Desde Mexico: Un caso inédito de acoso
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por Lourdes Alamilla Hoy, después de algunos meses de terapia conseguí llamar por su nombre a una serie de situaciones que viví dentro de mi ambiente laboral. Antes de saber que estaba siendo víctima de "mobbing", "acoso psicológico" o "acoso laboral", yo llamaba a esa violencia psicológica "tonterías", "niñerías" o "maldades". Tardé en entender cómo toda esa clase de aparentes "travesuras" habían podido captar mi atención e introducirme en un ambiente cargado de saña y violencia que buscaba por encima de todo hacerme consciente de que estaba siendo observada hasta el más mínimo detalle, cada acto, cada movimiento, cada palabra, para que después fueran utilizados como una debilidad a la cual tuvieran que recurrir para menguar mi fortaleza y mi resistencia a caer en su trampa. El objetivo fue claro, deshacerse de mí. ¿Por qué? aunque nunca me fue confesado entendí que yo representaba para el resto de mis compañeras una amenaza. Les disgustaba que yo no me quejara del exceso de trabajo, que llegara temprano, que me enfocara en canalizar la enorme cantidad de trabajo que tenía todos los días y para colmo que los de mayor jerarquía me vieran con simpatía. Mi nombre es Ma. de Lourdes Alamilla Santos, tengo 43 años de edad y mi problema comienza hace más de tres años en una empresa de abogados cuyo nicho es el derecho corporativo y la propiedad industrial. Allí llegué después de haber laborado ocho años consecutivos en otra empresa en la cual tuve logros importantes (sin saberlo, allí también viví el mobbing). En mayo de 2002 decidí que esta empresa ya no me ofrecía progreso y entonces aprovechando mi conocimiento del idioma inglés me enfoqué en buscar una nueva oportunidad. No tardé en colocarme en el despacho como secretaria bilingüe, puesto que desempeñé con éxito durante seis meses luego de lo cual fui propuesta para la vacante de traductor y asumí el cargo aproximadamente un mes después. Como es de suponerse antes de que yo tomara posesión de mi nuevo puesto ya se hablaba de que yo sería la sucesora de Luis y a partir de ese momento las relaciones entre mis colegas secretarias comenzaron a cambiar. Mi ascenso implicó una reubicación física. Siendo secretaria mi lugar estaba exactamente enfrente de las oficinas de los dueños de la empresa. Como traductora pasé a otra ala del edificio y quedé absolutamente rodeada de secretarias quienes me recibieron con despotismo y una frialdad que percibí muy amenazante. Al paso de los días, pese a mis esfuerzos, lejos de lograr sobrepasar su rechazo inicial encontré mucha más frialdad por lo que decidí dejar de intentar relacionarme con ellas, mis únicas relaciones estaban en el área en donde yo había comenzado a trabajar y decidí conformarme con eso. Dos de mis nuevas compañeras no tardaron mucho en comenzar a lanzar cualquier tipo comentario desagradable acerca de mi persona: que si tenía las piernas flacas; que si fingía estar siempre de buen humor; que si me había pintado el pelo porque me quería parecer a Barbie, en una ocasión que no llevé mi uniforme de secretaria alguna de aquellas se quejó ante recursos humanos logrando que se me exigiera seguir portándolo, etc. Todos los días había comentarios venenosos y persistentes miradas, a veces furtivas, a veces abiertas y hostiles. Ante esto decidí no responder y sobre todo evitar quejarme porque no tenía duda de que eran provocaciones para hacerme pelear y hacerme aparecer como una persona conflictiva o como alguien que luego de un ascenso se le hubieran "subido los humos" y se hubiera vuelto difícil. Como las agresiones siguieron, decidí continuar guardando silencio y mantuve una sonrisa ante todo lo que pasaba, en ocasiones si sus intentos por molestarme eran muy obvios les sonreía con burla o desprecio. Para la principal instigadora del acoso esta fue la respuesta que buscaba porque desde allí empezó a mostrar un cierto activismo entre el resto de las secretarias y aún entre los abogados, quienes ahora ponían especial atención a mis expresiones. Por mi parte, para evitar seguir cayendo en provocaciones, evitar seguir escuchando sus comentarios y poder concentrarme en mi trabajo decidí pedir a RH que me dejara utilizar un radio con audífonos lo cual me fue concedido. La contrarrespuesta fue inmediata, pues ya que no fue posible captar mi atención por medios verbales dio inicio la obstaculización de mi trabajo. La primera acción fue bajando la temperatura del área para evitar que yo tecleara con rapidez; abrir y cerrar cajones y puertas de los muebles tratando de hacer el mayor ruido posible, en ocasiones ponían un radio a todo volumen para impedir que me concentrara en mi trabajo; otra más y la que se volvió característica porque en ello participaron todas, fue pasar junto, enfrente y detrás de mí corriendo y taconeando excesivamente. La consigna era impedirme trabajar. En ese momento empecé a resentir la tensión, mi ambiente se había enrarecido de una forma que me era difícil definir pues aunque no era violentada físicamente todas las actitudes y movimientos de mis compañeras eran sumamente agresivas y al efectuarlos me lanzaban miradas cargadas de odio o coraje. El ambiente era profundamente adverso. Empecé a padecer a diario dolores de cabeza pues tenía que hacer grandes esfuerzos para concentrarme en mi trabajo a causa de todo el ruido a mi alrededor. Salía de la oficina verdaderamente agotada. Empecé a tener pesadillas, dos de ellas las recuerdo con claridad hasta el día de hoy: en una, veía sólo mi brazo izquierdo por el que caminaban varios escorpiones negros y la voz de un compañero que me decía que tuviera mucho cuidado porque eran muy venenosos y si alguno me picaba me moriría rápidamente. De repente, aunque no sentía la picadura me daba cuenta que uno de los animales me había picado y veía que en la parte interna de mi muñeca empezaba a crecer una enorme bola de color entre negro y morado muy intenso. Yo sentía mucho miedo pero pronto el color oscuro de la bola se iba aclarando hasta verse en el centro como agua cristalina y adentro de ella veía peces de colores nadando, sólo alrededor se veían restos oscuros que enturbiaban el agua. El otro sueño era muy aterrorizante porque me veía perseguida por tres o cuatro enfurecidos perros Rotweiller. No era una larga carrera al contrario, alcanzaba a entrar a mi casa pero no podía cerrar la puerta porque los perros empujaban con fuerza y dos de ellos lograban meter la cabeza impidiéndome cerrar, yo sólo conseguía mantener la puerta atrancada con mi pierna izquierda y empujando con mis dos manos, no podía gritar ni pedir ayuda, sabía que mis hijos estaban en la casa pero no me podían ayudar. Para este momento el activismo de mis compañeras en contra mía era generalizado, se había corrido el rumor de que yo olía mal y al parecer yo fui la última en enterarme, lo único que había notado al respecto era que quien se me acercaba trataba insistentemente de captar algún olor. Posterior a eso comenzó una ridiculización de mi persona que consistió en imitar todos y cada uno de mis movimientos cualquiera que éstos fueran. Si alzaba un brazo para tomar un libro de la repisa que tenía enfrente automáticamente varias alzaban el brazo, si consultaba mi reloj todas comenzaban a hacerlo al mismo tiempo, si bostezaba, estornudaba o carraspeaba, muchas de ellas comenzaban a hacerlo al mismo tiempo, si me calzaba los audífonos en los oídos todas se tocaban los oídos. Yo hacía enormes esfuerzos por no prestar atención a lo que sucedía a mi alrededor, a veces mientras intentaba trabajar tarareaba en voz muy baja alguna melodía y noté que eso enfurecía a mi principal acosadora, al parecer a ella le molestaba mi "tranquilidad" y alentaba con más fuerza el acoso. Toda esta situación se sistematizó, se repetía incesantemente a lo largo del día durante toda la semana. Por mi parte, desde ese momento empecé a padecer un constante desgano por ir a trabajar, por las noches mi sueño era inquieto y muy irregular, al llegar a la oficina me empezaba a sentir nerviosa. En mi casa mi carácter era inestable, estaba de mal humor y mis hijos adolescentes lo estaban resintiendo, yo no les comentaba nada de lo que vivía. La primer falta que tuve fue por causa de una indisposición que no comprendía, no sentía ningún dolor, no tenía ninguna enfermedad aparente, sin embargo, no me podía levantar de la cama, me pesaba todo el cuerpo, no tenía ganas de reportarme a la empresa, no quería llamar y decirles que no tenía ganas de estar allí. Terminé llamándoles para decirles que estaba enferma y que me presentaría el día siguiente. El conflicto finalmente explotó cuando sintiéndome incapaz de tolerar más la violencia, furiosa dirigí una ofensa a una de las más visibles de mis acosadoras no a la principal instigadora (a ella nunca me atreví a enfrentarla). La llamé "marrana" (porque es gorda), esto provocó que se quejara con Recursos Humanos. Cuando fuimos llamadas a comparecer me sentí estúpida, ella casi no habló y sólo se limitó a escuchar. Yo siempre estuve a punto del llanto por la desesperación que sentía de no poder expresar articuladamente las vejaciones de que era objeto y porque sabía que no podía mencionar a nadie como mi testigo porque nadie me apoyaría. Mi papel fue finalmente muy blando, terminé diciendo que yo no agredía a nadie y que tanto esa joven como el resto de mis compañeras se dedicaban a molestarme y que yo sólo exigía respeto. RH advirtió que cualquier otra agresión que se diera sería objeto de una fuerte sanción. Después de eso no sólo no cesó el hostigamiento sino que se hizo más cruento. Casi todo el personal a mi alrededor me suspendió el contacto verbal, las dos personas con las que acostumbraba salir a comer se fueron alejando y después concluyeron nuestra relación con lo siguiente: "no sé qué harías, no sé si fuiste muy lista o muy tonta pero tienes a todas encima". Desde ese momento quedé completamente aislada. A partir de allí la burla se estableció como trato hacia mí, sólo platicaba ocasionalmente con un compañero. Para mí inició una etapa de depresión que me llevó a faltar una vez más. Las quejas en mi contra se generalizaron en el sentido de que yo no contestaba las consultas que se me hacían; me solicitaban traducciones con copia a la dirección de RH como si me hubiera negado a hacerlas; se quejaban de que yo no contestaba mi teléfono. Todas las quejas eran infundadas. Siempre que iba al baño, una vez que cerraba la puerta se dedicaban a tocar insistentemente hasta hacerme salir y cuando abría no había nadie. Recursos humanos hizo algunos llamados de atención más pero nunca habló conmigo para pedirme ni para darme una explicación de lo que estaba sucediendo. Creo que siempre estuvo enterado de lo que me sucedía pero no fueron capaces de actuar con eficacia. A veces pienso que no se atrevieron a despedir a mi acosadora porque tenía una antigüedad considerable (como de diez años) y no quisieron tener que pagar su indemnización. Yo por mi parte, al ver que la situación no tendría fin, decidí renunciar. Comuniqué mi decisión y RH trató de convencerme de que no era yo quien debía abandonar el trabajo, sin embargo, si no habían sido capaces de resolver el problema entonces yo ya no tenía nada qué hacer allí. Aduje una renuncia por motivos de salud y les concedí un mes para encontrar a mi sustituto. El acoso en mi contra terminó en cuanto llegó mi relevo. Mi estancia en esta empresa fue de un año. Siete meses fungiendo como secretaria bilingüe y cinco meses como traductora. Hasta aquí la narración parece la de un "simple caso acoso laboral", sin embargo, la historia no termina aquí, ya que por lo visto mi acosadora no satisfizo su instinto de destrucción. Luego de dejar esa empresa, por recomendación de otra de las pocas personas con la que todavía tenía relación en la empresa, comencé a trabajar en otro despacho legal del mismo género que el anterior. Allí fui contratada como asistente legal y traductora y con horror me di cuenta de que mi acosadora sabía que yo estaba allí, al parecer tenía relación de amistad con una secretaria. En aproximadamente quince días ya estaba viviendo nuevamente un ambiente muy similar al anterior; principalmente el congelamiento en mis relaciones con los demás; una constante crítica hacia el autoelogio como sugiriendo que yo tuviera esa costumbre; comenzó de nuevo el constante zapateo; la consulta exagerada del reloj; la esposa del director agregó la "novedad" de sacudir un enorme llavero con una gran cantidad de llaves con la conocida "mentada" o aventaba el brazo hacia atrás para significar lo mismo cuando estaba cerca de mi; el resto del personal obstaculizaba mi trabajo; nuevamente se acercaban exageradamente a mí tratando de percibir algún olor, el colmo fue cuando sorprendí a uno de los socios del despacho oliéndome las nalgas fingiendo levantar algo del piso. Esta vez hablé con los socios directamente sobre la situación que había vivido anteriormente, ellos a pesar de participar del acoso negaron saber nada y me recomendaron entre risas no hacer caso. Me empezó a atemorizar el hecho de ver que aquí empezaban a sacar el acoso hacia fuera de la oficina, puesto que las personas que se relacionaban con ellos, como el tendero que iba ofrecer sus servicios o un servicio de comida rápida, etc. también comenzaron a dar muestras de rechazo al ofrecer sus servicios a todos menos a mí. El ambiente se deterioró muy rápidamente en especial con la esposa del director con quien discutí en una ocasión y en dos meses y medio me estaba solicitando la renuncia, a lo que accedí, aunque meses después interpuse una demanda por despido injustificado. Mi estancia aquí fue de junio a agosto de 2003. El 1 de octubre del mismo año ya estaba trabajando como asistente de director de una conocida empresa de construcción. Allí fui muy bien recibida. Desde el inicio se dio una excelente relación con mi jefe y poco a poco crecían los nexos con mis compañeros. Mi tranquilidad duró un mes o poco más. Una semana antes de que se volviera a enrarecer mi ambiente de trabajo me di cuenta de que estaba siendo seguida y observada por un hombre de 60 años aproximadamente, me siguió alrededor de una semana, la última vez que lo vi estaba casi enfrente del edificio en el que yo trabajaba. Poco después empezaron las muestras conocidas de acoso. Mis compañeros comenzaron a pasar taconeando, en ocasiones se paraban frente a mi escritorio y comenzaban a zapatear como si estuvieran bailando o a hablar muy fuerte si yo estaba hablando por teléfono; empecé a ser aislada, mis compañeros evitaban todo contacto verbal conmigo, incluyendo mi propio jefe. El personal de todos los niveles comenzó a faltarme al respeto, pero sobre todo volvió a empezar a circular el rumor de que yo apestaba. Era ofensivo el descaro con que la gente se acercaba a mi lo más posible para tratar de captar algún aroma. Además era evidente que había una consigna de hacer extensivo mi descrédito ya que no se limitó al ambiente de oficina. Los mismos compañeros lo llevaron hasta la cafetería a donde yo acostumbraba ir; a los restaurantes en los que teníamos la prestación del servicio de comedor, propiciando que fuera mal atendida, ignorada, observada insistentemente, el zapateo y pegar breves carreras se volvieron una constante. Empecé a sentir un enorme miedo porque la violencia psicológica iba en aumento y ya no sólo en el trabajo. Cuando el acoso volvió a tomar forma reproduciendo con increíble fidelidad lo que ya me había pasado, me comuniqué con RH de la empresa en la que comenzó el acoso y le dije a Laura que no sabía cómo ni por qué pero que me estaba pasando lo mismo que me había sucedido allá, le pregunté si recordaba la situación que viví y me dijo que sí. Su respuesta fue "consígueme pruebas y yo me encargo de eso", me sentí completamente desamparada, ¿qué pruebas se pueden ofrecer cuando se está siendo presionado psicológicamente con actitudes y en situaciones no verbales? Comencé a vivir bajo una tensión constante, empecé a padecer fuertes tics nerviosos, la parte izquierda de mi cara se movía sola aún cuando estaba dormida. Estaba desorientada, no sabía cómo defenderme y mucho menos como revertir la situación. Varios meses atrás, había visto un artículo en una revista Cosmopolitan que se llamaba más o menos "Mobbing, una nueva amenaza en el trabajo", no tuve tiempo de leerlo porque estaba en la peluquería y ya me tocaba el turno de ser atendida, sin embargo, el nombre se me quedó grabado. Viviendo nuevamente la situación de acoso, por curiosidad consulté por Internet la palabra mobbing y por primera vez vi reflejada mi situación laboral. Mi defensa consistió entonces en imprimir esa información y entregársela a mi jefe junto con mis cartas de recomendación. Nunca la leyó. Mi ambiente se volvió insoportable una vez más. Irónicamente en febrero de 2004 recibí mi contrato laboral por tiempo indefinido y en marzo me solicitaron mi renuncia. En mi colonia también empezaron a suceder cosas relacionadas. Un despachador de la única ruta de transporte empezó a lanzar comentarios ofensivos que ya me eran familiares. Ya en mi casa comenzaron las crisis nerviosas a solas lloraba con desesperación. Mi situación económica se empezaba a complicar y mis hijos estaban completamente sorprendidos por lo que nos estaba pasando. A ellos les comenté por primera vez que estaba siendo perseguida, los dos se rieron. Yo por mi parte, estaba convencida de que mi primera acosadora me estaba persiguiendo pero no tenía pruebas de ello. Decidí no darme por vencida y volver a conseguir un nuevo empleo esperando que esta vez todo volviera a la normalidad. Efectivamente, el 1 de abril de 2004 ya estaba trabajando en una empresa importadora de papelería como asistente del director, allí se volvieron a dar las mismas situaciones de acoso y la violencia verbal fue tan fuerte que no duré más que quince días. En junio conseguí empleo en una empresa aeroportuaria y en pocos días se empezaron a repetir los taconeos principalmente y la burla respecto a que yo apestaba, nuevamente volví a ser aislada y obstaculizada en mi trabajo. Yo trataba de ser objetiva, trataba de analizar las situaciones y siempre llegaba a la misma conclusión, si se repetían los taconeos, las mentadas, el rechazo hacia mi como persona, la constante del mal olor era que estaba siendo perseguida por alguien que sabía lo que podían significar esos actos, lo que no entendía era que si yo resultaba una persona indeseable, entonces, ¿por qué los encargados de RH no me lo decían directamente? Incurrían en las mismas burlas y formas de acoso pero nunca me hacían ningún llamado de atención en lo personal. A pesar de que mis compañeros se volcaban en contra mía, nadie podía quejarse de que yo fuera una mala compañera. Quince días después me solicitaron mi renuncia con la recomendación de que siendo yo una persona agradable debería sonreír más seguido. En agosto de 2004 comencé a trabajar en una empresa del ramo de la informática, allí la burla comenzó casi de inmediato y se hizo extensiva a todo el edificio, a mi paso la gente comenzaba a actuar tontamente, ya sea arrastrando los pies, cruzándose en mi camino para chocar conmigo o hacerme tropezar; de las oficinas cercanas a la que yo ocupaba pasaban por el pasillo de acceso corriendo o volteando a verme burlándose abiertamente de mi. Mi jefe y mis compañeros dejaron de hablarme. En ese lugar empecé a recibir muchísimos correos electrónicos sin mensajes pero que contenían virus. A pesar de todo eso duré casi un mes. Al final contesté con una seña vulgar a una vecina de enfrente que a su vez me hacía groserías cada que yo alzaba la cara. Se quejó con mi jefe y fui despedida inmediatamente. Luego de este despido, para solventar mi situación económica empecé a hacer pan en mi casa los fines de semana, tuve éxito y me fue bien el primer mes, sin embargo, poco a poco en lugar de que llegara más gente, curiosamente mis clientes comenzaron a dejar de ir hasta que definitivamente ya no se acercó absolutamente nadie. Está de más tratar de expresar cuál era mi estado de ánimo. Mi familia estaba desconcertadísima por lo que me pasaba. Las pérdidas inusualmente frecuentes de empleo, el fracaso en la empresa del pan. Mis hijos estaban enojados porque no había explicación para lo que nos sucedía. Económicamente íbamos en picada. Mi hijo ya no pudo continuar con sus estudios y en mi colonia empecé a ser muy maltratada después de que siempre había gozado del respeto y consideración de mis vecinos. Mi hijo, que interactuaba más que ninguno con ellos primero se asustó, después se enojó, sus amigos se iban alejando pero nadie nos daba una explicación. Mi hija de 14 años sólo observaba sin explicarse qué sucedía, a ella le traté de explicar sobre el mobbing pero al ser algo tan intangible no lo pudo entender. A pesar de todo, el 1 de octubre de 2004 empecé a trabajar en una universidad privada como asistente de servicios escolares, ingenuamente pensé que trabajando lejos de la ciudad mi acosadora ésta ya no me localizaría, no sabía que ya nunca estaría a salvo en ningún lugar. Esta vez en mi entrevista con la que sería mi jefa directa decidí hablarle de que era molestada por alguien, asimismo le pedí que si llegaba a enterarse de cualquier cosa sobre mi me lo hiciera saber. Sólo tuve dos semanas de tranquilidad, ya que una vez más dio inicio el violento acoso que ya me era familiar, ahora tomando características más crueles, se le adaptó la modalidad de tomarme fotos con celulares, también se le adaptó el rumor de que yo era una mujerzuela. Me quejé con el rector y desestimó la situación. Poco a poco la gente se fue alejando más y más de mi sin explicación, simplemente me miraban con horror y con desprecio, recibía todo tipo de burlas y agresiones. Yo tenía plenamente identificada a la persona que había promovido que todo se repitiera nuevamente, hablé con ella y no hubo respuestas. La segunda vez que hablé con ella, estando yo desesperada amenacé con hacer un escándalo nacional paralelo al que ella había fomentado conmigo. Por esta razón Recursos Humanos me solicitó mi renuncia con la seguridad de que se me pagaría como correspondía según la ley y que me podría ir con esa seguridad económica. Al concluir esta relación laboral volví a hablar con la encargada de RH del despacho donde había conocido por primera vez lo que era el acoso, se limitó a escucharme, esta vez le dije que buscaría las formas para demandar a la responsable de lo que me había ocurrido, porque esto era producto de una gran maldad o de una enfermedad mental. No encontré respuestas. Luego llamé a un despacho de abogados que había sido entrevistado respecto al "mobbing", su respuesta fue "aférrese a su psicólogo porque efectivamente en México no hay una ley que la defienda". Allí terminó la conversación. Hablé con un profesor de la Facultad de Psicología de la máxima universidad de México, quien había proporcionado un artículo sobre el acoso laboral para publicarse en internet, él me dio una serie de números para que me pusiera en contacto con mujeres involucradas en cuestiones de género, hablé con una psicóloga, me escuchó, aunque su ayuda se limitó a eso ya que en pocas horas salía del país. En lo familiar, mis hijos se veían cada vez más afectados no pudiendo manejar la situación y sin lograr explicarse qué sucedía. Después de mi salida de la universidad el ambiente en la colonia fue mucho peor, incluso en las tiendas se negaban a atendernos y buscaban la manera de entrar en conflicto con mi hija o conmigo. Mi hijo se volvió violento y le pedí que se fuera a vivir con su padre. A mi hija empezó a ser difícil controlarla. Increíblemente, en las calles ya no sólo de mi colonia, sino de toda la ciudad era agredida, en la calle la gente me reconocía (allí la explicación de las fotos tomadas con celulares y al parecer se utilizó el internet para hacerlas circular ampliamente), me llamaban por mi nombre, me la mentaban sin ninguna razón, se me acercaban para decirme "vieja chismosa". Creí que me iba a volver loca. Mi salud estaba ya muy resentida. Las crisis nerviosas eran cada vez más frecuentes. Para escapar de toda esa situación que me estaba afectando y para tratar de conseguir empleo decidí ir a provincia dejando sola a mi hija entonces de dieciséis años. Tenía la esperanza de poder hacer una nueva vida allá y poder llevarme a mis hijos. Allí por mi trabajo estuve viajando por varias ciudades. Increíblemente fui reconocida en prácticamente todas, en una de ellas fui violentada y casi llegaron a la agresión, tuve que demandar por el delito de difamación sin saber a quien y solicité que se publicara una nota en un periódico local. Estuve en muchas otras ciudades y también fui reconocida, en las calles me llamaban por mi nombre y algunos se llegaron a acercar y a decirme en voz alta "que tenía que pagar todas las que había hecho". Regresando a la ciudad de México en mi correo electrónico había un mensaje con la referencia "Te encontramos loca " Han sido más de tres años de persecución y tengo algunas pruebas que sostienen lo que hasta ahora les he narrado, sin embargo, no he logrado dar fin a esta estela de difamación que me sigue desde entonces. He intentado buscar a mis antiguos compañeros de trabajo e incluso aquellos que me conocieron antes se niegan a tener ningún tipo de comunicación conmigo. Actualmente estoy desempleada y mi salud física está bastante deteriorada, llegué incluso a planear mi suicidio, sin embargo, el cariño a mis hijos me impidió llevarlo a cabo y haciendo acopio de la poca esperanza que me quedaba decidí visitar un canal de televisión local en donde participé en un programa que abordaba el tema del acoso sexual (esto debido a que el acoso que yo sufrí tomó muchas otras formas), allí conocí a una abogada de una institución de ayuda a las mujeres y comencé a trabajar sobre una queja contra los transportistas que hasta hace un par de meses todavía repetían que yo era una persona chismosa, que hacía daño a mis compañeras de trabajo, que apestaba y que por eso nadie me quería contratar y estaba desempleada. Por esos días, un poco más reconfortada por el apoyo que había recibido seguí buscando ayuda por Internet y logré contactarme con la que hoy es mi terapeuta, gracias a la cual he superado mucho los estragos del acoso.
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