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La
moralidad de Leni Riefenstahl
ROSA PEREDA 19/07/2008
Su arte "era la perfecta expresión de la maquinaria
de manipulación que glorifica". La biografía
de Steven Bach revela su genialidad y exagera la mediocridad
del personaje
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Leni Riefenstahl, entre Joseph Goebbels
y Adolf Hitler- ASSOCIATED PRESS
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Es
verdad que Leni Riefenstahl negó siempre conocer
la verdadera naturaleza del Tercer Reich y del nazismo.
Que Mein Kempf fue uno de los pocos libros que leyó,
eso sí, ostensiblemente y con mucha pasión.
Que, a toro pasado, denunció el acoso a que la sometía
Goebbels, con el que, sin embargo, cenaba, viajaba y se reunía
en veladas a cuatro con la señora del jefe de propaganda
y el propio führer. Que dijo en sus memorias que no era
antisemita, lo cual no le impidió denunciar como
judío a su amigo el guionista y director Béla
Bálazs, para no pagarle unos pocos marcos, o dejar
que su nombre y el de su incondicional Harry Sokal desaparecieran
de los créditos de su primera película,
La luz azul, precisamente por ser judíos. Y
también es verdad que nunca negó su admiración
por Hitler, que en la biografía escrita por Steven
Bach se le revela de manera casi erótica, o sin casi,
aunque también negó siempre haber mantenido
relaciones amorosas con él, a veces porque él
no se lo pedía, a veces porque ella no consentía.
Tampoco niega la amistad de Albert Speer, el arquitecto que
hace la puesta en escena de la que será la gran obra
de Leni: el rodaje del congreso de Núremberg, cuyos
discursos parecerán ya para siempre como hechos para
el cine más que para la intervención política
y que se montaron en dos documentales: La victoria de la
fe y El triunfo de la voluntad. De este último
se dice que bebe el género propagandístico,
tanto el político como el comercial. Y a su rotundidad
sorprendente se atribuye el mito del genio de Leni Riefenstahl.
¿Cómo
pudo engañar y fascinar a tantos?,
¿hasta
hoy? ¿Por qué seguimos hablando de Leni Riefenstahl?
Pero su historia más importante fue, sin duda, Olimpiada,
la narración de los Juegos de 1938 en Berlín.
Bach reconoce que este relato marca un antes y un después
en la narración visual de los deportes, con sus osadas
tomas y sus cámaras bajo el nivel del suelo, con el
travelling a ritmo de corredor, la iluminación habilísima,
y la captación de los atletas de modo que esos cuerpos
dijeran más que todos los discursos sobre ese hombre
físicamente perfecto que era el sueño superestructural
de lo que se preconizaba como el nuevo humano.
Si
Olimpiada y El triunfo de la voluntad, tan nietzscheana
de título, aunque no creo que Leni leyera a Nietzsche,
son sus obras reconocidas como revolucionarias -y, de dónde
venían, lo explica muy bien Bach-, la más patética
es Tierra baja, un dramón rural para cuyo rodaje,
pensado para tierras salmantinas, utilizó a un grupo
de gitanos presos, que luego fueron devueltos al campo,
y cuyos pocos supervivientes y descendientes le dieron un
montón de quebraderos de cabeza. Pero de eso -que duró
hasta su centenario en vida en 2001- da buena cuenta el libro.
Como la da de sus proyectos posteriores, sus años con
los nubas en África y las fotografías memorables
que les sacó, y los juicios políticos y civiles,
y las querellas, y la mala fama, que le impidió hacer
su película africana, Cargamento negro. Y ninguna
otra. Si se exceptúa Impresiones bajo el agua,
la cinta idílicamente submarina que ella misma, buceadora
nonagenaria, localizó y rodó en el fondo del
mar, y que estrenó con ocasión de su cien cumpleaños.
Porque esta mujer, que tuviera aquella belleza rotunda y aquella
osadía física, esa falta de miedos y esa especie
de arrojo que le hicieron trepar montañas y esquiar
bajo aludes, conservó en todo el siglo de su vida una
fuerza notable. Cuando era una anciana magullada por los accidentes
y las enfermedades óseas, seguía retando a la
naturaleza y, naturalmente, a todos cuantos la rodeaban.
Steven
Bach se ha empeñado en mostrarnos qué es lo
que Leni quería, y de dónde -de quién
y cómo- lo aprendió, así como los cadáveres
-en sentido metafórico, de momento- que fue dejando
detrás. Y yo creo que debe exagerar un poco en la mediocridad
del personaje, en su escasa capacidad intelectual y su casi
nula cultura, porque, sinceramente, si era tan tonta, ¿cómo
pudo engañar y fascinar a tantos?, ¿hasta hoy?
Preguntado de otra manera: ¿por qué escribir
su biografía?, ¿por qué seguimos hablando
de Leni Riefenstahl?
Steven
Bach es un hombre de cine y de literatura. Su biografía
de Marlene Dietrich -precisamente, la estrella alemana que,
junto con Pola Negri y la sueca Greta Garbo, constituyó
la pesadilla de Riefenstahl en su época de aspirante
y actriz: ellas consiguieron Hollywood desde Europa- aclaró,
entre otras cosas, la postura política del ángel
azul, a quien se había acusado injustamente de connivencia
con el nazismo. Y su libro, que podríamos traducir
como La última toma, sobre La puerta del paraíso,
la película más ambiciosa de Michael Cimino,
cuenta, desde la perspectiva del productor -Bach era entonces
un vicepresidente de la United Artists-, los avatares de un
rodaje y varios montajes que debieron ser de infierno. Y que
parece que supusieron, además de una enmienda a la
totalidad del sueño americano, que eso lo traía
puesto la película, un rudo golpe económico
para la que había nacido como la productora de los
directores. Aquí, según se viene a deducir al
final, la biografía de Leni Riefenstahl, además
de ser contracara y complemento de la de Marlene Dietrich
-en el sentido de que Leni sí era nazi- completa ese
intento investigador de Bach: veamos si el arte, y el cine
es un arte, tiene un carácter moral. Y, por si acaso,
abre este libro con una cita de aviso de Thomas Mann: "El
arte es moral en cuanto despierta la conciencia".
La
moralidad de Leni Riefenstahl, en el sentido fuerte de quien
manipula cerebros, consiente crímenes, deja
borrarse maestros, colaboradores y amigos a manos del sistema,
y se enamora del monstruo, es el tema de esta indagación.
La minuciosidad, la cantidad de argumentos, y más que
argumentos, testimonios, es la fuerza de su mecanismo. Bach
busca en el lector la certeza moral, y me temo que, superada
la dificultad de un libro por otra parte apasionante, el lector
termina pensando que, efectiva y lamentablemente, esta mujer
que vivió 101 años resultaba ser bastante miserable.
Bach
demuestra que no era un alma santa. Que era mentirosa e
irredenta, que podía traicionar a sus amigos y les
traicionaba por un plato de lentejuelas. Y que claro que
sabía. Sólo que le importaba un rábano.
Nunca, ni por un momento se arrepintió. Su arte,
dice Bach, "era la perfecta expresión de la maquinaria
de manipulación que glorifica". Y contestando
a Susan Sontag, que decía lo que a mí me pide
el cuerpo decir, añade que "...todo, desde la
Guerra de las galaxias de George Lucas hasta El Rey León
de la empresa Disney, pasando por todos los fotógrafos
deportivos vivos, las ubicuas carteleras cargadas de erotismo,
los diseños engañosos de las revistas y la política
de los medios de comunicación, en todas partes del
mundo, siguen inspirándose y corrompiéndose
gracias al trabajo que Leni perfeccionó en Núremberg
y Berlín con un visor que un historiador de cine sugirió,
a modo de advertencia, que era "el extracorporal y ubicuo
ojo de Dios". Y termina: Leni murió tal como había
vivido: sin arrepentimientos, enamorada de sí misma
y vestida con su armadura: la armadura de la mentira. Debe
ser por eso que seguimos hablando de Leni Riefenstahl. -
SÍNTESISI
DEL lIBRO: Leni Riefenstahl. de Steven Bach.
Traducción de Beatriz López Buisán. Circe.
Barcelona, 2008. 456 páginas. 29 euros.
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