La manada

Del acoso escolar a la violencia / ÁNGEL MARTÍNEZ Y LETICIA MEDEIROS

DEBEN PODER
afirmar, mujeres
y hombres valientes,
que el emperador
está desnudo

El acoso en la escuela se ha convertido en una noticia recurrente en los medios de comunicación y los foros sobre políticas educativas, pero poco se ha discutido sobre el vínculo del hostigamiento en la escuela o bullying con otras formas de acoso en las instituciones y en la sociedad.
Estamos tan acostumbrados a segmentar la realidad en categorías burocráticas como sistema educativo, sector laboral, ámbito político, medios de comunicación y un largo etcétera, que a menudo olvidamos la relación estrecha entre los acontecimientos; por ejemplo, entre el bullying
y la violencia en el trabajo o las formas de linchamiento que algunos programas de televisión llevan a cabo del panteón kitsch de los famosos de nuestro tiempo.
En las sociedades de capitalismo avanzado,
basadas en la democracia liberal y el Estado de derecho, ya no es permisible el linchamiento real (físico) de algún sujeto al que se le atribuye un crimen, una tara o cualquier rasgo que pueda ser construido como un fenómeno inquietante que debe ser desterrado o eliminado.,

Tampoco son aceptables los comportamientos de exclusión y violencia física por motivos de género, preferencia sexual, grupo étnico o confesión religiosa. Sin embargo, y paradójicamente, se relativizan comportamientos de acoso, hostigamiento y matonismo simbólicos que pueden materializarse en violencia física con mayor facilidad en los sectores sociales más vulnerables, como es el caso de los menores, y que expresan un clima de antirrespeto mutuo que acaba aceptándose como una realidad natural. Este clima es el que permite más tarde que los testigos del acoso en la escuela puedan sentirse perplejos del daño producido en la víctima. Algunos dirán: “Pero si sólo le tiraron papel higiénico en la clase”. Otros comentarán: “Son cosas de críos, que tienen que arreglar entre ellos”. Los menos reflexivos argumentarán que la víctima no sabía integrarse en el grupo, que se “lo había buscado” o que era contestataria y crítica, como si el sistema educativo tuviese que crear clones, como si la víctima no tuviese derecho a hablar y a poner en cuestión y a disentir.
No es por azar que el hostigamiento se dirige en muchas ocasiones a personas que destacan por sus calificaciones, sus habilidades y/o la firmeza de sus convicciones y que, a menudo sin percatarse,

quiebran el pacto no escrito del resto del grupo.

Por ello sufrirán el castigo del acoso, construido a partir de una muchedumbre de gestos, interacciones y detalles que aisladamente no parecen tener mayor importancia, pero que en su conjunto conforman un contexto de opresión y violencia, de denigración y humillación continuadas.

Se producirá el efecto de “desfiguración” de la víctima y de su imagen pública. Cualquier característica física, de su personalidad o de su comportamiento será amplificada o inventada por la camarilla como digna de rechazo u objeto de escarnio, como hicieron en su momento quienes fabularon que las mujeres eran intelectualmente inferiores, o los negros animales, o los judíos dignos del horno crematorio, o los homosexuales enfermos.

Este contexto hostil, donde las profecías inventadas por el grupo acosador siempre se autocumplen, generará en la víctima
la pérdida de la autoestima, la culpabilidad y la sensación de confusión. Se encontrará en una situación-trampa.

Si toma una actitud acomplejada, facilitará el acoso.

Si los desafía, aumentará el acoso.

Si denuncia la situación, es posible que la institución lo niegue y trate
de resolver el conflicto tildando a la propia víctima de presentar una enfermedad mental o desequilibrio, de falta de empatía con sus iguales o
de cualquier otra etiqueta que esconda las raíces del problema.

El problema, obviamente, es que la inhibición institucional acaba
dando más alas al grupo, conformado por algún líder informal con tendencia al matonismo y por un séquito o comparsa que le ríe las gracias y que se siente cada vez más envalentonado en su quehacer. Ya se sabe, cuanto mayor es el consenso contra alguien, más fácil es ejercer la violencia y la desfiguración sobre él con impunidad, pues estamos ante gestos aprendidos que se reiteran por mimetismo y que de paso sirven a los agresores para identificarse con el grupo de iguales.

Acosando a la víctima no sólo consiguen el morbo de participar en un linchamiento, sino también ser reconocidos como “uno de los nuestros”, el premio de que no le acontecerá una
situación semejante, pues la camarilla le protegerá de ese imponderable.

En cambio, acercarse a la víctima es contaminarse de su estigma
de apestado, arriesgarse al ostracismo. Por ello la actitud más frecuente entre el colectivo circundante del grupo hostil es la pasividad, que justifica el acoso con frases como “algo habrá hecho” o “se lo ha ganado”. Nuestro sistema educativo necesita instrumentos que permitan prevenir el problema del acoso en la escuela mediante una cultura de respeto mutuo y rechazo claro a este tipo de actitudes. Es necesario profundizar y completar la tarea realizada con la educación antirracista e intercultural de los años precedentes con modelos que ayuden a la conformación de un carácter crítico y autocrítico, reflexivo y tolerante con la disensión y la diferencia. Y no sólo eso. Hay que favorecer la capacidad de los individuos de disentir y criticar, de pensar y reflexionar, de poner en cuestión y exigir comportamientos consecuentes.
Hay que educar mujeres y hombres
valientes que sean capaces de
afirmar, a pesar de los consensos de
las camarillas y los miedos, que el
emperador está desnudo o simplemente
mal vestido.
 
LA VANGUARDIA LUNES, 24 ABRIL 2006
 

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