|
En
los últimos tiempos contemplamos perplejos las noticias
sobre violencia y conflictividad escolar que aparecen, cada
vez más frecuentemente, en los medios de comunicación.
Y es que la situación, tal y como es presentada (altos
porcentajes de alumnado acosado por sus compañeros,
profesorado agredido, aulas ingobernables ), no solo preocupa,
sino que llega a alarmar.
¿Qué
está pasando realmente en los centros escolares?
Estudios
recientes en nuestro país evidencian un deterioro del
clima interpersonal y un progresivo aumento de los problemas
de convivencia. Sin embargo, bajo este amplio paraguas de
conflictividad, se meten distintos problemas que hemos de
diferenciar en cuatro grupos:
1º)
Descortesía, mala educación, modales barriobajeros
y relaciones interpersonales bruscas que denotan falta de
respeto hacia la otra persona: insultos, voces, tacos, empujones,
gestos descarados.
2º) Indisciplina y conductas disruptivas (por ejemplo
dar la lata y alborotar), que implican desacato a la autoridad
del profesorado y violación de normas, generando dificultades
para impartir la clase. Estas conductas se llevan a cabo no
solo por el alumnado problemático y los etiquetados
como 'objetores escolares', sino también por el alumnado
'sin problemas', pero poco motivado por el estudio.
3º)
Daños materiales y vandalismo: mal uso y deterioro
de bienes, conducta destructiva y violencia contra objetos.
4º)
Violencia interpersonal propiamente dicha, en sus distintas
manifestaciones: agresión (física, gestual,
verbal y/o psicológica), aislamiento/exclusión
interpersonal, racismo, violencia de género y 'bullying'
o acoso escolar; en estos casos sí está presente
una intencionalidad de hacer daño a otra u otras personas.
¿Es
preocupante esta situación? En principio es menester
señalar que en los colegios no todo es indisciplina
y malas relaciones; por el contrario, en un alto porcentaje,
las distintas y numerosas interacciones (profesor-alumno,
alumno-profesor, alumno-alumno, profesor-profesor, profesorado-familias)
son buenas, tal y como son catalogadas por los propios protagonistas
(los porcentajes de satisfacción oscilan entre 65%
y 85% según distintos estudios). En los contextos escolares
hay cordialidad, buenos compañeros, amistad, afecto,
satisfacción y disfrute conjunto, admiración,
gratitud y colaboración. Claro está que en la
convivencia, inevitablemente, se producen roces y dificultades
que se tienen que aprender a afrontar y solucionar de forma
pacífica y socialmente competente.
Los
datos disponibles evidencian que son pocos los alumnos implicados
en episodios graves de violencia y victimización (aunque
son los casos más llamativos y los que son noticia
en los medios de comunicación); son más numerosos
los indisciplinados y cada vez más alumnos son descorteses
y 'mal educados'. En efecto, últimamente se nota cierta
permisividad de malos modales y de conductas de indisciplina
y falta de respeto a los demás, y la disrupción
o la 'violencia de baja intensidad' llegan a convertirse en
hechos cotidianos. Y es preciso remarcar que cuando la indisciplina
y las conductas perturbadoras ocurren de forma frecuente y
sistemática, sí generan un clima social enrarecido
donde es más fácil que se produzcan situaciones
de acoso entre iguales y/o aparezcan conductas violentas,
aunque solo sean de forma episódica y puntual. Hay
que hacer una precisión a este respecto, y es que estos
problemas no están homogéneamente distribuidos.
La conflictividad es mayor en las zonas económicamente
más desfavorecidas y en los centros públicos
ya que, como consecuencia lógica del inadecuado sistema
de escolarización, acogen alumnado más complejo
y diverso (inmigrantes, minorías étnicas, alumnado
con necesidades especiales y población marginal).
Desde
luego es preciso considerar las negativas consecuencias que
los diversos problemas de convivencia ocasionan, en primer
lugar para el logro adecuado de los objetivos escolares y
el rendimiento académico del alumnado, puesto que la
acción educativa solo es posible en un clima tranquilo,
y disciplinado; en segundo lugar para el bienestar y la satisfacción
del profesorado, ya que el afrontamiento de estas situaciones
produce malestar y estrés docente llegando al 'queme'
profesional (síndrome de burnout); y en tercer lugar
para el desarrollo socio-emocional y moral del alumnado, directa
o indirectamente implicado en los problemas, porque se acostumbra
a vivir en climas interpersonales enrarecidos, insolidarios
e irrespetuosos.
¿Esto
ha pasado siempre, o los niños de hoy son más
conflictivos y violentos que los de épocas anteriores?
En estos fenómenos hay algo que viene de lejos como
es la indisciplina, la rebeldía y ciertas dosis de
conducta antisocial, sobre todo en períodos evolutivos
como la adolescencia, pero también aparecen nuevos
matices que preocupan: por ejemplo, la violencia por diversión,
el disfrute de producir intencionalmente daño a otra
persona para grabarlo y difundirlo utilizando las tecnologías
(hablamos de 'happy slapping', 'cyberbullying', 'acoso on
line'). También tiene cierta novedad, porque denota
insensibilidad hacia la violencia, el 'pasotismo emocional'
de las y los observadores de conductas violentas, que no hacen
nada para remediar la situación. El hacer todo esto
en grupo, en pandillas y en los tiempos de ocio añade
más elementos inquietantes al estado de la cuestión.
Una
aclaración es necesaria: ¡no todos los adolescentes
manifiestan estas conductas!
http://www.nortecastilla.es/prensa/20070119/articulos_opinion/conflictividad-violencia-escolar_20070119.html
|