ACOSO EN SERIE
El siguiente relato es
rigurosamente cierto y sucedió hace casi 10 años en una Administración del
Estado. Tomé Posesión de mi puesto de funcionaria en el año 1992 con toda
la ilusión de quién ha tenido la suerte de prepararse una oposición y conseguir
aprobar; eso creía yo. El Primer día que me incorporé ya tuve un tropiezo
con el que tenía que ser mi jefe directo. Era una persona maligna e inculta
cuyo pasatiempo favorito era dedicarse a vejar por turno a todos los trabajadores
que estaban bajo su mando.
El personal del departamento estaba formado por su secretaría que era su
incondicional, por una mujer de unos 60 años de edad que era la jefa del
equipo, tres chicas con la categoría de auxiliar, y una chica contratada
que se encargaba de la paquetería, el ordenanza del departamento, María
que sólo le permitían pegar sobres y yo.
El jefe de sección había ascendido dentro de la Administración por antigüedad,
pues llevaba toda la vida en ese Ministerio, había entrado de ordenanza
y a fuerza de años fue escalando puestos. El peor trato lo llevaban los
que antaño habían sido sus compañeros ordenanzas, les hacía la vida imposible.
Hasta el momento de incorporarme yo parece ser que conseguía sabotearles
su trabajo, les tiraba los papeles y expedientes detrás de los casilleros,
les sacaba los carritos que se utilizan para transportar los expedientes
a cualquier pasillo y un montón de bajezas por el estilo. A mi me pedía
continuamente que lo hiciera, siempre me negué y el hombre parecía recapitular
en su actitud, pero volvía a la carga.
En los dos años que estuve en ese departamento, comprobé como se dedicaba
a vejar por turno a todos los que estaban bajo su mando. Con quién más se
ensañaba era con el ordenanza que había sido compañero
suyo durante muchos años, se dedicaba a decirle que estaba muy viejo para
ser los dos de la misma edad, que era tonto y mil cosas más, siempre gritando
y llamando a la gente tarada, lisiada, retrasada, etc. Un buen día al ordenanza
le dio una embolia allí mismo y no pudo volver a trabajar.
De las tres auxiliares una plantaba cara, y las otras dos lloraban por turnos,
según a quien le tocara hacer un determinado trabajo que se turnaban un
día cada una. La auxiliar que plantaba cara acabo pidiendo un traslado,
aunque se fue de departamento bastante después de irme yo. De las dos auxiliares
que lloraban, una hoy en día sigue necesitando medicación para la depresión
que se le desencadenó en el departamento.
Marta, la chica contratada, llevaba casi tres años en el departamento y
faltaba poco para que se le acabara el contrato. No se daba tregua en ridiculizarla
delante de todos llamándola retrasada , que era tonta y diciéndole que todo
el mundo se reía de ella. A los pocos meses de entrar yo allí y aprovechando
las vacaciones de navidad le quitó el trabajo a Marta, que había sido contratada
para ello y me lo dio a mi, alegando que como se le acababa el contrato
en unos meses lo hiciera, a ella la puso a sellar cartas, y a mi a saturarme
de trabajo. Esas navidades tuve mi primera baja por depresión. Marta, al
parecer era epiléptica, pero estaba controlada hasta el momento, a partir
de ahí se fue notando lo que le afecto la degradación laboral, tuvo dos
crisis de epilepsia en el puesto de trabajo a partir de ese momento, y no
llego a finalizar el contrato, necesitó la baja.
Pero con quién fue más cruel, fue con María. María estaba delicada de salud,
tenía antecedentes de depresión. Era una persona de una educación exquisita.
Ella había solicitado el puesto que tenía años atrás cuando estaba delicada
de salud. Con el tiempo ella vio que entraba gente nueva y que iban haciendo
más cosas que ella y quería que le dieran más trabajo. El jefe le decía
que ella había solicitado ese puesto en concreto y que sólo haría eso, acto
seguido se ponía a hablar con su secretaría en voz alta diciendo que como
era retrasada mental y no servía para otra cosa pues a pegar sobres. Con
la ayuda de su secretaría, de la jefa de equipo y el silencio del resto
del departamento empezó con María una temporada de burlas, control, vejaciones.
Cuando más solicitaba María que le diera más trabajo, más se burlaba el
jefe, y más la vigilaban para que no se acercara a ningún papel. Llego hasta
tal punto su deterioro que un buen día no pudo venir a trabajar a causa
del empeoramiento de depresión. Estuvo de baja mucho tiempo aproximadamente
año y medio, un buen día se adentró en el mar y se ahogo, se suicido.
Yo misma tuve que sufrir las vejaciones de este sujeto, me llegue a enfermar
de tanto trabajar, me lesione las cervicales. A partir de ese momento tuve
que hacer rehabilitación, y empezó a llamarme tarada, lisiada, a reírse
y decir que mejor fuéramos todos al médico de la empresa e hiciéramos rehabilitación.
No quería que fuera en horas de trabajo, a partir de ahí fue una persecución
a muerte. Un día del médico de empresa tuvo que administrarme un Valium
y mandarme a casa, a causa de una crisis de nervios y ello le sirvió para
jactarse de "la voy a pegar otro disgusto aunque el medico la mande
a casa".
En cierto modo fui bastante afortunada, con la ayuda del médico y del departamento
de Recursos Humanos se me adjudicó un cambio de puesto de trabajo. Pero
hasta en Recursos Humanos le temían, lo llevaban todo con mucho secreto
para que él no se enterara. Me cambiaron a los dos días de solicitarlo,
ya sabían quien era ese hombre, y textualmente me dijeron que "le quedaban
dos años para jubilarse y que no sabían dónde ponerlo". Tuvieron la
suerte de que se incorporó una chica que estaba de excedencia y se la colocaron
en mi lugar para que no protestara por la pérdida, alegando mis problemas
de salud; suspiraron aliviados. Así y todo me costo recuperarme de la depresión
más de dos años después de haber salido de ese departamento. Pero fui más
afortunada que María, el ordenanza y la chica de paquetería.
Lo más triste que recuerdo ahora con relación a mi propio acoso, fue ver
como mis compañeras casi se ponían de parte del acosador, con tal de desviar
su atención de ellas, llegaron a creer que verdaderamente no quería trabajar,
y no que estaba enferma. Y el último día que María estuvo trabajando, me
tocó a mi decirle que no abriera unos sobres unos sobres que ya estaban
separados para salir, se disgustó mucho, y cuando me entere de su muerte
me sentí culpable, fui la última persona del departamento que hablo con
ella.
Cedido por El
Refugio de Esjo.