénicos propuestos, tiene la posibilidad
de acceder a trasformarse en actor espontáneo y hacer
que la catarsis circule entre toda la audiencia. Algunas compañías
de teatro playback, en un intento de neutralizar
la presencia de actor en el escenario visten de negro a los
miembros de la compañía lo que, paradójicamente,
nos parece que amplifica las diferencias, acercándose
riesgosamente al teatro convencional, que desde nuestro punto
de vista muchas veces se disloca del público, pierde
la conexión y queda más al servicio de los protagonismos
personales de los actores y directores.
Creemos más bien en ese concepto de Augusto Boal del
actor-cuidadano, aquella persona que sube al escenario
desde el público y llega a tener un rol protagónico
central, y luego, una vez terminada la función esa
persona vuelve a ser el cuidadano común y corriente
de todos los días. Y los actores espontáneos
son capaces de fundirse y confundirse con la audiencia, lo
que parte desde sus vestuarios, uso del espacio y actitudes
(Boal A.1980, Fiedler R., 2004). Creemos que trazar una línea
entre público y actores, que es un vicio que surge
con el teatro en el renacimiento, más al servicio de
la burguesía y del poder, atenta contra el verdadero
y real servicio a la comunidad que debería tener cualquier
función de teatro playback. Deberíamos rescatar
el estudio del teatro medieval y el cómo estaba toda
la comunidad en las plazas participando del espectáculo
y los actores eran verdaderos mediadores entre el público
terrenal y lo sobrenatural mágico religioso.
En
el caso de la dramaterapia el público viene a ser el
mismo grupo de participantes. No hay un público externo
que asiste a la función. Cada persona en el ritual
de cierre se define o como parte de la puesta en escena o
como publico. Hemos tenido la curiosidad de que sólo
una o dos personas se ubiquen en el espacio destinado al público,
la platea. Pero tod el grupo migra de un lugar a otro. No
hay un espacio definido para la representación. Cada
sector de la sala tiene la potencialidad de ser un lugar para
representar. Con dramaterapia, a diferencia del teatro playback,
hemos representado incluso en la oscuridad. Sólo se
escuchan los textos, diálogos, voces de los protagonistas,
desde la cámara negra que es el teatro en todo lugar
no-escénico. Es la exploración de la anti-escena
desde el punto de vista escenográfico. Lo que ocurre
más allá de los límites naturales que
la luz otorga al actor y al publico. La luz, también
al servicio del poder, de delimitar espacio, de marcar con
rigor el lugar de los actores, infranqueable, y del público
por el que puede transitar cualquier persona.
En dramaterapia podemos incluso permitirnos utilizar la luz
al servicio de los participantes. Las escenas suelen partirse
en dos; un lugar de luz, otro de oscuridad, como suele ser
la vida misma, lados claros y lados oscuros de las relaciones
humanas, de cada persona, de nosotros mismos. Impresiona ver
que un texto tiene eco sólo en la oscuridad, como si
la voz surgiera sin cuerpo, desde un fondo insondable, misterioso
y secreto hacia lo manifiesto de la corporalidad humana que
permanece en el sector iluminado de la escena.
Es como ver un monólogo en frente de su alterego, sobrecogido
en el anonimato.
La ritualidad vista en el trabajo final en dramaterapia, deja
en claro que sus orígenes van mucho más allá
del psicodrama y del teatro espontáneo. Pertenecen
a la ritualidad misma de los pueblos ancestrales, con toda
su carga mística y dadora profunda de espiritualidad.
Estamos al filo de lo sacro, metafísico y celestial
ya que pretendemos, a través de este arte, acceder
a la divinidad rectora que nos guía desde cualquier
lugar religioso y trascendente en el que nos situemos. Y el
teatro más el rito permiten que así sea.

El
trabajo con técnicas dramaterapéuticas para
el desgaste profesional (burnout) en profesionales de la salud,
es una experiencia que nuestro grupo ha desarrollado en el
Hospital Padre Hurtado en el área Sur de Santiago de
Chile preferentemente con fines de investigación e
implementación de procedimientos preventivos y de rehabilitación
para médicos, enfermeras, asistentes sociales y personal
de rehabilitación, de la UCI pediátrica y enfermos
crónicos de dicho establecimiento (Torres P., Avalos
ME., Gonzalez M., 2004).
El Antiguo Hospital San José a través de su
Centro de Salud, Arte y Cultura, ha dotado un espacio a nuestra
escuela, para implementar estos programas de prevención,
tratamiento y rehabilitación para el desgaste profesional
en forma permanente para personal de la salud, educación,
artes, empresas e instituciones diversas.
Nos parece que las técnicas de acción son más
eficaces para la re-conexión emocional que estos profesionales
necesitan, ya que el trabajo con situaciones límites
entre la vida y la muerte, situaciones de violencia extrema
o la asistencia a traumatizaciones severas, producen una especie
de alexitimia secundaria, por efecto vicario en quienes son
testigos de narraciones catastróficas. El término
alexitimia fue mencionado por primera vez por Peter Sifneos
para referirse a la particular forma expresiva de sus afectos
dolorosos que presentaban los pacientes psicosomáticos
frente a eventos vitales y que se caracterizaba por una escasa
expresividad verbal. Esta característica también
ha sido descrita en personas que son víctimas de traumatizaciones
extremas y al síndrome de burnout de los terapeutas
lo consideramos parte del síndrome de stress traumático
secundario, por testificación, en el cual el aplanamiento
afectivo corresponde a la alexitimia secundaria antes mencionada
(Fidley C., 1995, Paez D., 2000)
El mobbing, como lo señalamos previamente, en su presentación
depresiva, es prácticamente indistinguible del síndrome
de burnout, de manera que en la utilización de las
técnicas dramaterapéuticas con nuestros alumnos
es muy frecuente vernos enfrentados a tratar y resolver, en
la escena, estos cuadros clínicos.
El siguiente caso ilustra una propuesta de trabajo de intervención
psicoterapéutica que va en un continuo desde el maltrato
psicológico como evento agudo, que corresponde a la
situación a continuación expuesta, hasta el
mobbing propiamente tal, que debería entenderse como
una compleja consecuencia de un proceso crónico en
el que finalmente participan las personas involucradas con
sus distintos rangos jerárquico, la institución
y la sociedad depositadas en las culturas locales, las políticas
imperantes y por último los contextos macrosociales
en los que se insertan anomalías de este tipo:

La
Escena
La
crónica es realizada por una cronista designada en
cada sesión.
Se parctica un caldeamiento respecto a las escenas institucionales.
Lo primero que viene a la mente de la protagonista, una joven
mujer estudiante de servicio social, es la imagen de una docente
muy importante para ella.
El relato que sigue es: En mi práctica clínica
tuve una paciente que se calificaría como difícil,
lo que implicaba mucho desgaste personal. Fue un tratamiento
de al menos un año. Tenía supervisiones mensuales
con la profesora. Era muy común que ella no tuviera
tiempo. Por lo tanto cada vez que la necesitaba se mostraba
fría y distante. Mantenía la vista sobre la
pantalla del computador, no contestaba y en más de
alguna oportunidad decía irónicamente al referirse
a una mejor forma de comunicarse con ella:
-¿Es que acaso no tienes internet?-
Se procede a una elección sociométrica de los
textos institucionales a trabajar por el grupo. Aquel parlamento
institucional sirve como caldeamiento para la protagonista,
una vez elegida, toda vez que el grupo lo repite en coro:
-¿Es que acaso no tienes internet...no tienes internet...internet....internet?-
Se utiliza a continuación técnicas de psicodrama
con cambios de roles, doblajes, dobles y soliloquios como
una forma de profundizar en el (o los) personajes. Desde la
distancia que le permite la técnica del espejo, la
protagonista observa la escena muy conmocionada. Comienza
a llorar. Siente miedo, miedo a ser dañada y posteriormente
indignación. En un siguiente soliloquio la protagonista
dice, desde su doble, a la yo-auxiliar que representa a la
supervisora:
-Porqué me haces esto, yo hago todo lo que tú
me dices que hay que hacer, no me hagas esto, esto me duele...-
Mira al director y luego al grupo que permanece en silencio
como público, y dice en una especie de aparte:
-Siento que esto golpea mis orígenes-
Previo
a la escenificación dramaterapeutica, se pide que los
participantes busquen aleatoriamente, un texto tomado al azar,
de un conjunto de libros de poesía, drama, cuentos,
que están en una maleta. La protagonista había
tomado el siguiente texto de la literatura universal:
-Título:
Mujer
Yo estaba ahí de paso
Era una especie de anti-mujer
Podía ser hijo
Y efectivamente lo era
Pero también podía ser padre, hermano, tío,
abuelo...
Ubicada
enfrente de la yo-auxiliar que representa a la supervisora
la protagonista comienza a decirle sus textos dramáticos
(tomados de la literatura universal) en oposición a
los textos traumáticos o de abuso. Ya sin llorar se
escucha:
-Yo
estaba ahí de paso, era una especie de antimujer, podría
ser hijo y efectivamente lo era, pero podía ser padre,
hermano, tío, abuelo...
Entonces
todos los miembros del grupo, uno por uno, comienzan a entrar
a escena con sus textos dramáticos y doblan a ambos
personajes protagónico y antagónico:
De
los textos que se dicen desde la protagonista:
-Miro tus ojos y descubro...-
De los textos que se dicen desde la antagonista:
-¿Cuáles eran las ropas que usabas al momento
de tu nacimiento?-
Progresivamente
cada miembro del grupo van diciendo sus textos universales
los que generan diversos sentidos en la protagonista que hacen
que aparezcan nuevas dimensiones de la comunicación
bloqueada en la escena original.

La
actividad de rito de sanación a través de la
dramaterapia, se realiza en el interior de la capilla del
Antiguo Hospital San José. El altar permanece cubierto,
por respeto al culto religioso, por sendos cortinajes que
caen a ploma del techo al piso. Es una disposición
exclusiva de las autoridades de este hospital, trasformado
en Centro de Salud, Arte y Cultura al servicio de la sanación.
Es entregar para estos fines, todos los espacios del establecimiento,
incluída su capilla, en señal de que la salud
será un fin supremo. El espacio de las banquetas de
la capilla representa el lugar para el público o audiencia.
El ábside, previo al altar, es el lugar para la dramatización,
y el altar mismo, nuestra conexión con lo trascendente
y con Dios, que significa perdón y reparación.
El grupo en conjunto decide mantener las cortinas que separan
el altar del ábside, cerradas. Sin embargo, la protagonista
en un acto que le pertenece, decide abrir una cortina y mantener
cubierto el otro.
El testimonio directo de la protagonista es elocuente a la
hora de evaluar la potencia del rito de sanación final:
-El director me pregunta si quiero hacer algo con la
persona de la profesora representada por un yo-auxiliar. Le
digo apresuradamente que deseo abrazarla. El director me pregunta
si estoy segura de eso y le contesto que no, que prefiero
acercar mi mejilla a la de ella y que cada uno de los participantes
del grupo se tomara los brazos construyendo dos redes...(en
mi mente tenía la imagen de una mariposa).
Al momento de cerrar la actividad el director me dice que
pasará con las cortinas, yo subo al altar, tomo la
cortina y comienzo a cerrarla, miro una luz en el techo, entra
la luz y pienso dejarla entrar por el centro, que se vea solo
por donde se filtra como un destello desde las alturas. Miro
al grupo y alzo los brazos...-
Conclusión
El
continuo desde el maltrato psicológico hasta el mobbing
propiamente tal, debería ser mayormente estudiado en
nuestro medio, tanto desde el punto de vista epidemiológico,
clínico, terapéutico y de rehabilitación.
Son alarmantes las dramáticas consecuencias que provoca
en las víctimas, en sus familias , en la comunidad
entera y la decadencia institucional que suele verse en aquellas
entidades que avalan este tipo de prácticas. Amparados
en la búsqueda frenética de la eficiencia, la
lealtad funcionaria, e incluso el asignar cargos por tendencias
políticos y no meramente por el profesionalismo, estos
hábitos cunden peligrosamente. En oposición,
se debería dotar al futuro directivo, no sólo
de una preparación técnica comprobada, sino
de una autentico liderazgo, en quienes la empresa y los subordinados
confíen, con una postura ética centrada en el
respeto y el valor de la persona humana, con fuerte formación
humanista. Sin embargo parece más bien una utopía
lejana, cada vez que a nuestro consultorio de psicoterapia
acuden nuevas víctimas de los tratos vejatorios en
las que incurre un jefe de alguna repartición cualquiera,
con su secretaria de confianza, por ejemplo, al no estar de
acuerdo ésta, en el uso de dineros o en contratos fraudulentos.
En síntesis en no ser cómplice de la corrupción
o de los favores mal entendidos que día a dia presenciamos,
una vez denunciados por los medios de comunicación
masiva.
El mobbing es el matonaje de nuestro tiempo camuflado
en el autoritarismo de oscuros personajes que se valen de
las fallas sistémicas de las organizaciones para sobrevivir.
Paradójico resulta que la mayoría de ellos
pueden ser detectados oportunamente, si las empresas se preocuparan
mayormente de aplicar una acuciosa selección de personal
a través de test proyectivos de personalidad, entrevistas
personalizadas y diagnóstico grupal sociodramático
y un seguimiento de clima y desarrollo organizacional, con
la utilización de técnicas de acción,
para prevenir la aparición de esta enfermedad institucional.
Sólo cuando en una intervención dramaterapéutica
aparece la virulencia de este flagelo, especialmente en las
vivencias terroríficas de las víctimas respecto
de la falta de respeto por los derechos humanos, de la tortura
psicológica, y de la dolorosa falta de cariño,
consideración y amor que todos desearíamos como
parte de la nutrición laboral, es que reaccionamos
consternados y un clamor de alerta y denuncia surge de todos
quienes participan en estos grupos de trabajo que, como un
coro griego, coloca la verdad de la tragedia humana en el
centro de la escena, como protagonista, para que seamos consecuentes
y nos trasformemos en jueces y parte en contra de los torturadores.
La dramaterapia es un excelente camino para la denuncia de
la palabra silenciada. Es una esperanza frente a la mordaza,
a la censura, al permanecer maniatado, paralizado.
Nos parece que las técnicas de acción en conjunto,
cuando adquieren la dimensión pública se transforman
en instrumentos de cambio social. Ha sido el caso del psicodrama
público en las plazas, del teatro espontáneo
en lugares no convencionales y de la dramaterapia en las salas
de teatro. El fenómeno sanador que lleva implícito
el acto de compartir públicamente vivencias traumatizantes,
humillantes y degradantes de la dignidad humana es un tema
que merece ser estudiado por los psicoterapeutas profesionales
y debería ingresar con toda propiedad en el terreno
de la medicina y de la psicología contemporánea.
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20.-Torres P. (2001) Dramaterapia: Dramaturgia, teatro, terapia.
Cuarto Propio, Santiago de Chile
21.-Torres P., Gonzalez M., Avalos ME (2004) Síndrome
de burnout: Una propuesta de intervención desde las
técnicas de acción. Conferencia aceptada para
presentar en el Congreso Internacional de Psicotrauma, Buenos
Aires, Junio 2004
Dr
Pedro H Torres Godoy
Casilla 97 Correo 35 Providencia Santiago de Chile
e-mail nirodha@entelchile.net
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