MOBBING, VIOLENCIA PERVERSA INSTITUCIONAL Y DRAMATERAPIA

 

“Mobbing” , Violencia Perversa Institucional y Dramaterapia
Dr Pedro H Torres – Godoy, médico psiquiatra, psicodramatista y director de teatro espontáneo

Viví el “mobbing”. No sé si como victima o como agresor. Ocurrió en el hospital psiquiátrico en el cual me formé como especialista en psiquiatría. Omitiré nombres y modificaré circunstancias y contextos. No hacerlo, podría lesionar la privacidad de terceros y develar el secreto profesional del trabajo psiquiátrico, al cual me he entregado en mis 20 años de especialista. Los protagonistas de esta historia son personas que aún existen y que algún día compartieron los angostos y largos pasillos del hospital psiquiátrico. Los sectores para pacientes agudos y los patios de crónicos.


Los médicos becados de psiquiatría ingresábamos a los sectores de agudos temprano por la mañana. Por la tarde terminamos nuestra extenuante jornada con las visitas a la posta antialcohólica, pabellones de crónicos y patios judiciales. Nos acompaña un gendarme armado en esta última ronda, por la peligrosidad de los internos, la mayoría psicóticos con delitos graves a sus espaldas, recluidos de por vida, abandonados por sus familias y por la sociedad.
Por la noche ingresábamos a turnos de 24 hrs. Quedábamos a cargo del manicomio con todo lo que significaba emocionalmente esa tarea. Gritos desgarradores provenientes de quien sabe dónde; estruendos de vidrios quebrados, golpes sordos, puertas que se abren y cierran estrepitosamente, risas explosivas, llantos. Una llamada de urgencia a las 3 AM presagiaba una noche de pesadilla. El paciente agitado arrinconado en un sector de la sala; los auxiliares con sendas sábanas ciñéndolas como tensas cuerdas asidas entre dos, en búsqueda del cuello del enfermo y ya!...ya está boca abajo tendido en el piso con dos o tres encima de él. Su rostro ensombrece. La lengua afuera casi a punto de estallar y un grito ahogado se escapa apenas audible desde su mandíbula entreabierta. Es preciso que nadie escuche porque puede perturbar el silencio de la noche en Recoleta. Un momento más de cianosis y antes de la inconciencia, casi al despuntar las primeras convulsiones, está planchado, al borde de la muerte. Nosotros allí, parados en medio de la sala, como extraños observando esta carnicería, avalando desde nuestro delantal blanco lo inavalable. La brutalidad en la contención de los pacientes que más allá de las chaquetas de fuerza y de los neurolépticos inyectables, bordea el filo mismo de la vida y de la muerte, cuando el oxígeno ya no hace falta para estar relajado, cuando la paz y tranquilidad se busca desesperadamente por parte de los “cuidadores” en la no-vida, en la hipoxia, aquella que buscan los suicidas para eyacular justo antes de descolgarse o gozar ese placer mortal por toda la eternidad.


El enfermero del sector K de agudos, extraña mezcla androgina, maneja la unidad de terapia electroconvulsiva con rigidez militar. Parece una dulce y apacible mujer, envuelta en su delantal blanco, impecable, que cada día de invierno cuelga delicadamente cuando se retira, a eso de las cinco en punto, entrando el atardecer. Es el típico funcionario que ha dado su vida por el hospital. Ha creado su pequeño reino en medio de la decadencia. Su vida priivada al interior de la institución transcurre apacible. Siempre sonríe y saluda a todo el mundo. Es respetado por sus pares. Amado por los pacientes. Temido por los becados.
Como un héroe (o heroína) de películas medievales deja en claro que su toca invisible enzarzada en su negra cabellera es señal inequívoca del poder, del magnífico poder delegado por la herencia estatista de un país en decadencia, el Chile militarizado de los años ochenta, aún cargado de persecuciones, desapariciones, asesinatos políticos, y estos funcionarios representaban todavía en las instituciones, la sombra del soplonaje, la delación y la censura.
Se especializa en doctores jóvenes a quienes captura para demostrarles su vehemencia. Lo muy ineptos que son. Lo muy mal que se sentirán cada vez que aplican el electroshock sin anestesia general ni relajantes musculares. El mejor signo para saber si está bien o mal aplicado, es la altura a la que llegan ambas piernas del paciente en la fase tónica de la convulsión. Allí manda él. Representa y corporiza la jerarquía inminente delegada por la dirección anónima. Estamos a su merced. Sus comentarios sarcásticos acerca de nuestras pocas o nulas habilidades nos hunden como médicos recién ingresados al servicio de psiquiatría. Es una osadía atreverse a contradecirlo. Una tortura que puede durar toda una beca (que es como toda una vida). Te ganaste el odio y su reprobación. Si tienes un poco más de suerte, si eres anodino y poco amenazante, un pequeño ser sumiso y condescendiente, una especie de sombra arrinconada en los pasillos dejando a tu paso sólo tu estela de mediocridad, como una bufanda al viento detrás de ti, dislocada del abrigo o simplemente de tu cuello, pues entonces te has ganado su beneplácito y su piedad.
Surge la fantasía de, accidentalmente, desviar los polos de aplicación del electroshock hacia sus sienes. Lo vemos en nuestra imaginación retorciéndose en el suelo, una vez desencadenada la crisis, hasta que diera los últimos estertores guturales de paciente electroshockado, desdentado, salivando profusamente, con sus ojos enrojecidos por la vasodilatación. Con su pelo desgreñado, sus uñas encarnadas en ambas manos y finalmente... finalmente su mirada bovina, esa mirada confusa que acostumbrábamos a observar (sin ver), en los ojos de nuestros pacientes, cada vez que concluye la descarga brutal y que nunca olvidas.

Una tarde recién llegado al sector K (le llamaban “las galeras”) un grupo de pacientes me abordan y me llevan a empujones a las sala del fondo. Están liderados por Murray, un esquizofrénico pseudopsicopático, que algunos años después incendió un hospital psiquiátrico en el Sur.
Una treintena de pacientes reunidos en la clandestinidad de la sala me intimidan y amenazan a vista y paciencia de aquel, quien mira distraídamente, a través de los cristales de la estación de enfermería y de sus propias gafas, con una sonrisa sardónica pegada en las mejillas. Los pacientes me dicen que ellos están organizados, que se comunican por silbatos, que salen de los sectores de agudos y deambulan por todo el hospital, que las murallas, cuales laberintos, son verdaderos pasillos de libre tránsito, y por ellos llegan finalmente a la calle en donde piden dinero a los transeúntes. Que ellos son los que mandan finalmente en el Hospital. Que nosotros, los becados sólo estamos a su servicio. Que les debemos respeto y sumisión.
Tengo miedo y asiento cabizbajo. El avala y es cómplice. Representa la voz sorda del hospital. Médicos y pacientes somos hijos bastardos de una institución des-maternizada

Posterior a la denuncia de estas atrocidades soy relegado a un hospital general en los suburbios de Santiago. Me convierto en el chivo expiatorio de una lucha sin sentido. Represento en el sistema la denuncia, la externalización Quienes me rodean inicialmente, mis propios pares, participan e incentivan el conflicto estando de mi lado, seguramente proyectando en mí todos sus deseos de redención. Pero a poco andar quedo sólo, se alejan y difuminan en la bruma de los acontecimientos. Abandonado, finalmente, en una lucha sin cuartel frente a la granítica institucionalidad, es mi firma la que queda estampada en el documento que devela los hechos y que se convierte lentamente en mi propia sentencia de muerte institucional.
Había ingresado al hospital en 1983. Cinco años más tarde, en 1988, me veo en el doloroso trance de renunciar o aceptar mi destierro. Sólo, en un ex – vanitorio convertido en oficina de psiquiatría de enlace, me veo en la antesala de la despedida.
Fue en ese preciso momento en que el Dr. Saumann golpea mi puerta. Viene a solicitar mi ayuda para tratar una paciente que se niega al examen obstétrico. Tiene al menos sobre 35 semanas y está pronta a dar a luz. Al parecer hay sufrimiento fetal por los latidos acelerados del neonato.
Ingreso a la sala de examen y me encuentro con la paciente en posición ginecológica sobre la camilla y al menos una docena de alumnos de medicina observando con ojos extraviados. Algunos conversan cualquier cosa. Es un clima frívolo y trivial. Sin ritualidad
Ella es un cuerpo más al que hay que examinar y, decorporizado de su receptáculo natural, el útero, el líquido amniótico debe ser visto por todos para determinar el paso siguiente. Saumann me mira perplejo. Es un hombre místico de mirada profunda y transparente. Comprende la chabacanería que está ocurriendo allí.
Con una voz imperativa y cortante, sin mediar comunicación verbal alguna conmigo, los insta a abandonar la sala. ¡Todos afuera!
Comenzamos a conversar con la paciente de una forma diferente al mismo tiempo que la bajábamos de la camilla para recostarla en el piso sobre una colchoneta. Éramos tres seres humanos, en búsqueda de un encuentro, dos hombres vestidos de blanco y una mujer sufriente. Hablamos de lo difícil que era para ella ser examinada por un grupo de personas, sobretodo cuando dicho procedimiento parecía dislocarse de la solemnidad que merecía el exponer su intimidad y la desnudez de su cuerpo. De lo que nos pasa a los médicos cuando nos enfrentamos al dolor y a situaciones que no podemos resolver con la tecnología, sino a través de nuestro propio ser como personas. De cómo nos defendemos detrás del delantal blanco, de la petición de examen, de nuestras emociones de afecto, de duda, o lisa y llanamente, de la rabia e impotencia, hacia lo desconocido o lo que no podemos controlar.
Estábamos en eso cuando la paciente cae en un profundo trance sonambúlico. Fue nuestra voz pausada y sin presiones lo que hizo que esa conversación con esa paciente fuera mágica, atravesara todas las barreras del tiempo, estuviera en un sitio sin tiempo ni espacio y allí, bajo ese descubrimiento incidental del fenómeno del trance, Saumann pudo re-examinar a la paciente con naturalidad, sin resistencias, sin angustia, el tiempo suficiente como para saber que ya estábamos en el punto crítico y que la paciente iría directamente a pabellón para una cesárea de urgencia, que confirmaría la vida que latía en su vientre y que estaba al límite y fue nuestra opción y actitud estar de ese modo allí, en el momento justo, para recibirla.
En ese instante supe que ya estaba, psicológicamente, fuera del hospital. Mi propio parto distócico institucional.

“Mobbing” de “mob” (muchedumbre, manada, plebe, horda, turba, atropello), fue descrito por el etólogo Konrad Lorenz como “acoso grupal”, En su significado original, más simple, se llama “mobbing” al “ataque de una coalición de miembros débiles de una misma especie contra un individuo más fuerte. Según el español González de Rivera actualmente “se aplica a situaciones grupales en las que un sujeto es sometido a persecución, agravio o presión psicológica, por uno o varios miembros del grupo al que pertenece, con la complicidad o aquiescencia del resto.” Concluye que “en realidad, aunque el fenómeno es escasamente estudiado, es conocido desde antiguo como el síndrome del chivo expiatorio y síndrome de rechazo de cuerpo extraño”.(Gozález de Rivera J.L., 2000).
En Gran Bretaña se conoce con el nombre de “bullying” (matonaje, intimidación, abuso).
Marie-France Irigoyen lo llama “acoso moral” como una forma de maltrato psicológico y en el contexto del trabajo lo describe como “cualquier manifestancion de una conducta abusiva , y, especialmente los comportamientos, palabras, actos, gestos y escritos que puedan atentar contra la personalidad, la dignidad o la integridad física o psíquica de un individuo, o que puedan poner en peligro su empleo, o degradar el clima de trabajo” Hirigoyen MF., 1999)
Esta autora francesa incluye en este síndrome no sólo las situaciones de maltrato psicológico vinculados a las instituciones y empresas, sino también lo que ocurre en la pareja y familia, señalando situaciones de abuso y maltrato hacia la mujer por parte del hombre, en el contexto de la relación matrimonial o de pareja, con aportes notables respecto de esta íntima y privada forma de violencia. Sin embargo, curiosamente, no señala ningún ejemplo de la violencia física y psicológica que cada día sufren los hombres en la relación de pareja, por parte de las mujeres, lo que sin duda constituye un sesgo ya que lo anterior, va en aumento exponencial y en nuestro país, las denuncias en ese sentido por parte de las víctimas, se hacen más evidentes y recién en la última década comienza a ser un tema conocido en diversos medios de comunicación masiva. Por ejemplo, en Santiago de Chile la cifra de denuncias por violencia doméstica de mujeres hacia los hombres se ha triplicado en los últimos 10 años, siendo las mujeres profesionales las más agresoras, probablemente por considerarse en igualdad cultural respecto del poder que tradicionalmente ha tenido el hombre y, auque no son cifras comparables respecto de la violencia del hombre hacia la mujer, cabe preguntarnos de si estamos frente a la delación, por parte del hombre, de la llamada “violencia cruzada”, ya que para algunos investigadores la violencia intrafamiliar no distingue edad, sexo ni clase socioeconómica (Bravo F., 2004)

Contexto

En el contexto empresarial e institucional, se estima que en España una 660.000 personas se ven afectadas de “mobbing” y alrededor de 12 millones de personas en el mundo sufren algún tipo de acoso moral, por lo cual se piensa estar en presencia de un problema de salud laboral ( Gallardo R., Asenjo S., 2003). Otro reciente estudio realizado por la Universidad de Alcalá de Henares de Madrid, sobre violencia en el entorno del trabajo dirigido por el profesor Iñaki Piñuel y Zabala, arroja cifras de un 16 % de la población activa española – aproximadamente 2,38 millones de trabajadores- quienes manifestaron ser objeto de violencia psicológica o Mobbing. Este mismo estudio señala que entre un 45 % y un 60 % de los trabajadores españoles confirman haber presenciado en su lugar de trabajo situaciones de mobbing y sin ambargo, solamente en uno de cada seis casos se apoya a la víctima frente al acosador. Además el 77 % de los afectados señala un apoyo bastante escaso en sus empresas a la hora de ampararles ante dicho hostigamiento (Piñuel y Zabala I., 2003)
Una decena de entidades destinadas al estudio, denuncia y protección de los trabajadores se han constituido en España y diversas capitales europeas las cuales participan activamente en el asesoramiento médico, psicológico y jurídico para los trabajadores afectados por este síndrome, lo cual implica una actitud permanente de alerta frente al abuso perverso institucional para neutralizar y sancionar legalmente a los victimarios, generalmente oscuros personajes ligados a los mandos directivos y medios de empresas e instituciones de la más diversa índole tanto públicas como privadas.


En Latinoamérica no hay estadísticas de la prevalencia de personas afectadas y dada la lamentable tradición de regímenes autoritarios sólo recientemente removidos por los gobiernos democráticos, aún queda la herencia cultural de este tipo de comportamientos que probablemente datan de aquellos períodos, aún descontando el significado histórico que dejó la conquista española y portuguesa en nuestras costas en los tiempos de la Colonia.
Aunque el “mobbing” vertical es más frecuente, es decir, aquel en el que participa un jefe y su subordinado, también se han descrito formas horizontales, o sea situaciones en que la víctima es perseguida y dañada por sus propios compañeros de trabajo, amparados por una figura de mayor rango jerárquico, lo que resulta más deletéreo por el significado de abandono y desamparo en el que queda el afectado, respecto de su grupo de pares.
Las primeras descripciones de este cuadro se atribuyen al sociólogo sueco Heinz Leymann y la mejor traducción sería “psicoterror” (Hirigoyen MF., 1999).
Las manifestaciones clínicas presentadas por el paciente son de tipo depresivas, con síntomas muy similares al síndrome de “burnout” o desgaste laboral, aunque con mayores dudas respecto de la auto-identidad, y con tendencia a la idealización de las mismas estructuras o personas responsables de la persecución. En su forma de estrés-ansiedad más bien está relacionada con un cuadro de ansiedad por hiperactivación simpática y de los sistemas de alerta frente a una amenaza poco definida y permanente que significa una situación de incertidumbre, con las consecuentes manifestaciones gastrointestinales, cardiovasculares, respiratorias y de todos aquellos sistemas orgánicos que se verían afectados por la hiperreactividad adrenérgica.
Se han descrito casos que han terminado en suicidio incluso en el mismo lugar de trabajo, como una muestra patética de dar la lucha hasta las últimas consecuencias.

Acosador
Se ha enfatizado en la personalidad del agresor, generalmente sindicado como el resposable directo de la persecución, individuos con personalidad narcisística maligna ocultos en una aparente honestidad y rectitud a toda prueba. Irigoyen considera que se trata de una forma asexual de perversión, Field como una modalidad de sociopatía agresiva y González Rivera la describe como “mediocridad inoperante activa”, un trastorno de la personalidad caracterizado por “exacerbación de tendencias repetitivas e imitativas, apropiación de los signos externos de la creatividad y el mérito, ansia de notoriedad que puede llegar hasta la impostura y, sobre todo, intensa envidia hacia la excelencia ajena, que procura destruir por todos los medios a su alcance” (Gonzalez de Rivera JL., 2000)


Sin embargo alguien se cruza en su camino o atenta contra sus propósitos de empoderamiento y beneficios en la toma de desiciones dentro de la organización, son capaces de calcular fríamente la destrucción de la víctima y manipular la estructura con sofisticados recursos psicopáticos, generando heteroculpabilidad, con escasa o nula autoreferencia acerca de su responsabilidad, son aquellos que “caminan sobre cadáveres”, con mecanismos de ataque intimidatorio inconcebibles hacia el subordinado, tales como:
• Restringirle la posibilidad de hablar; cambiar la ubicación de la persona separándola de sus compañeros o simplemente destinarlo a una verdadera sala de aislamiento (“la huesera”)
• Prohibición a los compañeros de dirigirle la palabra a la persona afectada; obligar a alguien a ejecutar tareas menores (“shunting”) o que realice tareas en contra de su conciencia (“echarse la culpa de alguna grave falta ética cometida por la jefa”)
• Juzgar el desempeño de una persona de manera ofensiva; cuestionar las decisiones de una persona; no asignar tareas a una persona; asignar tareas sin sentido; asignar tareas degradantes
• No dirigir la palabra a esa persona; tratar a una persona como si no existiera
• Críticas permanentes a la vida privada de la persona; terror telefónico
• Dar a entender que una persona padece de problemas psicológicos o “está trastornada” o simplemente que es conflictiva
• Uno de violencia menor o maltrato físico (como por ejemplo que accidentalmente caigan objetos contundentes en los pies o manos de la persona)
• Ofertas sexuales, violencia sexual, asalto sexual
• Ataques a las actitudes, etnia, creencias políticas y religiosas de la persona
• Gritar o insultar, amenazas verbales, hablar mal de la persona a su espalda, difundir rumores (Schneider K., 1981, López García-Silva JA., 2003)


El tema del “mobbing” capturó mi atención a propósito de un taller de dramaterapia que conduje en el Otoño del 2002 en la sala Agustín Siré, del Departamento de Teatro de la Universidad de Chile en Santiago. En una de las escenas representadas, se dramatizó la penosa situación vivida por una terapeuta ocupacional en su lugar de trabajo con su jefa, en una ONG destinada al trabajo con jóvenes adictos.
La dramaterapia es una disciplina nacida en la década de los 70, en países anglosajones y que incluye entre sus fundamentos el teatro, el psicodrama y los rituales. Es concebida como una terapia artística y sus campos de aplicación van desde la psicología, medicina, educación, artes hasta muchas otras actividades creativas grupales al servicio del desarrollo humano individual, comunitario y social (Torres P., 2001)
A diferencia del psicodrama, que en su forma clásica moreniana, enfoca sobre el desarrollo central de una escena y .el peso de la dramatización recae sobre el protagonista que representa al grupo, la dramaterapia más bien tiene un desarrollo centrífugo, es decir va del centro a la periferia, trabaja simultáneamente con una multiescenicidad, al modo de las estructuras carnavalescas, con varios protagonistas (Jenning S., 1993 Eminath R 1994,. Buchbinder M., 1995 ). Se podría decir en este caso, que el protagonista es el grupo, al modo de un sociodrama, y al incluir las estructuras dramáticas y teatrales en su performance, lleva implícita una puesta en escena que busca una estética propia de lo artístico más allá de lo puramente terapéutico. En ese sentido tiene más que ver con el teatro espontáneo y en especial con el teatro playback, cuya dimensión terapéutica pasa a formar parte de la amplia expresión de creatividad colectiva lograda en este tipo de actividades (Moreno JL., 1995, Fox J., 1994., Aguiar M., 1999, Fiedler R., 2004, Sintes R., 2002, Garavelli ME, 2003)
Tal vez vale mencionar que en dramaterapia, a diferencia del psicodrama , la parte final de la intervención se realiza a través de un ritual de sanación, el que ocurre en medio de la comunión del grupo de trabajo. Es rito de cierre, por lo tanto es acción que repara el drama expuesto. En ese sentido tiene mucho que ver, como lo señalábamos antes, con el cierre del teatro playback, que no deriva directamente del psicodrama, sino que se nutre de muchas otras fuentes ancestrales en las cuales el teatro estuvo al servicio de la sanación, en la antigüedad. De lo que se sabe que hizo Jacob L: Moreno en teatro de la espontaneidad, fue sólo la técnica del periódico viviente y no desarrolló mayormente en teatro espontáneo puesto que de abocó en los años siguientes al psicodrama como herramienta terapéutica.
Para los psicodramatistas les resulta confuso e incompleto cuando una escenificación no concluye con una etapa de verbalización grupal acerca de la experiencia vivida, momento que se conoce con el nombre de “sharing” (compartir) y que es indicada, por el propio Moreno, como el instante en que se inicia la terapia de grupo (Moreno JL., 1979)


Para los dramaterapeutas, que provienen desde el teatro el psicodrama viene a ser una herramienta más dentro de un contexto mayor de trabajo por medio de la expresión artístico-terapéutica. Aquí entendemos el término terapia como asistencia y actos de servicio para personas y grupos, es decir tiene un sentido de facilitación de procesos y el dramaterapeuta es una especie de facilitador o conductor. En términos muy generales dramaterapia tiene una secuencia que parte con el trabajo teatral, profundiza con el psicodrama y concluye con los rituales.
En tres palabras dramaterapia viene a ser: Teatro-psicodrama y ritos.
Sin embargo por la formación general de los dramaterapeutas el teatro ocupa un lugar destacado, ya que se pretende que su actividad se aplique en todas sus formas, desde el trabajo de expresión corporal, movimiento, pantomima, máscaras, voz, actuación, creación de personajes, estructuras dramáticas, dramaturgia y puesta en escena.
Dado que la dramaterapia ha seguido un camino paralelo, aunque independiente del psicodrama, tal vez en un intento equivocado a nuestro juicio de diferenciación por parte de los artistas teatrales, nos parece mucho más cercana al teatro playback, disciplina que sí está más ligada al psicodrama. Es posible que desde el punto de vista etimológico todo deba llamarse dramaterapia, es decir drama = acción; terapia = asistencia, o sea, terapias de acción.
Algunos puntos comunes entre la dramaterapia y el teatro playback son el cierre ritual y la participación del público. En el caso del teatro playback el público está evidentemente ubicado en un lugar del espacio que deben franquear hasta el escenario. Siendo un público observante, más que observador, es decir involucrado en la ritualidad de los cierres escénicos propuestos, tiene la posibilidad de acceder a trasformarse en actor espontáneo y hacer que la catarsis circule entre toda la audiencia. Algunas compañías de teatro playback, en un intento de “neutralizar” la presencia de actor en el escenario visten de negro a los miembros de la compañía lo que, paradójicamente, nos parece que amplifica las diferencias, acercándose riesgosamente al teatro convencional, que desde nuestro punto de vista muchas veces se disloca del público, pierde la conexión y queda más al servicio de los protagonismos personales de los actores y directores.
Creemos más bien en ese concepto de Augusto Boal del “actor-cuidadano”, aquella persona que sube al escenario desde el público y llega a tener un rol protagónico central, y luego, una vez terminada la función esa persona vuelve a ser el cuidadano común y corriente de todos los días. Y los actores espontáneos son capaces de fundirse y confundirse con la audiencia, lo que parte desde sus vestuarios, uso del espacio y actitudes (Boal A.1980, Fiedler R., 2004). Creemos que trazar una línea entre público y actores, que es un vicio que surge con el teatro en el renacimiento, más al servicio de la burguesía y del poder, atenta contra el verdadero y real servicio a la comunidad que debería tener cualquier función de teatro playback. Deberíamos rescatar el estudio del teatro medieval y el cómo estaba toda la comunidad en las plazas participando del espectáculo y los actores eran verdaderos mediadores entre el público terrenal y lo sobrenatural mágico religioso.

En el caso de la dramaterapia el público viene a ser el mismo grupo de participantes. No hay un público externo que asiste a la función. Cada persona en el ritual de cierre se define o como parte de la puesta en escena o como publico. Hemos tenido la curiosidad de que sólo una o dos personas se ubiquen en el espacio destinado al público, la platea. Pero tod el grupo migra de un lugar a otro. No hay un espacio definido para la representación. Cada sector de la sala tiene la potencialidad de ser un lugar para representar. Con dramaterapia, a diferencia del teatro playback, hemos representado incluso en la oscuridad. Sólo se escuchan los textos, diálogos, voces de los protagonistas, desde la cámara negra que es el teatro en todo lugar no-escénico. Es la exploración de la anti-escena desde el punto de vista escenográfico. Lo que ocurre más allá de los límites naturales que la luz otorga al actor y al publico. La luz, también al servicio del poder, de delimitar espacio, de marcar con rigor el lugar de los actores, infranqueable, y del público por el que puede transitar cualquier persona.
En dramaterapia podemos incluso permitirnos utilizar la luz al servicio de los participantes. Las escenas suelen partirse en dos; un lugar de luz, otro de oscuridad, como suele ser la vida misma, lados claros y lados oscuros de las relaciones humanas, de cada persona, de nosotros mismos. Impresiona ver que un texto tiene eco sólo en la oscuridad, como si la voz surgiera sin cuerpo, desde un fondo insondable, misterioso y secreto hacia lo manifiesto de la corporalidad humana que permanece en el sector iluminado de la escena.
Es como ver un monólogo en frente de su alterego, sobrecogido en el anonimato.
La ritualidad vista en el trabajo final en dramaterapia, deja en claro que sus orígenes van mucho más allá del psicodrama y del teatro espontáneo. Pertenecen a la ritualidad misma de los pueblos ancestrales, con toda su carga mística y dadora profunda de espiritualidad. Estamos al filo de lo sacro, metafísico y celestial ya que pretendemos, a través de este arte, acceder a la divinidad rectora que nos guía desde cualquier lugar religioso y trascendente en el que nos situemos. Y el teatro más el rito permiten que así sea.

El trabajo con técnicas dramaterapéuticas para el desgaste profesional (burnout) en profesionales de la salud, es una experiencia que nuestro grupo ha desarrollado en el Hospital Padre Hurtado en el área Sur de Santiago de Chile preferentemente con fines de investigación e implementación de procedimientos preventivos y de rehabilitación para médicos, enfermeras, asistentes sociales y personal de rehabilitación, de la UCI pediátrica y enfermos crónicos de dicho establecimiento (Torres P., Avalos ME., Gonzalez M., 2004).
El Antiguo Hospital San José a través de su Centro de Salud, Arte y Cultura, ha dotado un espacio a nuestra escuela, para implementar estos programas de prevención, tratamiento y rehabilitación para el desgaste profesional en forma permanente para personal de la salud, educación, artes, empresas e instituciones diversas.
Nos parece que las técnicas de acción son más eficaces para la re-conexión emocional que estos profesionales necesitan, ya que el trabajo con situaciones límites entre la vida y la muerte, situaciones de violencia extrema o la asistencia a traumatizaciones severas, producen una especie de alexitimia secundaria, por efecto vicario en quienes son testigos de narraciones catastróficas. El término alexitimia fue mencionado por primera vez por Peter Sifneos para referirse a la particular forma expresiva de sus afectos dolorosos que presentaban los pacientes psicosomáticos frente a eventos vitales y que se caracterizaba por una escasa expresividad verbal. Esta característica también ha sido descrita en personas que son víctimas de traumatizaciones extremas y al síndrome de burnout de los terapeutas lo consideramos parte del síndrome de stress traumático secundario, por testificación, en el cual el aplanamiento afectivo corresponde a la alexitimia secundaria antes mencionada (Fidley C., 1995, Paez D., 2000)
El mobbing, como lo señalamos previamente, en su presentación depresiva, es prácticamente indistinguible del síndrome de burnout, de manera que en la utilización de las técnicas dramaterapéuticas con nuestros alumnos es muy frecuente vernos enfrentados a tratar y resolver, en la escena, estos cuadros clínicos.
El siguiente caso ilustra una propuesta de trabajo de intervención psicoterapéutica que va en un continuo desde el maltrato psicológico como evento agudo, que corresponde a la situación a continuación expuesta, hasta el mobbing propiamente tal, que debería entenderse como una compleja consecuencia de un proceso crónico en el que finalmente participan las personas involucradas con sus distintos rangos jerárquico, la institución y la sociedad depositadas en las culturas locales, las políticas imperantes y por último los contextos macrosociales en los que se insertan anomalías de este tipo:

La Escena

La crónica es realizada por una cronista designada en cada sesión.
Se parctica un caldeamiento respecto a las escenas institucionales. Lo primero que viene a la mente de la protagonista, una joven mujer estudiante de servicio social, es la imagen de una docente muy importante para ella.
El relato que sigue es: “En mi práctica clínica tuve una paciente que se calificaría como difícil, lo que implicaba mucho desgaste personal. Fue un tratamiento de al menos un año. Tenía supervisiones mensuales con la profesora. Era muy común que ella no tuviera tiempo. Por lo tanto cada vez que la necesitaba se mostraba fría y distante. Mantenía la vista sobre la pantalla del computador, no contestaba y en más de alguna oportunidad decía irónicamente al referirse a una mejor forma de comunicarse con ella:
-¿Es que acaso no tienes internet?-
Se procede a una elección sociométrica de los textos institucionales a trabajar por el grupo. Aquel parlamento institucional sirve como caldeamiento para la protagonista, una vez elegida, toda vez que el grupo lo repite en coro:
-¿Es que acaso no tienes internet...no tienes internet...internet....internet?-
Se utiliza a continuación técnicas de psicodrama con cambios de roles, doblajes, dobles y soliloquios como una forma de profundizar en el (o los) personajes. Desde la distancia que le permite la técnica del espejo, la protagonista observa la escena muy conmocionada. Comienza a llorar. Siente miedo, miedo a ser dañada y posteriormente indignación. En un siguiente soliloquio la protagonista dice, desde su doble, a la yo-auxiliar que representa a la supervisora:
-“Porqué me haces esto, yo hago todo lo que tú me dices que hay que hacer, no me hagas esto, esto me duele...”-
Mira al director y luego al grupo que permanece en silencio como público, y dice en una especie de “aparte”:
-“Siento que esto golpea mis orígenes”-

Previo a la escenificación dramaterapeutica, se pide que los participantes busquen aleatoriamente, un texto tomado al azar, de un conjunto de libros de poesía, drama, cuentos, que están en una maleta. La protagonista había tomado el siguiente texto de la literatura universal:

-Título: Mujer
“Yo estaba ahí de paso
Era una especie de anti-mujer
Podía ser hijo
Y efectivamente lo era
Pero también podía ser padre, hermano, tío, abuelo...”

Ubicada enfrente de la yo-auxiliar que representa a la supervisora la protagonista comienza a decirle sus textos dramáticos (tomados de la literatura universal) en oposición a los textos traumáticos o de abuso. Ya sin llorar se escucha:

-“Yo estaba ahí de paso, era una especie de antimujer, podría ser hijo y efectivamente lo era, pero podía ser padre, hermano, tío, abuelo...”

Entonces todos los miembros del grupo, uno por uno, comienzan a entrar a escena con sus textos dramáticos y doblan a ambos personajes protagónico y antagónico:

De los textos que se dicen desde la protagonista:
-Miro tus ojos y descubro...-
De los textos que se dicen desde la antagonista:
-¿Cuáles eran las ropas que usabas al momento de tu nacimiento?-

Progresivamente cada miembro del grupo van diciendo sus textos universales los que generan diversos sentidos en la protagonista que hacen que aparezcan nuevas dimensiones de la comunicación bloqueada en la escena original.

La actividad de rito de sanación a través de la dramaterapia, se realiza en el interior de la capilla del Antiguo Hospital San José. El altar permanece cubierto, por respeto al culto religioso, por sendos cortinajes que caen a ploma del techo al piso. Es una disposición exclusiva de las autoridades de este hospital, trasformado en Centro de Salud, Arte y Cultura al servicio de la sanación. Es entregar para estos fines, todos los espacios del establecimiento, incluída su capilla, en señal de que la salud será un fin supremo. El espacio de las banquetas de la capilla representa el lugar para el público o audiencia. El ábside, previo al altar, es el lugar para la dramatización, y el altar mismo, nuestra conexión con lo trascendente y con Dios, que significa perdón y reparación. El grupo en conjunto decide mantener las cortinas que separan el altar del ábside, cerradas. Sin embargo, la protagonista en un acto que le pertenece, decide abrir una cortina y mantener cubierto el otro.
El testimonio directo de la protagonista es elocuente a la hora de evaluar la potencia del rito de sanación final:
-“El director me pregunta si quiero hacer algo con la persona de la profesora representada por un yo-auxiliar. Le digo apresuradamente que deseo abrazarla. El director me pregunta si estoy segura de eso y le contesto que no, que prefiero acercar mi mejilla a la de ella y que cada uno de los participantes del grupo se tomara los brazos construyendo dos redes...(en mi mente tenía la imagen de una mariposa).
Al momento de cerrar la actividad el director me dice que pasará con las cortinas, yo subo al altar, tomo la cortina y comienzo a cerrarla, miro una luz en el techo, entra la luz y pienso dejarla entrar por el centro, que se vea solo por donde se filtra como un destello desde las alturas. Miro al grupo y alzo los brazos...”-

Conclusión

El continuo desde el maltrato psicológico hasta el “mobbing” propiamente tal, debería ser mayormente estudiado en nuestro medio, tanto desde el punto de vista epidemiológico, clínico, terapéutico y de rehabilitación. Son alarmantes las dramáticas consecuencias que provoca en las víctimas, en sus familias , en la comunidad entera y la decadencia institucional que suele verse en aquellas entidades que avalan este tipo de prácticas. Amparados en la búsqueda frenética de la eficiencia, la lealtad funcionaria, e incluso el asignar cargos por tendencias políticos y no meramente por el profesionalismo, estos hábitos cunden peligrosamente. En oposición, se debería dotar al futuro directivo, no sólo de una preparación técnica comprobada, sino de una autentico liderazgo, en quienes la empresa y los subordinados confíen, con una postura ética centrada en el respeto y el valor de la persona humana, con fuerte formación humanista. Sin embargo parece más bien una utopía lejana, cada vez que a nuestro consultorio de psicoterapia acuden nuevas víctimas de los tratos vejatorios en las que incurre un jefe de alguna repartición cualquiera, con su secretaria de confianza, por ejemplo, al no estar de acuerdo ésta, en el uso de dineros o en contratos fraudulentos. En síntesis en no ser cómplice de la corrupción o de los favores mal entendidos que día a dia presenciamos, una vez denunciados por los medios de comunicación masiva.
El mobbing es el matonaje de nuestro tiempo camuflado en el autoritarismo de oscuros personajes que se valen de las fallas sistémicas de las organizaciones para sobrevivir. Paradójico resulta que la mayoría de ellos pueden ser detectados oportunamente, si las empresas se preocuparan mayormente de aplicar una acuciosa selección de personal a través de test proyectivos de personalidad, entrevistas personalizadas y diagnóstico grupal sociodramático y un seguimiento de clima y desarrollo organizacional, con la utilización de técnicas de acción, para prevenir la aparición de esta enfermedad institucional.
Sólo cuando en una intervención dramaterapéutica aparece la virulencia de este flagelo, especialmente en las vivencias terroríficas de las víctimas respecto de la falta de respeto por los derechos humanos, de la tortura psicológica, y de la dolorosa falta de cariño, consideración y amor que todos desearíamos como parte de la nutrición laboral, es que reaccionamos consternados y un clamor de alerta y denuncia surge de todos quienes participan en estos grupos de trabajo que, como un coro griego, coloca la verdad de la tragedia humana en el centro de la escena, como protagonista, para que seamos consecuentes y nos trasformemos en jueces y parte en contra de los torturadores.
La dramaterapia es un excelente camino para la denuncia de la palabra silenciada. Es una esperanza frente a la mordaza, a la censura, al permanecer maniatado, paralizado.
Nos parece que las técnicas de acción en conjunto, cuando adquieren la dimensión pública se transforman en instrumentos de cambio social. Ha sido el caso del psicodrama público en las plazas, del teatro espontáneo en lugares no convencionales y de la dramaterapia en las salas de teatro. El fenómeno sanador que lleva implícito el acto de compartir públicamente vivencias traumatizantes, humillantes y degradantes de la dignidad humana es un tema que merece ser estudiado por los psicoterapeutas profesionales y debería ingresar con toda propiedad en el terreno de la medicina y de la psicología contemporánea.


REFERENCIAS

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Dr Pedro H Torres Godoy
Casilla 97 Correo 35 Providencia Santiago de Chile
e-mail nirodha@entelchile.net


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