Guillem
Bou: Investigar la Universidad: una tarea restringida
Guillem Bou , profesor de la UAB y presidente del II Congreso
sobre la Corrupción y el Acoso en la Universidad Pública
El
II Congreso sobre la Corrupción y el Acoso en la Universidad
Pública ha generado polémica. Los medios de
comunicación lo han referenciado desde la anécdota
y las presiones han aflorado. Desde un sentido de la urgencia,
el autor plantea las primeras conclusiones de este encuentro
de profesores, estudiantes y Personal de Administración
y Servicios (PAS).
Durante
siete años (los tres de actividad previa al primer
congreso en 2002 y los cuatro últimos hasta la realización
de la segunda edición), un equipo de personas hemos
analizado los casos de corrupción que se dan en la
Universidad pública española y no son pocas
las conclusiones que hemos extraído.
Corrupción
y acoso, por lo general, van unidos a la casuística
universitaria. Es decir, no existe la figura del corrupto
simpático o delincuente popular tipo Robin Hood.
Al contrario, se trata siempre de personas ambiciosas en extremo,
sin ningún tipo de empatía por el prójimo,
tendentes al abuso reiterado de poder y capaces de cualquier
crueldad. En esta tesitura, por tanto, la persona corrupta
acosa sin piedad a todos aquellos testigos no participantes
de sus corruptelas y, por añadidura, a cualquier persona
mínimamente creativa, honrada o con un mínimo
de conciencia personal o profesional.
Los
casos de corrupción son tremendamente complejos; ello
se debe a los múltiples recursos financieros a que
da acceso la vida universitaria y al poco control sobre los
mismos. Además, se dispone de un marco legal claramente
insuficiente para perseguir la corrupción ya que las
leyes, quizá malentendidas bajo el pretexto de la autonomía
universitaria, garantizan la impunidad de quien corrompe.
La
situación de corrupción en la asignación
de plazas en la universidad pública española
no es, en absoluto, nueva. Se remonta quizá a sus orígenes
y, como muestra, disponemos de un artículo impagable
del mismísimo Ramón y Cajal en el que opina
que la situación no tiene manera de ser arreglada.
Profesorado
sin educación
A
pesar de los resultados que, de vez en cuando, aparecen en
la prensa, la universidad pública española tiene
una cantidad elevada de profesores mediocres que han accedido
a su plaza por recomendación, que han concursado en
solitario o, cuando ha habido otros candidatos, a éstos
se les ha hecho la vida imposible y todo tipo de trampas para
que abandonaran.
Un
detalle que se ha abordado en el congreso es la ausencia de
educación en muchos profesores que ocupan cargos en
la universidad. Ello hace que muchas personas externas que
han mantenido contactos con docentes se hayan sorprendido
al constatar la poca catadura moral de los mismos, ya que
por ser profesores de universidad les atribuían unas
cualidades que la realidad ha desmentido.
A
ello se suma la estructura y el funcionamiento de la universidad
en la actualidad, violentos per se. No se parece en nada a
la idea bucólica de academia que posiblemente
existe en la mente de la ciudadanía.
Funciona
mediante mayorías de intereses particulares, chantajes
y coacciones, lealtades basadas en códigos de silencio
y, en definitiva, como los juegos de poder (propios de los
partidos políticos). De nada o de bien poco sirve a
un afectado por la corrupción o a una víctima
del acoso universitario acudir a los tribunales. Existen sentencias
que sorprenden al más elemental sentido común
y que se basan, como se ha reiterado en el Congreso, en un
marco legal insuficiente.
Incluso
en el caso de una sentencia desfavorable (como por ejemplo
anular un concurso público por mala actuación
de la comisión de evaluación) la universidad
tiene sobrados recursos para eludirla (por ejemplo, convocar
de nuevo el concurso con la misma comisión).
Hay
un grupo particular entre las víctimas de las injusticias
en la universidad: los llamados idealistas científicos.
Estas personas tienen un perfil bienintencionado, dedicado
totalmente a la ciencia, y que investigarían incluso
en las condiciones más precarias. Sin embargo, estas
personas son las más frágiles cuando descubren
casos de corrupción, porque todo su esquema mental
se desmorona. De este modo tan sencillo, aparecen cuadros
graves de depresión, de negación de la realidad
y se puede llegar al suicidio.
Hay
otro grupo particular de víctimas acosadas, mucho más
resistentes inicialmente al acoso, que, por esta capacidad
de resistencia, reciben un trato mucho más brutal.
Estas personas suelen hundirse tras largos procesos de atosigamiento
en los que se producen las agresiones más insólitas.
Ningún
rector de universidad puede hacer nada contra la corrupción
y el acoso porque debe su cargo a claustros que, precisamente,
se han formado a partir de estructuras de votos cautivos (personas
que han tenido que votar a su jefecillo). Por tanto, los rectores
no son más que títeres que no pueden tomar ninguna
medida anticorrupción (al día siguiente de tomarla
se enfrentarían a una moción de censura). Ante
un caso de corrupción las directivas del Rectorado
son normalmente tres: investigar a quien denuncia el caso
(más que al caso denunciado), evitar que cualquier
noticia trascienda a la sociedad y, finalmente, como se dice
en el argot de los rectores, esperar que amaine la tormenta.
Así
las cosas, la resolución del problema de la corrupción
y el acoso en la universidad pública pasa, en principio,
por constituir una plataforma de resistencia. Un grupo al
que toda persona afectada o víctima pueda dirigirse
a pedir ayuda o asesoramiento. Y un grupo que lleve un inventario
de casos y reclame su resolución por parte de las autoridades.
Un grupo perenne. Si viviéramos en otro país,
probablemente tendríamos toda la ayuda estatal. En
España hay demasiada gente con poder interesada en
que la corrupción (de muchos tipos diferentes) nunca
se investigue.
Endogamia
universitaria
Los
investigadores Laura Cruz Castro, Luis Sanz y Jaime Aja, de
la Unidad de Políticas Comparadas del CSIC, presentaron
el pasado junio un estudio sobre trayectorias profesionales
de profesores e investigadores en la Universidad pública
española. Las conclusiones: el 70% de las oposiciones
las gana un candidato que concurre en solitario, y en el 96%
de los casos es un profesor que ya trabaja en el departamento
que saca a concurso la plaza. El informe- basado en una encuesta
a 2.588 investigadores (2.350, profesores titulares de universidad)-
reveló la escasa competencia para acceder a funcionario.
Diagonal,
09/11/06

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